Opinión Edna Jaime

Ser un patriota

La evidencia nos dice que la reforma eléctrica no es patriótica, porque tiene repercusiones muy negativas para el país.

La autora es directora de México Evalúa .

Es bien interesante cómo se forjan las narrativas. No soy experta en semiótica o comunicación, pero me llama mucho la atención cómo hay términos con una gran carga emotiva de los que se apropia un grupo para explotarlos a conveniencia. Pienso en esto cuando escucho los argumentos en torno a la reforma a la Ley de la Industria Eléctrica. Sus promotores se envolvieron en la bandera del patriotismo, como si fuera un amuleto para vencer cualquier argumento.

La realidad es muy real, digo yo. Y lo que la evidencia nos dice es que esta reforma no es patriótica, porque tiene repercusiones muy negativas para el país. Nadie que ame profundamente a México puede desearle lo que esta reforma implica en distintas dimensiones.

En resumidas cuentas, lo que esta reforma implica es obstaculizar los proyectos de energías renovables y darle mayor poder de mercado a la CFE y a la producción de sus termoeléctricas. ¿Con qué motivación? Darle salida directa al combustóleo de Pemex, tan sucio que nadie lo compra en el mercado internacional, pero que bien puede consumir nuestra empresa estatal eléctrica en un esquema que le otorga ventajas. Y esto es lo que acaba privilegiando la reforma: una producción de energía más cara y contaminante. Seguro habría que resolver el excedente de combustóleo que amenaza con ahogarnos, pero no a costa de un modelo energético que promovía la competencia, la reducción de costos y la adopción de energías limpias en el curso del tiempo.

México es un país con problemas medioambientales enormes. Somos el lugar número cuatro en emisiones antropogénicas de contaminantes atmosféricos. Esto es muy serio. Se estima que cerca de 29 mil muertes prematuras y 558 mil años de vida ajustados por discapacidad de la población serían atribuibles a la mala calidad del aire en nuestro país (Instituto Nacional de Ecología y Cambio Climático, 2016).

En días recientes tuvimos una muestra de lo dañino que es producir electricidad con base en el combustóleo. La escasez de gas por las nevadas en Texas hizo que la termoeléctrica de Salamanca lo utilizara para producir energía. La Secretaría de Medio Ambiente y Ordenamiento Territorial (SMAOT) estatal informó que las emisiones de dióxido de azufre se incrementaron siete veces más que el promedio, lo que afectó particularmente a algunas colonias. El artículo de Animal Político del que tomo esta información ofrece más, por si quieren consultarlo. El punto es que nuestros patriotas aprobaron una ley que tiene el efecto potencial de matar a gente o discapacitarla.

Hay muchos otros argumentos que fueron presentados en el Parlamento abierto que organizó la Cámara de Diputados para discutir esta reforma. Se presentó evidencia sobre sus repercusiones económicas, fiscales, sobre la inversión y también sobre la propia imagen del país y del gobierno mexicano en el concierto de naciones, que cambia las reglas del juego sin mayor pudor. La ley se aprobó tal como les llegó.

Hace unos días tuve la oportunidad de participar en una conversación con Anne Applebaum, una pensadora que tiene agudeza para entender las realidades de nuestro tiempo. En una parte de la conversación le hice la pregunta de si las sociedades que estaban insertas en la lógica de la posverdad podían recuperarse. También pregunté si era posible generar un contrapeso a estos patriotas autodeclarados, que se asumen como los únicos capacitados y con legitimidad para hablar de lo que es bueno para un país. La pregunta de fondo es cómo competir con estos conceptos y definiciones potentes, que acaparan la atención del público pero que no construyen entendimiento sobre problemas reales. Cómo hacer que las ideas que pretenden basarse en información y evidencia sean tan atractivas como las de aquellos que apelan a los símbolos y también a la sobresimplificación.

Las respuestas de Applebaum fueron muy profundas y muy buenas. El fragmento de una de ellas me pareció de lo más elocuente: dice que quienes sostenemos ideas a favor de la democracia liberal y buscamos sostener conversaciones con base en evidencia debemos asumirnos también como patriotas. Nos hemos dejado despojar de estos términos, que también pueden ser parte de nuestro lenguaje, como lo es la referencia a la historia, a la unidad nacional. Estos recursos que son intensamente utilizados por otros, también nos pertenecen. Y sí, la comunicación de ideas liberales debe transformarse, no para perder su contenido, sino para ser más eficaz.

Un patriota es una persona que ama profundamente a la Patria propia. Somos muchos más de los que dicen serlo y que hoy le quitan vida a este país.

COLUMNAS ANTERIORES

¿Los pobres al final?
Una apuesta inteligente por el sur

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.