'Once Upon a Time in Hollywood': cine sobre cine
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'Once Upon a Time in Hollywood': cine sobre cine

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'Once Upon a Time in Hollywood': cine sobre cine

06/09/2019

El cine es una mala vía para presentar hechos. Tal vez esto se deba a que, por diseño, el séptimo arte no nos inserta en la psique de sus personajes como una novela: los espectadores observamos, pero no siempre entendemos las motivaciones de quienes vemos en pantalla, incluso si hay un narrador. Además, hasta en la forma en la que las disfrutamos, en una sala oscura de la que emergemos a la luz, las películas están estrechamente emparentadas con los sueños. Tarantino, un cineasta cinéfilo (o un cinéfilo cineasta) sabe todo esto, y Once Upon a Time in Hollywood, su novena película, es una exploración de la naturaleza del cine.

No lo digo solo porque OUATIH, como Inglourious Basterds, reescribe la Historia, con mayúscula. Tarantino no inventa el hilo negro cuando tergiversa los hechos: absolutamente todas las cintas “basadas en hechos” reescriben la Historia (apostaría a que Braveheart, por ejemplo, está más alejada de la realidad que OUATIH). La exploración de Tarantino va más allá: el hilo conductor de su película es la esencia misma de las películas. Y ese hilo va desde el carácter de los actores –a quienes retrata como narcisistas entrañables– hasta el alma de Los Ángeles, sus restaurantes, sus carreteras yermas y sus luminosos bulevares, donde las calles a veces son indistinguibles de los sets y donde cada cuadra, cada rincón, ostenta una marquesina o una pantalla. Una ciudad que, como la obra de Tarantino, parece nutrirse casi exclusivamente de cine y televisión.

Con o sin estas capas autorreferenciales, OUATIH es lo más gozoso que ha dirigido Tarantino. Aunque el humor y el gusto por la violencia siguen intactos, atrás quedó el cinismo y la verborrea de Pulp Fiction y Reservoir Dogs, reemplazados por una mirada tierna, capaz de retratar un bromance memorable, con Leonardo DiCaprio y Brad Pitt en los papeles principales. El ímpetu digresivo de OUATIH la hace impredecible: nunca sabemos en qué barrio angelino vamos a parar o a cuál de sus famosos residentes vamos a conocer. Y por eso, entre otras cosas, ese final –imaginado y, por lo tanto, tristísimo– embona con el resto de la cinta. Solo en los cuentos hay finales felices. Y –Tarantino lo sabe– nadie mejor que el cine para contarnos esos cuentos.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.