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Ciudades inteligentes

24/02/2020
columnista
Carlos Mena
Competencia 2.0

Está de moda hablar de “ciudades inteligentes”. Los gobiernos de todas las ciudades importantes del mundo hablan de sus programas para tener ciudades smart, y las empresas venden todo tipo de soluciones para lograrlo. Se consideran a las ciudades como inteligentes cuando usan la mejor tecnología y los datos para generar eficiencias, desarrollo y crecimiento.

Resulta siempre deseable mejorar el bienestar de los ciudadanos e innovar. Obviamente, mientras mejor se utilicen recursos como la tecnología y los datos, las ciudades podrán conseguir beneficios en cualquier ámbito de la vida en sociedad en que se apliquen, desde el tema de la sustentabilidad, seguridad, movilidad, economía, turismo, etc.

Son muchas las ciudades que se presumen como inteligentes en todo el mundo, pero en realidad son pocas las que han logrado avances integrales. Hay diferentes clasificaciones, pero los requisitos para ser inteligente son mucho más que comprar sistemas y juntar datos. En Latinoamérica, el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) es el organismo internacional que ha realizado este tipo de estudios y clasificaciones y recientemente declaró zonas inteligentes a solo cuatro ciudades en México: Maderas, en Querétaro; Ciudad Creativa y Tequila, en Jalisco; y Smart, en Puebla.

Aunque los ejemplos de la región son interesantes, a nivel mundial vemos ciudades que llevan una gran ventaja en su desarrollo y la integración de estos avances en su funcionamiento, y que deben servir de ejemplo a las grandes ciudades mexicanas donde esta evolución puede impactar a más personas. Londres, Nueva York, París y Zúrich son consideradas algunas de las ciudades grandes líderes en el mundo, pero el primer lugar sin duda se lo lleva Tokio, que es un ejemplo mundial en tecnología, innovación y sustentabilidad. Lo que parece más interesante de ese caso, es la forma en que Japón y otros países asiáticos han sumado fuerzas con el sector privado para acelerar el desarrollo de ciertas ciudades, lo que convierte al esfuerzo en un objetivo nacional y de colaboración pública-privada.

Este proceso parece imparable y más vale que las ciudades mexicanas se suban pronto al barco o correrán el riesgo de quedarse muy atrás de sus “pares”, que están compitiendo con todo por convertirse en referencias.

Desde mi punto de vista, se requieren varios elementos fundamentales para construir estos proyectos. Todos los niveles de gobierno y la sociedad civil son relevantes para impulsarlos. Ejemplos de ello son la necesidad de construir políticas integrales que den soporte al uso de datos, la protección de la propiedad intelectual, regulación y derechos de los ciudadanos que solo con la participación del Congreso y agencias nacionales puede lograrse. En este aspecto, temas de privacidad y seguridad serán clave.

Como el caso asiático lo demuestra, será importante dar oportunidad al sector privado de contribuir con las iniciativas. La consultora Deloitte, por ejemplo, ha señalado que la infraestructura necesaria para las Smart Cities solo es financiable en un 16 por ciento por las ciudades, y la necesidad de capital y oportunidades para el sector privado, la academia y otras áreas de gobierno es fundamental y se debe de incentivar adecuadamente.

Finalmente, para que estos esfuerzos funcionen en México y Latinoamérica, se debe tomar en cuenta que el centro de todo el esfuerzo debe ser el ciudadano. No puede pensarse que expropiando la información de las personas y construyendo un ejército de burócratas que tengan bases de datos y compren software caro se logrará el objetivo. Incrementar la participación social para construir inclusión digital y el acceso a datos abiertos es la clave. Las ciudades mexicanas tienen mucho que hacer para ponerse al día.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.