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Mr. Político vs. Mr. Técnico

15/02/2019
Actualización 15/02/2019 - 13:06

A principios de esta semana participé en un evento organizado por el Mexico Institute del Wilson Center, en Washington, D.C. Tuve la oportunidad de escuchar a un grupo de académicos y analistas hablar sobre el fenómeno del fentanyl y la crisis de la amapola y opio en el país. Uno de los autores de los estudios presentados sobre este tema, insistió en que se necesita hacer mucha más investigación, sobre todo de campo, para entender lo micro del fenómeno criminal en México. La óptica macro ya dio de sí.

El trabajo que presentaron Romain Le Cour y los coautores es fascinante, porque hicieron un trabajo de inmersión en dos comunidades que viven de la siembra de amapola y producción de pasta de opio. Hay un sinfín de aprendizajes que se derivan de su estudio. Quizá el primero y más inmediato es que necesitamos entender mejor el problema, y para eso necesitamos investigar y analizar más. El conocimiento y el análisis nunca sobran, aunque a nuestro presidente le impaciente que haya expertos y analistas queriendo poner elementos y diagnósticos en el debate de la política pública para enriquecerla.

Lo segundo es una verdad conocida pero no por ello asumida. La actividad criminal no la perpetran (sólo) individuos armados con cuernos de chivo, montados en autos blindados y con carreras criminales en ascenso. “Hombres malos”, pues. En las comunidades que se estudiaron, la familia entera se involucra de una u otra manera en la actividad criminal. Toda la comunidad se acopla a ella. Tal como sucede con aquellas enganchadas con el huachicol. La base social de estos fenómenos los hace mucho más complejos y, por tanto, supone que el Estado responda también con sofisticación. Y, ciertamente, responde. Quemando sembradíos y cultivos. Desmantelando laboratorios. Luego se va.

El estudio, cuyo título en inglés es The U.S. Fentanyl Boom and the Mexican Opium Crisis y que se puede encontrar en www.noria-research.com/no-more-opium-for-the-masses, plantea las dimensiones de esta problemática y deja un mensaje bien potente en sus páginas: en este país hay muchas dinámicas criminales y de violencia. Un mosaico variado que necesita ser observado y atendido desde lo micro. Para el caso que estudian, ven la caída del precio de la amapola y del opio como oportunidad para intervenir. Ya sea con la regulación de la droga o con una intervención que implique la sustitución de cultivos. Pero también ofrecen un lado más antropológico y humano. El de comunidades sin alternativas que ante la fluctuación del precio de lo que producen van a sufrir.

El presidente López Obrador entiende, como ninguno de sus antecesores, que estos fenómenos criminales tienen una importante base social. Sus incursiones a lo largo del país abrieron su sensibilidad sobre estos asuntos. Por eso es que en algunas 'mañaneras' ya se ha referido a esta problemática y propone generar alternativas. Un día ofrece una transferencia económica para que quienes roban combustible dejen de hacerlo. Otro día, se refiere a algo parecido a la sustitución de cultivos. Para después insistir en que necesita a los militares en tareas de seguridad pública, en un esquema hipercentralizado de toma de decisiones, cruzando todo ello con un dejo de populismo penal. Parecen decir: seremos duros frente al crimen por eso habrá prisión automática para un mayor número de ofensas. Impera la confusión.

Esa confusión nos deja ver que el hombre político no es necesariamente el hombre hacedor de políticas públicas. Y en el arte del buen gobierno se necesitan las dos. Nuestro hombre político parece que se guía por intuiciones y su olfato es exquisito para reconocer oportunidades. Pero necesita de buenos técnicos que puedan traducir eso en acciones de gobierno. En el ámbito de la seguridad, al presidente le hace falta un equipo que pueda ensamblar en una buena estrategia los componentes que hoy parece que hacen corto circuito.

En esta administración, la tecnocracia se equipara a lo neoliberal. Por eso se repudia. Pero el técnico en materia de gobierno, desde mi perspectiva, no es aquel que se guía por la ideología sino justo por lo contrario, por el conocimiento. Y esta administración necesita de estos técnicos que puedan traducir las pulsiones políticas del presidente en buena política pública.

Trabajos como el que comento son alimento para la reflexión y la toma de decisiones. Necesitamos más de estos. Ojalá que estos estudios no impacienten al Presidente y sirvan como guía para la pacificación del país.

Porque la política sin resultados se convierte en demagogia. Y nadie quiere que este sea el sino de la cuarta transformación.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.