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Pacifismo ingenuo

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Pacifismo ingenuo

21/10/2019

El que tolera el desorden para evitar la guerra, tiene primero el desorden y después la guerra. Así reflexionaba Maquiavelo a principios del siglo XVI. En lo que va del siglo XXI, los mexicanos no hemos tenido orden. Hemos ido de tragedia en tragedia. De la masacre en Villas de Salvárcar en Ciudad Juárez, al ataque al Casino Royale en Monterrey, a los montones de cuerpos apilados en Boca del Río, a los estudiantes desaparecidos en Ayotzinapa. La lista es larga, muy larga.

Aún así, la semana pasada ha sido la peor de la historia reciente del país. El problema no es sólo el abrumador número de muertos ni se reduce a que tuvimos desórdenes graves en tres estados: Guerrero, Michoacán y Sinaloa. Tampoco se limita a que México ocupe las primeras planas en la prensa internacional con encabezados como “El narco impone su ley en Sinaloa”, o a la pésima comunicación del gobierno. Todo eso, en alguna medida, ya lo habíamos vivido. Lo nuevo y lo perturbador sobre la violencia reciente es que la guerra, que hasta ahora había sido fundamentalmente una serie de confrontaciones entre grupos criminales, se está convirtiendo en un conflicto entre la delincuencia y el Estado.

Resulta paradójico e ingrato. El discurso de la 4T es pacifista y la actitud del Presidente hacia la delincuencia ha sido casi paternal. A principios de este año, AMLO visitó Badiraguato, la tierra natal del Chapo. Fue el primer presidente en la historia del país en poner un pie en ese municipio. Su mensaje entonces fue de reconciliación. Incluso hay planes para construir una universidad y para iniciar nuevos proyectos productivos en la región. Sin embargo, a la hora de la verdad, la guerra sigue en Badiraguato. A principios de mes un grupo de sicarios atacó en ese municipio a elementos de Sedena que realizaban un patrullaje, dejando a un soldado muerto. El jueves pasado salieron de ahí los “refuerzos” que sembraron el terror en Culiacán.

La situación no es muy distinta en otras regiones del país, como vimos la semana pasada con la emboscada en Aguililla y el enfrentamiento en Iguala. Estos ataques son la consecuencia de un proceso más amplio que lleva meses. El principio de autoridad, que siempre ha sido precario en México, ahora está al borde del colapso. Primero vimos cómo en varias comunidades los criminales empezaron a agredir con palos y piedras a los soldados. Como los soldados tenían instrucciones de no hacer nada, las agresiones se volvieron cotidianas. Era cuestión de tiempo para que los criminales se animaran a pasar de las piedras y los palos a las balaceras, los vehículos quemados, y los ataques a prisiones e instalaciones militares. De nuevo, la instrucción fue no hacer nada.

Otro tema preocupante es que lo ocurrido en Culiacán revela una enorme desinformación por parte de la Guardia Nacional. A pesar de los enmiendos y justificaciones, todo parece indicar que la captura de Ovidio Guzmán no fue incidental, sino que ocurrió como resultado de un operativo planeado. Sin embargo, el poder de fuego del Cártel de Sinaloa tomó completamente por sorpresa a las autoridades. Es inaceptable. No hay que olvidar que la Policía Federal, esa que AMLO y Durazo tanto desdeñan, mal que bien tenía una División de Inteligencia que por años fue la principal fuente de información del gobierno para la planeación de operativos de alto perfil (dejando de lado a las agencias norteamericanas, que sólo comparten información cuando les conviene).

Los recientes eventos de violencia deben servir como lección. La pacificación y el desarme voluntario no está ni en la lógica ni en el interés ni en las posibilidades de las organizaciones criminales que tenemos en la mayor parte del país. Por lo tanto, si no hay un cambio de estrategia del gobierno, a los mexicanos nos esperan tiempos muy difíciles. Hay pocas cosas más destructivas que la presencia de grupos armados ilegales en conflicto abierto con el Estado. Así fue en Colombia, cuando Pablo Escobar optó por el terrorismo y llegó al extremo de asesinar a un candidato a la presidencia.

Lo peor es que, ante el terrorismo criminal, inevitablemente surge la tentación de soluciones de mano dura, que tampoco funcionan. El triunfo electoral de Jair Bolsonaro se explica en buena medida como una reacción a la guerra entre criminales y policías que se vive en varias ciudades de Brasil. En México, la oposición tiene ahora un tema casi obvio para reconstruirse. La 4T, si insiste en el pacifismo ingenuo, podría pasar a la historia como un breve periodo de desorden, seguido por una estrepitosa derrota política, y una guerra más cruenta y más dolorosa.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.