Colaborador Invitado

Ante la violencia en Gaza, primero las víctimas

La mejor salida, no es la de Hamás ni la de Yihad Islámica Palestina: los civiles de Gaza no pueden ser carne de cañón. Es imperativo, por otro lado, exigir la liberación de rehenes.

Luis Xavier López-Farjeat, profesor de Filosofía de la Universidad Panamericana y subdirector de la revista Conspiratio.

El 7 de octubre ha sido un día negro para la humanidad. Escribo triste y consternado. Me angustia la escalada de violencia en la región, y tal vez más allá.

Condeno las atrocidades cometidas por Hamás a israelíes y personas de otras nacionalidades; desapruebo, a la vez, las políticas antipalestinas del actual gobierno israelí. Mi posición no es sencilla. Tengo amigos judíos, incluso israelíes, y, al mismo tiempo, amigos palestinos, tanto cristianos como musulmanes.

Conozco en detalle las posturas de todos y cada uno de ellos. Tengo también amigos musulmanes, no palestinos, que apenas toleran a los judíos; otros, en cambio, conviven con ellos en paz. Amigos judíos, muy cercanos, descalifican al gobierno de Netanyahu, apoyan la causa palestina y no simpatizan con el sionismo. Otros, a su manera, son sionistas, aunque no por ello descalifican la causa palestina.

Creo, con varios de mis amigos, que es posible concebir un judaísmo plural, autocrítico, propositivo e inclusivo como el de Martin Buber, Abraham Yehoshúa, y otros. Creo, por otra parte, en los ideales de palestinos como Mahmud Darwish y Edward Said. Coincido con los árabes que tienen claro que los actos terroristas no son el camino hacia la liberación.

El asunto va más allá del blanco y el negro. Está lleno de matices. Está plagado de aristas. He aprendido, al escuchar a cada uno de mis amigos y colegas, un sinfín de enfoques, razones y argumentos. Todos, sin embargo, coinciden en su rechazo a la violencia y en la necesidad de evitar su escalada. La gran mayoría es crítica de los dogmatismos, los nacionalismos a ultranza, los fanatismos y el afán de adoptar de manera precipitada una posición política o moral sin discernir con precisión qué es exactamente lo que se defiende.

La situación está muy por encima de posicionamientos ingenuos de izquierda o derecha. No creo, por otra parte, que el alegato histórico por el derecho al territorio arroje conclusiones definitivas. Creo en la legitimidad de dos pueblos que deben coexistir. No obstante, tampoco soy ingenuo: es fácil repetir slogans, pero la realidad es que no es sencilla la construcción de la paz; se han abierto heridas muy profundas, y, tanto Hamás como el gobierno israelí han apostado hasta el momento por el odio y el exterminio mutuo instaurando una forma de resentimiento difícilmente remediable.

La cantidad de desatinos políticos, de un lado y el otro, e incluso de parte de la comunidad internacional, ha vuelto imposible terminar con un conflicto que por años ha agravado las crisis en la zona. Ante la muerte de los civiles del día 7 nadie podría, como diría Buber, negar el derecho de los israelíes —y de muchos de nosotros— a una reacción emocional. La propia Autoridad Palestina ha condenado las horrendas acciones de Hamás y sus seguidores. Pero la condena no basta ante la tragedia.

Los israelíes tienen derecho a defenderse, a protegerse de los ataques. Lo permiten las normas del derecho internacional. Sin embargo, la comunidad internacional debe exigir el respeto a la norma de proporcionalidad y el desbloqueo total a la Franja de Gaza. Por otra parte, el pueblo palestino tiene derecho a defender su causa. La mejor salida, sin embargo, no es la de Hamás ni la de Yihad Islámica Palestina: los civiles de Gaza no pueden ser carne de cañón. Es imperativo, por otro lado, exigir la liberación de rehenes. Un inconveniente: los grupos paramilitares no se someten al derecho internacional; actúan con su propia lógica. Ni Hamás ni Yihad Islámica respetan la ley islámica; en ella se prohíbe la matanza de niños, mujeres y personas mayores.

En resumen, aunque Israel tenga derecho a defenderse, aunque la causa del pueblo palestino sea legítima, aunque no falte quien vea en lo de Hamás actos de resistencia y no acciones terroristas, lo peor que puede suceder —y de hecho está sucediendo— es permitir que, bajo pretextos en apariencia justificables, se perpetre un ciclo de violencia que aumentará el dolor de muchos inocentes y hará que nuevas generaciones crezcan inmersas en el odio y la barbarie.

La realidad es que nada se resolverá si no se modifican las circunstancias que han generado ese clima de violencia. Es momento de que el Estado de Israel se repiense a sí mismo de manera autocrítica.

Leonardo Senkman, profesor emérito e investigador asociado en la Universidad Hebrea de Jerusalén, ha sostenido que los problemas del Estado de Israel no vienen sólo de fuera, sino desde dentro: “El sionismo mesiánico antipalestino y antidiáspora de la nueva época de los Netanyahu, Ben Gvir, Levin y Smotrich, no amenaza únicamente la paz con los palestinos; es un atentado letal contra el legado plural y democrático del judaísmo humanista de los más insignes sionistas, desde Ajad Ha’am, Martin Buber, Nahum Goldman y Yeshaiahu Leibovitch, hasta A. B. Yehoshúa, Amos Oz y David Grossman”.

Mientras consignas, fotos y videograbaciones de mal gusto vienen y van por las redes sociales, mientras en protestas públicas unos y otros claman por el exterminio del otro, las víctimas del enfrentamiento se encuentran desamparadas y con escaso apoyo humanitario. La espiral de hostilidad y violencia es cada vez peor.

Mientras escribo estas líneas, un hospital en Gaza ha sido bombardeado: los unos acusan a los otros. Hay cuando menos 500 muertos.

Construir caminos de paz es uno de los retos más difíciles que tenemos como humanidad. El apoyo de la diplomacia internacional será cada vez más necesario, si su reacción es prudente. En momentos de incertidumbre es indispensable entender que la prioridad es la atención a las víctimas. Urge hallar formas efectivas de brindar apoyo humanitario. Hay que evitar confrontaciones propagandísticas e ideológicas que abren otros debates e incitan a posturas viscerales que en nada ayudan a los más afectados —los civiles inocentes— y, en cambio, abonan al odio. Es imperativo promover la cooperación, el respeto, la compasión, la comprensión, la tolerancia y al mismo tiempo condenar de modo enérgico cualquier abuso de la fuerza y toda agresión a la dignidad de los seres humanos, venga del lado que sea. La situación es sumamente sensible y escala cada vez más. Las alternativas bélicas no deberían ser una opción. Ningún territorio, ninguna patria, ninguna frontera, ninguna ideología, vale más que las vidas humanas.

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