menu-trigger
ESCRIBE LA BÚSQUEDA Y PRESIONA ENTER

Una vida lograda

COMPARTIR

···
menu-trigger

Una vida lograda

17/09/2020

"Lo que haces tiene un impacto mucho mayor que lo que dices". Stephen Covey (1932-2012)

Ayer miércoles 16 de septiembre falleció, rodeado de su familia, Sergio Raimond-Kedilhac, un hombre bueno, justo y trabajador que dedicó 50 años de su vida a trabajar en una institución a la que se unió en sus orígenes y que, sin duda contribuyó a posicionarla como la mejor Business School de Latinoamérica: El Instituto Panamericano de Alta Dirección de Empresa (IPADE).

Sergio nació en la ciudad de México en 1946, estudió Economía en el Instituto Politécnico Nacional, trabajo en Philco, ahí conoció a su esposa María Esther Viesca, con la que tendría una hermosa familia (6 hijos y varios nietos) familia de la que siempre se sintió muy orgulloso.

Ingresó al IPADE en 1970, empezó como profesor asistente, aunque pronto destacaría como un brillante profesor de economía (en 1995 obtuvo el reconocimiento: “Recognition of an outstanding international contribution to the science and art of management”, por la International Academy of Management).

Y en 1980, a los 34 años de edad fue nombrado Director General del IPADE, cargo que detentaría durante 22 años, fueron años con un crecimiento constante, en calidad y cantidad de esta institución. En 2002 dejó este cargo y fue nombrado Rector General de la Universidad Panamericana y el IPADE.

Hay personas que marcan la vida de los demás, sin aspavientos, sin hacer ruido, callada, pero eficazmente, Sergio fue uno de ellos, un amigo siempre leal, siempre dispuesto a ayudar, un trabajador incansable, que emprendió grandes proyectos buscando el bienestar de los demás, sin pretender acumular poder o destacar a costa de los demás. Un líder que sabía motivar a su equipo, que sabía delegar responsabilidades y crear un ambiente de confianza y afán de logro, que llevaba a la gente a dar lo mejor de sí mismo.

Sergio siempre practicó (y predicó) con el ejemplo, hombre austero, de gran capacidad de trabajo, pero también generoso con sus numerosos amigos y muy hospitalario en su casa, que siempre afirmó la importancia del sentido del humor, y a pesar de las crisis que tuvo que enfrentar, nunca perdió el buen humor y la sonrisa, gracias a su sentido trascendente de la vida.

Un católico fiel, que se honraba de su fe y sometió a ella su vida. En el prefacio de la Misa de difuntos, la liturgia católica proclama: “La vida no se acaba sino se transforma”. Sergio Raimond era un muy buen católico que comprendía bien el misterio de la muerte. Tenía la seguridad de que la vida aquí es preámbulo a la vida eterna. Todos los que le conocimos coincidimos en la certeza de que ya está en el Cielo.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.