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¿Última oportunidad?

21/05/2020
Actualización 21/05/2020 - 14:52

No recuerdo que ningunas elecciones intermedias hayan despertado tanto interés como las que se perfilan para 2021. Analistas, comentócratas profesionales y amateurs, familias, académicos y muchos segmentos más –clasemedieros en su mayoría- ponen sus esperanzas en que con dicha elección se pueda corregir el rumbo del país que pareciera encaminarse, por extraño que parezca, hacia un comunismo. Suena raro hablar de comunismo en pleno siglo XXI y sin embargo, a juicio de algunos, las acciones del gobierno de la cuarta transformación se encaminan hacia dicho sistema, o mejor dicho hacia el remedo de dicho sistema tal y como se impuso en diversos países del mundo a lo largo de la historia.

El voto aplastante y mayoritario que obtuvo el hoy Presidente de la república en las elecciones de 2018 fue interpretado por él y su círculo cercano como un cheque en blanco para la imposición de sus ideas y sus proyectos, sin necesidad de mediar con los factores reales de poder. Pero para lograr la imposición de una ideología radical como la que propugnan, es menester deshacerse de esos factores reales de poder que pudieren llegar a tener capacidad de obstaculizar su ruta hacia el olimpo marxista, algo en lo que López Obrador ha utilizado parte de su tiempo y sus esfuerzos desde el primer día de su gestión, incluso desde antes.

Por ejemplo, la cancelación del proyecto del aeropuerto de Texcoco tuvo como finalidad política debilitar a una clase empresarial que en administraciones previas tuvo privilegios, que en ocasiones llegaron a ser ofensivos para el grueso de la población. Pero además de ello, ha sido consistente en dicho afán con medidas en contra de todo tipo de empresas: grandes, pequeñas, medianas y micro, dado que comprende que este sector tiene capacidad de organizarse y desafiar su autoridad. Por ello, lo ha combatido y ahora lo deja morir solo en momentos cruciales para la nación, con las consecuencias que tendrán en la destrucción de la economía y del tejido social.

Otro factor real de poder que pudiere llegar a oponerle resistencia y al que ha coptado es el Ejército Mexicano, donde ahora se adjudican, se realizan y se administran muchas de las grandes obras públicas, con las previsibles ganancias en poder político y económico que ello traerá para la institución, pero también para algunos altos mandos que guardarán lealtad hacia quien los hizo visibles, poderosos y en algunos casos, tal vez hasta millonarios. Una lealtad comprada es más sólida que una lealtad ganada, porque viene acompañada de complicidad.

También ha disminuido –en un acto demencial en que un jefe de Estado insulta a sus conciudadanos- al sector de los profesionistas. Ya agredió y descalificó a médicos, arquitectos, científicos, ingenieros, artistas, deportistas, entre otros. Sabe que estas clases medias instruidas son capaces de generar argumentos sólidos contra los que no tiene ni nunca tendrá una respuesta sustentada, por eso es mejor descalificarlos antes de que comiencen a cuestionarlo.

Uno de los factores que tiene capacidad de descarrilar los proyectos de gobiernos que lleguen a lesionar sus intereses, es Estados Unidos. Históricamente este país ha encontrado en América Latina tierra fértil para sus gorilas y dictadores a modo, por lo que el gobierno de la 4T muy pronto vio que debían de alejarlo de la política interior mexicana, y qué mejor forma de hacerlo que con la total, absoluta y más abyecta complacencia. El candidato López Obrador, bravucón contra Donald Trump, ya no existe. Ahora existe el presidente López Obrador dispuesto a cumplir el más mínimo de los caprichos del inquilino de la Casa Blanca, aunque con ello se lesionen los intereses de México. Los intereses del país quedan supeditados a los intereses de ese gobierno con la finalidad de buscar su aprobación.

Con un gabinete florero y un Congreso supeditado a sus designios, cobra gran relevancia la sociedad civil a la que no puede controlar ni desprestigiar como lo ha hecho con los grupos organizados de dicha sociedad. La sociedad civil es uno de los últimos reductos de democracia y oposición real ante la pobreza y mediocridad de la oposición formal. López Obrador sabe que no podrá controlar a esa oposición real si logra organizarse tal y como lo hicieron los colectivos de mujeres los pasados 8 y 9 de marzo y eso le molesta, porque no tiene forma de controlar a grupos ciudadanos espontáneos que no se manejen de manera corporativa. Por eso, las elecciones de 2021 son la oportunidad de poner un freno a un régimen de locura, de rencor y de tendencias dictatoriales. Es la oportunidad para la sociedad civil de recuperar la Cámara de Diputados para que ésta sirva a los intereses del pueblo del Estado, y no al gobierno. Es una oportunidad y tal vez, sea la última.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.