A 100 años de la creación de la OIT, ¿qué sigue?
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A 100 años de la creación de la OIT, ¿qué sigue?

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A 100 años de la creación de la OIT, ¿qué sigue?

20/06/2019
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Presidente del Congreso del Trabajo y Secretario General de la CTM

La Organización Internacional del Trabajo cumple 100 años y vale la pena preguntarse cuáles son los siguientes pasos para los trabajadores, en un contexto mundial de incertidumbre.

Humeaban aún los morteros y seguían abiertas, como cicatrices en la tierra, las trincheras de la Primera Guerra Mundial, cuando —como parte de los acuerdos alcanzados en Versalles— fue creada la Organización Internacional del Trabajo. Era esa una época de revoluciones sociales en lo local y de enfrentamiento de Estados nacionales en el plano global. Lo fue en México y lo fue en Rusia. Era de cambios también en Inglaterra, donde las condiciones de la vieja aristocracia chocaron de frente con las tensiones de la revolución industrial y el fin de la “bella época”.

En ese marco de cambios radicales, de una nueva economía —desde la masificación y distribución de la energía eléctrica, hasta la primera línea de producción de un automóvil—, nuevas necesidades sociales y la caída de regímenes que dominaron el siglo XIX, nace una organización que plantea de manera institucional la problemática de los derechos laborales y la generación de oportunidades de empleo a través del diálogo. En síntesis: del cruel disenso global al fin de la guerra, nació mecanismo para el consenso tripartita. De las abrumadoras diferencias entre empleadores y empleados, emergió una manera de plantear desafíos comunes. Pocas instituciones a nivel internacional son tan imprescindibles hoy como lo fueron hace un siglo, como la OIT.

Hoy no nos acecha la destrucción y la guerra, pero sí las tensiones sociales que derivan de la incertidumbre económica, de la profunda desigualdad social y del cambio tecnológico. Las economías no están creciendo a la velocidad de las expectativas y necesidades de los trabajadores. Las instituciones de seguridad social apenas se dan abasto para cumplir su mandato legal, cuando la pirámide poblacional que lenta pero persistentemente se invierte, hace más difícil su viabilidad financiera. La tecnificación de la mano de obra, la robotización de los procesos industriales, no es una amenaza de ciencia ficción; es una realidad que está desplazando gente en edad laboral al desempleo y a la frustración. Intentar frenar el futuro es querer evitar la salida del sol. Por ello, la gran pregunta que debemos hacernos quienes representamos la voz de millones de trabajadores es: ¿qué debemos hacer para convertir esa amenaza en una oportunidad?, ¿cómo conjugamos la experiencia y la insustituible inteligencia humana, con los avances de la tecnología y el abatimiento de costos que busca toda empresa?, ¿cómo deben ser los empleos del futuro, qué competencias deben adquirir nuestros hijos, nuestros nietos, para estar preparados ante esta vorágine de cambios?, ¿qué impacto social tendrá el desplazamiento de la mano de obra en el obligado período de transición, en el que la tecnología llega siempre antes que el paliativo institucional? Esas son las preguntas que debemos hacernos como uno de los 187 países miembros de la OIT. Interrogantes que sólo pueden hacerse en una mesa tripartita, donde la opinión del empresario valga lo mismo que la del trabajador y la del gobierno.

El tripartismo no es canonjía ni bandera retórica o política de los sindicatos. Es equilibrio y justicia para encontrar soluciones comunes. Siempre habrá tentaciones para que uno de los tres votos de una mesa tripartita cuente igual pero pese diferente; durante muchas décadas este modelo de diálogo ha resistido el embate de quienes han pretendido imponer, antes que escuchar. El tripartismo es una tarea inacabada, una lucha diaria asociada a la libertad y a la solución eficaz de los problemas entre factores de la producción.

A 100 años de distancia de la creación de la OIT, el postulado de cerrar el paso al encono y abrirle la puerta al diálogo tripartita, para velar por los derechos laborales y oportunidades de empleo, se mantiene vivo, vigente y necesario. No se trata de velar por espacios o privilegios; sino de promover un sano equilibrio, aprender del pasado y jamás permitir que el trabajador pierda su voz frente al poder, o frente al dinero.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.