Necesitamos un plan maestro
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Necesitamos un plan maestro

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Necesitamos un plan maestro

01/04/2019
Actualización 01/04/2019 - 13:36

La semana pasada escribí en este espacio sobre lo que considero es el gran atolladero del país: pensar que tenemos un mero problema de seguridad pública, y que este problema se resolverá con mejores policías (o que se resolverá con una Guardia Nacional o con programas sociales). Me parece que este enfoque de seguridad pública topó con pared desde hace años. Para avanzar, primero debemos reconocer que enfrentamos un desafío de seguridad nacional, que se debe asumir y atender como tal. Jaime López-Aranda, un brillante amigo y gran conocedor de la materia, manifestó su escepticismo. En un tuit señaló que mi texto le parecía provocador y recomendaba leerlo, pero también señalaba que él argumentaría que la aproximación de seguridad nacional tiene limitaciones importantes.

De forma un tanto simplista (como es inevitable en una columna) diré que López-Aranda es partidario de una visión de “planes parciales” de seguridad. No cree que haya un gran problema ni que haga falta un plan maestro, sino que más bien hay una serie de fenómenos delictivos, cada uno con su propia lógica, y que cada uno demanda su propio plan parcial. Desde esta visión, la forma de avanzar consiste en desarrollar capacidades concretas para cada uno de los desafíos (policiales, de investigación, pero también medidas preventivas ingeniosas).

Reconozco que tiene mucho de cierto esta visión de la seguridad. Es claro que no todos los fenómenos delictivos se resuelven de la misma forma y que no hay ningún plan maestro que pueda abarcarlos a todos. Incluso tenemos casos de éxito que apoyan esa visión. Hace unos días hablaba con Renato Sales sobre el modelo que él impulsó en la Coordinación Nacional Antisecuestro, por medio de la conformación de unidades especializadas en cada una de las 32 entidades federativas. Estas unidades son un ejemplo de un plan parcial que dio resultados, incluso en contextos de violencia sumamente complicados.

Es necesario seguir construyendo planes parciales para fenómenos delictivos concretos, así como replicar y dar continuidad a aquello que funciona. Sin embargo, no dejo de pensar que en México sí hacemos frente a un gran desafío, que antecede y explica varios –aunque no todos– fenómenos delictivos más graves, y que dicho desafío es esencialmente de seguridad nacional.

Como mencionaba la semana pasada, la operación más o menos descarada de grandes grupos armados ilegales (que cuentan con armamento militar y siguen estrategias militares) es una característica distintiva de este desafío a la seguridad nacional. La otra característica distintiva, tal vez aquella que resulta más grave, es que estos grupos armados ilegales operan en colusión con las autoridades (sobre todo las locales); típicamente con mandos policiales, pero también con otros funcionarios del ayuntamiento (cuando no son ellos mismos, o sus compadres, los alcaldes). En los lugares donde prevalece esta situación, invertir en profesionalizar las policías es echar dinero bueno al malo.

Esto no quiere decir que los estados y municipios, cuando de verdad tengan voluntad para hacerlo, no deban tomar todas las medidas a su alcance para combatir la delincuencia por medio de planes parciales. Sin embargo, también es necesario que el gobierno federal tenga un plan maestro –más allá de la narrativa sobre la pobreza y la falta de oportunidades– sobre el camino a seguir para evitar que grupos armados ilegales mantengan el control que actualmente tienen sobre lo que ocurre en muchas carreteras y pueblos (así como en las agencias del ministerio público y los penales).

Este plan maestro se podría impulsar desde una perspectiva distinta a la que se ha impuesto en la última década, tomando como base que son amenazas a la seguridad nacional aquellos “actos que impidan a las autoridades actuar contra la delincuencia organizada”. Más allá de perseguir delitos o de detener capos famosos, este plan maestro del gobierno federal debe utilizar todos los recursos disponibles para desmantelar las redes de control criminal sobre el territorio y sobre el aparato del Estado (en particular en los gobiernos locales).

Ése es el enfoque que han seguido los países que han tenido algún éxito en el combate a grupos criminales de mayor peligrosidad. Italia es tal vez el caso más emblemático. Durante las décadas de los 80 y los 90 se tomaron los pasos necesarios para hacer frente a su gran desafío delictivo: las mafias (en particular la Camorra, la Cosa Nostra y la N’Draghetta). Se invirtió en crear un aparato de inteligencia (sustentado en un programa ambicioso de testigos protegidos) que permitió al Estado italiano identificar y desmantelar a células criminales enteras (y no sólo al líder). También se aprobaron normas que han permitido disolver a los gobiernos locales controlados por estas mafias (apenas en 2016, el gobierno italiano disolvió varios ayuntamientos, incluyendo el mítico pueblo de Corleone, lugar de nacimiento del personaje principal de El Padrino).

Por supuesto, Italia no resolvió todos sus problemas de seguridad. Sin embargo, seguir este plan maestro (a pesar de atentados de gravedad y de enormes presiones políticas) dio resultado. Las mafias siguen existiendo, pero en una versión más o menos domesticada. Los asesinatos de alto perfil y otros hechos de violencia extrema se han vuelto poco frecuentes. Gracias al plan maestro, los italianos consiguieron la paz que ahora les permite enfocarse en planes parciales.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.