Colaborador Invitado

Mauricio de Maria y Campos: un eminente mexicano

El 24 de mayo murió Mauricio de Maria y Campos, que puede ser considerado, en todo el sentido de la palabra, un “mexicano eminente”.

Por Francisco Suárez Dávila, exembajador de México en Canadá y en la OCDE

El historiador Lytton Strachey escribió en 1918 el libro “Victorianos Eminentes”, semblanzas biográficas de cuatro figuras emblemáticas del largo periodo de la Reina Victoria. En México, emulándolo, Enrique Krauze escribió el libro “Mexicanos Eminentes”, sobre algunas de nuestras figuras históricas importantes en distintos campos.

Proyectar ejemplos inspiradores es un ejercicio valioso, más ahora en esta época caracterizada por funcionarios en los diferentes poderes del Estado, improvisados, singularizados por su “cuatismo”, no su competencia; su lealtad al caudillo, no su compromiso con los intereses superiores del país; responsables parciales de nuestra actual debacle.

No siempre fue así. El 24 de mayo murió Mauricio de Maria y Campos, que puede ser considerado, en todo el sentido de la palabra, ¡un “mexicano eminente”, servidor público ejemplar, honesto, comprometido con México, hombre de acción y de ideas, conducta intachable!

Se creó en un ambiente de cultura, su madre, Tere Castelló, difundió y promovió en sus obras temas como las artesanías mexicanas y la gastronomía prehispánica. Inició su educación, bajo la gran disciplina jesuita, en el Instituto Patria y el prestigiado high school “Cranwell”, cuyos valores y rigor intelectual se apreciaban en él. Se formó en un muy buen momento de la Facultad de Economía de la UNAM, consolidado por sus directores: Flores de la Peña y la maestra Ifigenia Martínez, que generó una brillante generación de egresados, compañeros de Mauricio. De allí se fue a realizar su postgrado en la Universidad de Sussex, especializada en temas del desarrollo.

A su regreso se incorporó para iniciar su ejercicio profesional en el ámbito de la Secretaría de Comercio y Fomento Industrial, que sí hacía “fomento”. También fue una época institucional creativa, de compromiso con la industrialización del país, que estableció políticas hacia la inversión extranjera, con la nueva ley de la materia e impulso, la tecnología y la creación del CONACYT. Mauricio trabajó en esas actividades y se relacionó con un verdadero semillero de funcionarios. México, en esa época, formaba verdaderos cuadros técnicos en distintas dependencias, ¡que ahora hemos perdido!

Me referiré a sus principales aportaciones en distintas etapas: Su gran vocación a lo largo de su vida fue emprender una “cruzada” por el desarrollo industrial del país, sustentado en una política industrial integral. A partir de 1982, en el gobierno de De La Madrid, nombrado subsecretario de Industria; es autor de dos políticas trascendentes: una, el decreto de la industria automotriz, que permitía a las empresas trasnacionales importar insumos, sólo en la medida que exportaban, sentando las bases del desarrollo de este sector, principal generador de divisas y nuestra actual salvación. Igualmente, el decreto para crear una industria farmacéutica nacional, tan necesaria y que ahora él estaba dedicado a dar la batalla para impulsar “clusters” regionales del sector.

Más recientemente contribuiría con el industrial Gutiérrez Muguerza y el investigador Arturo Oropeza a crear el IDIC, Instituto para el Desarrollo Industrial y el Crecimiento Económico, uno de los principales abanderados de esta causa, que comienza a rendir frutos. Siempre apoyó la banca de desarrollo, como indispensable sustento de la política industrial, tan desaprovechada ahora, a sus niveles más bajos de crédito. Recientemente, como consejero prominente de la Revista Comercio Exterior, armó un número sobre “La Hora de la Banca de Desarrollo”, y espero no se congele otro sobre la política industrial. En 1992 se fue a Viena, designado Director General Adjunto de la ONUDI (Organización de Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial). Cuando se abrió el cargo máximo que requería elección de la membresía, decidió postular su candidatura, sin apoyo del gobierno de México, que en esa época consideraba que “la mejor política industrial era que no hubiera”. Por su prestigio y su labor realizada, sorpresivamente ganó para convertirse después de Torres Bodet en el segundo mexicano en encabezar un organismo de la ONU. Como acababa de sufrir el duro golpe financiero de la salida de los Estados Unidos, fue responsable de salvarlo y reorganizarlo como un organismo orientado a apoyar a los países menos desarrollados. Según palabras muy cariñosas de su colega la embajadora Lajous, fue siempre un muy popular y prestigiado miembro de la comunidad diplomática de Viena.

De allí fue designado embajador en Sudáfrica, en pleno auge del gobierno carismático de Mandela, recién conquistada su independencia y el fin del apartheid. Se enamoró de África. Al término de su función, encabezó otra cruzada: convencer a la Cancillería de la importancia estratégica del continente. Nadie como él lo expresó en foros, en ensayos. Ahora es uno de los continentes reconocidos con más favorables perspectivas de expansión económica. ¡Predicó en el desierto, “el continente olvidado”!

De regreso a México, fue electo como presidente de dos instituciones “pensantes” de prestigio: la Sección Mexicana del Club de Roma. El otro fue el Centro Tepoztlán Víctor L. Urquidi, maestro querido de Mauricio, que representaba el vínculo entre ambas instituciones. Entre muchos foros de discusión, promovió recientemente la elaboración y análisis de documentos sobre los grandes problemas actuales de México: “Construyendo Futuros. México Próspero, Equitativo, Incluyente”, a cargo de una variedad plural de expertos, siempre con visión propositiva de futuro.

Estas actividades, las combinó siempre con su actividad académica, como profesor de la IBERO, COLMEX, en el Grupo Nuevo Curso de Desarrollo de la UNAM, siempre impulsando sus grandes temas –política industrial y comercial, tecnología, Asia, África–. Otra aportación reciente, prueba de su gran visión, fue difundir en foros y escritos el conocimiento de Vietnam, con su nueva estrategia “socialista de mercado”, creciendo tanto como China, nueva potencia comercial, compitiendo con nosotros.

Una de sus últimas tareas fue impulsar un grupo de especialistas en relaciones internacionales, para configurar una agenda y una política bien sustentada hacia los Estados Unidos, de la que lamentablemente carecemos.

Más allá de su obra, en el gran número de foros de homenaje y reconocimiento, en que ha aflorado su inmenso número de amigos y discípulos, y las instituciones en que participó; se destacan reiteradamente sus grandes cualidades humanas: su contagioso entusiasmo, incansable actividad, su aprecio por los grandes placeres de la vida, los viajes, la amistad, la buena comida, su gran apetito cultural por la música, como asiduo asistente a la Sala Nezahualcóyotl para escuchar la Sinfónica y, al Auditorio, en la temporada de ópera a distancia del MET; los libros. Combinó ser hombre de ideas, con hombre de acción, siempre con una mística del servicio público. En todo esto destaca el notable papel de su querida esposa Patricia, que como dijo “lo acompañé en todas sus aventuras”, y sus hijos, de quienes estaba justificadamente orgulloso.

Siempre disfruté su colaboración como articulista por casi 20 años en este prestigiado medio. Para él, escribir, era una adicción, hasta su muerte. Sus artículos no eran nunca improvisados, reflexionaba, investigaba y los discutía con sus amigos.

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