La partida de un gigante
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La partida de un gigante

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La partida de un gigante

29/07/2019
Actualización 29/07/2019 - 13:17

Hace más de un siglo, durante el porfiriato, se construyó en la Ciudad de México una cárcel que buscaba ser modelo. A partir del planteamiento del filósofo inglés Jeremy Bentham se diseñó un edificio 'panóptico' que se podía vigilar completo desde una torre de control ubicada en el centro. La cárcel se conoció como Lecumberri (actualmente alberga el Archivo General de la Nación). El proyecto de Lecumberri suena incluso visionario, si se le compara con la realidad del Reclusorio Oriente, del Neza-Bordo o del penal de Las Cruces (lugares sórdidos, donde los internos malviven y soportan toda clase de abusos de mafias de custodios o de 'autogobiernos' criminales).

Esta situación no es exclusiva de México. En pleno siglo XXI, las cárceles en buena parte del mundo operan en condiciones deplorables. Mientras que la tecnología para las comunicaciones o la salud ha avanzado a pasos agigantados en los últimos cien años, en temas de delincuencia y justicia pareciera que la humanidad va en reversa. Para efectos prácticos, nuestras soluciones para lidiar con delincuentes se reducen a una sola: la cárcel. Es decir, seguimos en las mismas que en el siglo XVIII, cuando el encarcelamiento empezó a sustituir a las ejecuciones, mutilaciones y vejaciones públicas como método de castigo habitual. Una razón para este estancamiento es que, por regla general, a las mentes más brillantes de la humanidad no les interesa demasiado el tema de la delincuencia y los castigos de la delincuencia. Por supuesto, esta regla ha tenido sus excepciones.

El pasado 21 de julio falleció Mark Kleiman, director del programa de crimen y justicia de la Universidad de Nueva York. Durante más de 40 años, Kleiman fue un estudioso y autor prolífico en materia de política criminal. Al momento de su muerte (prematura, pues tenía apenas 68 años) Kleiman era la figura de mayor peso en el mundo entre todos los pensadores y académicos que han buscado poner fin al atraso de las policías, las fiscalías, los tribunales y las cárceles. Alejandro Hope lo calificó atinadamente como un “gigante intelectual”. El espíritu de la obra de Kleiman se resume bien en el título de uno de sus libros: When Brute Force Fails: How to Have Less Crime and Less Punishment (Cuando la fuerza bruta fracasa: cómo lograr que haya menos crimen y menos castigo).

Kleiman fue un crítico incansable del encarcelamiento masivo. La nefasta fórmula que se ha seguido por años en Estados Unidos, a pesar de que destruye la vida de cientos de miles de hogares pobres, de que es un hoyo sin fondo para el erario, y de que no sirve para reducir la incidencia delictiva. Kleiman también se enfocó en analizar la reincidencia, una variable que en México ignoramos olímpicamente (no porque no exista, sino porque carecemos de las más elementales estadísticas en materia de justicia penal).

Kleiman no era un académico de la torre de marfil. Fue un gran conocedor, desde dentro, del sistema de justicia norteamericano (antes de ser académico tuvo una trayectoria importante en el servicio público y la procuración de justicia). Siempre buscó que sus ideas pudieran llevarse a la práctica para beneficio de las poblaciones vulnerables que viven en un círculo de criminalidad y pobreza.

Kleiman no sólo será recordado por su lucidez. También fue un hombre afable y generoso con su talento, pero ajeno a la vanidad y a la arrogancia que suelen asociarse a figuras de su talla. Coincidí con él en algunas conferencias. Kleiman seguía con interés las presentaciones de sus colegas, y siempre tenía preguntas inteligentes y comentarios propositivos. En una ocasión, en la que yo desarrollaba una propuesta para lograr un mayor efecto disuasivo en las acciones de combate al crimen organizado en México, incluso tuvo la gentileza de pedir al moderador que me permitiera extender mi exposición, a pesar de que había excedido mi tiempo.

Hace algunos años, Guillermo Valdes, Alejandro Hope, Jaime López Aranda y yo discutimos la posibilidad de convencer a alguna autoridad del gobierno mexicano para que contratara a Kleiman como consultor. Hasta donde sé, no tuvimos éxito. Sin embargo, Kleiman analizó la situación de violencia en México y escribió un brillante ensayo (publicado en Foreign Affairs en septiembre de 2011 con el título 'Surgical Strikes in the Drug Wars: Smarter Policies for Both Sides of the Border'). En ese texto Kleiman proponía que las autoridades mexicanas, y sobre todo la DEA, cambiaran sus criterios para la selección de blancos, y que se enfocaran en neutralizar a los narcotraficantes más violentos. Sospecho que si en ese entonces los tomadores de decisión –en México o en Estados Unidos– le hubieran hecho caso, el año pasado habríamos tenido mucho menos de los casi 36 mil homicidios que el Inegi contabilizó. Descanse en paz, Mark Kleiman.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.