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13/03/2019

Ese es el verdadero valor del clásico y por ello América y Chivas se juegan exactamente lo mismo durante la semana. La necesidad emocional de vencer al acérrimo rival deportivo. Dicen que el Guadalajara está más en riesgo debido a la situación que ha padecido en los últimos tiempos, pero... ¿Usted se imagina al América eliminado de la copa el miércoles en su propia casa? Yo, no. Creo que el partido se juega en una dimensión distinta donde más que tres puntos, más que la posibilidad de meterse a las “zonas rojas” de la copa, o más que aproximarse a una clasificación cuando el torneo se vuelve adulto, está el orgullo, que a la vez, se traduce en un premio moral que no tiene precio para ninguno...

Se juegan lo mismo, exactamente lo mismo, porque cuando hay una cuota principal de orgullo, el “precio” que se paga por perder es proporcional para cada uno de los bandos. José Cardozo ha dicho que Chivas se juega gran parte de la temporada en la semana de los clásicos. Miguel Herrera, en el fondo, sabe que tiene una exigencia y una presión similar.

Yo no me imagino al América perdiendo la noche del miércoles y afirmando que la copa no se encontraba entre sus prioridades del campeonato. Con la inversión y el equipo que ha formado el Campeón vigente del futbol mexicano, todo es prioritario y ganarlo todo es urgente.

Puede que la necesidad de Chivas este más enfocada a lo que suceda el sábado por su intención de romper la terrible racha de tres torneos sin Liguilla, lo cual es impensable al tratarse de un club de los tamaños del Guadalajara, pero si fracasa estrepitosamente a media semana (deben contar siempre las formas de ganar o de perder), lo más seguro es que llegue al sábado destrozado moralmente.

América y Chivas están igualmente necesitados de los resultados de la semana. El primero no ha alcanzado un nivel y tampoco una regularidad en su juego, a pesar de las contrataciones que hicieron durante el receso invernal y que incluyó al delantero chileno Nico Castillo. Y Chivas ha mejorado sustancialmente, pero no sabe ganar los partidos. Está al filo de los 8 mejores en la tabla en un momento fundamental de la temporada donde debe responder si se mantiene o se cae.

Los clásicos no se miden por puntos, ni por goles, ni por actuaciones. Los clásicos se valoran por el orgullo que el juego significa. De ahí que el valor de ganar es parejo en las ambiciones del América y de las Chivas.

Hay un premio moral que puede resultar en oxígeno puro para el ganador del Clásico justo cuando la temporada se interna a su parte más delicada. Lo huele Cardozo, que lo trata de transmitir a cada uno de sus futbolistas, y lo entiende Herrera, que viene de perder, finalmente, un clásico ante Pumas, donde su dolor se refleja porque sigue reclamando errores arbitrales. El valor del clásico no tiene comparativo alguno con la mayor parte de los juegos del calendario regular. Herrera y el América se han convertido en un “binomio de miedo” en esta clase de juegos, y Chivas, desde los días afortunados de Matías Almeyda, encontró la forma de sobrevivir y competir en la cancha.

El manejo de las emociones promete ser fundamental a la larga semana que proponen Chivas y América. Por un lado, la experiencia es fundamental. Por el otro, la cercanía con los colores y la identidad del club. Los futbolistas que nacieron en las fuerzas básicas de América o de Chivas conocen, desde su nacimiento y desarrollo como jugadores, la responsabilidad y la pasión que alimenta esta clase de juegos.

Puede que haya una diferencia importante entre un plantel y otro o que la realidad del América sea diferente a la de Chivas, pero este es un clásico, se juega en una dimensión diferente, paralela a lo que significa la Liga, pero lejana en cuanto al valor emocional que está depositada en cada jugada. Chivas y América entran a la semana con el mismo grado de compromiso. Se juegan exactamente lo mismo, un orgullo y un precio que va más allá de los tres puntos, de una copa o de una clasificación a la Liguilla. Está el orgullo de por medio...

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.