Vacaciones de Invierno
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Vacaciones de Invierno

27/12/2018

Estamos terminando el año con grandes cambios en la educación pública obligatoria que anticipan tormenta para 2019. Los dos principales es un presupuesto educativo que es un cementerio de buenas intenciones, pues muy distinto a lo que se afirmó en campaña, en el periodo de transición y en los Foros, el presupuesto no honra la visión de equidad, inclusión y atención al desarrollo profesional de los maestros. El presupuesto 2019 lleva unos tremendos boquetes contra lo asignado en años anteriores en Primera Infancia (alrededor de una cuarta parte menos), en Formación Docente (menos 60%) y contra la equidad y la inclusión (menos 84%, considerando los programas U082 y S244, de los mejores evaluados pero sobre todo de los más necesarios).

De pronóstico reservado también resulta la iniciativa de reforma y adición al Artículo Tercero, enviada por el Ejecutivo a la Cámara de Diputados el 12 de diciembre, que propone eliminar los concursos, acaba con la educación inicial como mandato de la autoridad, deja fuera a la condición de discapacidad como uno de los focos de la equidad y la inclusión, mata al INEE como órgano constitucional autónomo y deja a los maestros sin el derecho explícito de ingresar y promoverse dentro del servicio educativo a través de procesos públicos e imparciales. Lo más espinoso de la cuestión es que aún en las aprobaciones exprés a las que nos tienen acostumbrados las mayorías parlamentarias, le tocará a la SEP de Moctezuma cumplir puntualmente con la ley vigente, vigilando la entrega de nombramientos según el orden de prelación, sacando las siguientes colecciones de libros del nuevo Modelo, fijando las convocatorias y atendiendo el Servicio Profesional Docente.

Pero antes de ahogarnos en anticipado de lo que vendrá, y los tremendos combates que se librarán entre federalismo y centralismo, entre ocurrencia y legalidad, entre prejuicio y evidencia, aprovechemos para descansar. La pausa del invierno es corta pero significativa, porque está ligada inextricablemente a fiestas familiares y comunitarias, en un contexto ahora muy consumista pero tradicionalmente ligado a la idea de hacer balance de lo vivido, agradecer, ponderar y establecer nuevos propósitos.

Hay mucha literatura en la investigación educativa sobre los posibles efectos de aumento de la brecha en la pausa del verano. Efectivamente, hay un cuerpo muy sólido de evidencia que muestra cómo la condición de contexto económico y cultural de las familias de los niños en edad escolar juega a favor o en contra en las varias semanas que los chicos dejan de asistir a la escuela. Dado que la escuela es un gran generador de equidad, su suspensión devuelve a cada niño al privilegio o la dificultad de la que salieron para acudir al centro escolar.

Aunque las escuelas de los niños de familias pudientes están mucho mejor dotadas en términos de infraestructura y típicamente en la variedad y amplitud de la jornada escolar, los resultados no se disparan tanto como cuando se registran tras el verano. Con las obvias excepciones, la mayoría de los chicos afortunados tuvieron viajes, repasos, cursos; los chicos desfavorecidos carecieron de atención explícita, se quedaron viendo la pantalla de la tv o sus celulares, no estuvieron en esfuerzos deliberados de enriquecer sus habilidades y conocimientos. Así, la medición del “summer gap”, de la brecha del verano, es una de las confirmaciones más de bulto con las que contamos para abogar por la educación pública significativa como el gran ecualizador de oportunidades sociales.

En contraste, la pausa del invierno tiene efectos apenas perceptibles. En casi todas las latitudes, estratos sociales y condiciones es considerado más tiempo de ocio recreativo y gozoso, de baja presión y mucha identificación con las raíces. Siempre se aprende, de manera que la pausa de invierno es una gran ocasión para visitas a parques y museos, con calma y sin mandato de “hacer un trabajo”. Es una buena época para tener relatos orales de los abuelos, para aprender destrezas en la cocina y otras tareas domésticas, para juegos organizados entre generaciones, para lecturas en voz alta o personalísimas, escondidos en rincones o tumbados sobre camas o hamacas.

Que esta semana el aprendizaje nos encuentre informal, pero no casual; que sea para todos una etapa de descanso y fortalecimiento, de reencuentro y renacimiento.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.