'Lady Bird', retrato de una adolescencia ordinaria
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'Lady Bird', retrato de una adolescencia ordinaria

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'Lady Bird', retrato de una adolescencia ordinaria

16/02/2018
Actualización 16/02/2018 - 13:22

Tal y como lo conocemos, el cine sobre adolescentes en Estados Unidos empezó entre los 70 y los 80. Pese a tener sus raíces en el horror, podríamos poner a Carrie, de Brian De Palma, como una precursora temprana del género –ahí están ya algunos arquetipos: la fresa, el galán, el paria-, junto con American Graffiti y Breaking Away, cuya influencia está presente en películas tan distintas como Teen Wolf y Dazed and Confused. No obstante, el subgénero no empezó a cimentarse hasta el estreno de Porky’s, Fast Times at Ridgemont High, dirigida por Amy Heckerling, y, por supuesto, el cine de John Hughes, en particular The Breakfast Club y Sixteen Candles.

Tanto Heckerling como Hughes registraron con buen tino las ansiedades de la adolescencia: el deseo de pertenecer, las identidades que nos manufacturamos y la crueldad de quienes aún no son adultos (la trama sobre el aborto de Jennifer Jason Leigh en Fast Times es particularmente áspera). No obstante, ambos se valieron de estereotipos (el nerd, el pacheco, la porrista, el jock) cuyo éxito los convirtió en norma. El resultado es un subgénero que rara vez se atreve a mostrar a jóvenes que se salgan de estos moldes.

La protagonista homónima de Lady Bird, escrita y dirigida por Greta Gerwig, les da la vuelta a estos estereotipos. Se trata de una chica con inclinaciones artísticas, pero sin mucho talento; con ganas de ser popular, pero incapaz de vender su alma para hacerlo. Lo que más quiere Christine Lady Bird McPherson (Saoirse Ronan) es salir de Sacramento –“el Midwest de California”– y separarse de su familia, sobre todo de su madre (Laurie Metcalf), con la que no logra intercambiar palabra sin agarrarse a gritos (la primera escena establece el objetivo de la chica con una sola, enloquecida acción). El problema es que Lady Bird no sabe exactamente quién es. Es, vaya, una adolescente cualquiera, pasmada en el andén entre los 18 y el resto de la vida. No hay galanes que la rescaten, ni talentos que súbitamente la rediman. El hecho de que sea en tantos sentidos ordinaria, si bien se rebela frente a su medianía, es lo que hace que Lady Bird funcione por arriba de otras cintas sobre adolescentes.

Gerwig logra darle voz a Julie (Beanie Feldstein), una chica sin mayores aspiraciones y la mejor amiga de Lady Bird, y también a Kyle (Timothée Chalamet), el pedante galán de la cuadra. El guión no reduce a ninguno a una caricatura, en parte porque nos adentra en sus hogares para conocerlos. Ese afán por hurgar en la intimidad de los adolescentes da como resultado algo raro: una película en la que la protagonista pierde la virginidad, se gradúa y se va de casa, donde ninguno de estos clichés se sienten manidos. Gerwig incorpora las convenciones solo para romper el molde. Lo que vemos es la vida memorable de una adolescente común y corriente.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.