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Por solidaridad

03/03/2020

Por Eugenio Monterrey Chepov, Comisionado del INAI.

Es desastroso para una sociedad que las mujeres sean objeto de especial atención de los criminales y de los sociópatas. El problema no es menor porque ya no hay límites. Si se cree que solo corren riesgos las mujeres jóvenes con un cierto perfil, se está equivocado. No hay edad, no hay perfil socioeconómico, la violencia hacia la mujer carece de toda distinción y los fines que persigue son variopintos. La cosificación sexual de la mujer o, mejor dicho, de las mujeres, es una de las variantes más notorias de ese odio irracional y bestiario que encarnan los hombres. Y cuando refiero a la cosificación sexual, no me restrinjo solamente al tráfico ilícito de la trata de personas para engrosar a la esclavitud sexual. Esa metamorfosis mentalmente atrofiada de considerar a las mujeres objetos sexuales sin impudicia, ni decoro, da para formar el más enorme de los bestiarios y zoológicos de perturbados y el abanico más grande de formas de perversión.

Pero las mujeres, más allá de esa visión machista que las estereotipa como mercado, como fábrica de progenie y reductos de satisfacción, se ven sometidas a todo un largo peregrinaje de humillaciones y vejaciones.

Como si se tratase de despojos, se han vuelto víctimas en el tráfico de órganos y eso no respeta edad, aunque preferentemente parece que las niñas y adolescentes se encuentran en mayor riesgo por la facilidad con la que pueden ser sustraídas.

Las mujeres ancianas, con esa doble carga de vulnerabilidad con las que las hemos etiquetado: mujeres y ancianas, en franco desamparo de todos y en descarada indolencia frente a una realidad que optamos por no ver de frente.

Las mujeres y el trabajo, una relación de por sí injusta que recorre el paraje del trato diferenciado entre hombres y mujeres para las mejores oportunidades laborales hasta acoso laboral y sexual (nuevamente presente la cosificación) marcado por una clásica incredulidad que pone en duda el dicho de una mujer acosada, solo por ser mujer.

Históricamente, se ha marcado un derrotero en el que a la mujer le ha tocado la peor parte, de las que solo se han salvado prototipos de las ensoñaciones más febriles como las santas, las vírgenes y las madres. Fuera de este reducido universo de etiquetas, los apelativos de una mujer discordante con una sociedad machista ameritan otras nomenclaturas. Más aún, otros escarnios con los que se dé castigo ejemplar a la libertad de acción y de pensamiento de las mujeres han encontrado a la hoguera, al lupanar, al encierro monacal, a la lapidación, a la emasculación, al manicomio.

Ahora bien, para diferenciar cada cosa o acción que existe en la realidad y que ha recibido un nombre con el cual se pretende reducir el significado de éstas, sin entrar a una definición, como por ejemplo, cuando se priva de la vida a otro: homicidio, en general; si el motivo de matar a alguien se justifica, se habla de legítima defensa o estado de necesidad; si es el hijo el que se afana por privar a sus progenitores comete parricidio; si como patrones bíblicos son hermanos se habla de fratricidio; si el empeño asesino es un niño, se dice que hay infanticidio. Luego entonces, por qué cuesta tanto trabajo social y jurídicamente entender el feminicidio como la privación de la vida de una mujer.

Por qué tantas trabas en autoridades investigadoras o en impartidoras de justicia (que de femenina solo tiene una alegoría) para que llevados por un tecnicismo miope e idiotizante despojan al feminicidio del nombre que le corresponde, con todas las consecuencias desfavorables a la víctima.

Todas estas reflexiones me llevan a la peor de las conclusiones: todo esto está pasando con mayor intensidad ahora y en México. Por solidaridad a nuestras mujeres.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.