Acostúmbrate al debate
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Acostúmbrate al debate

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Acostúmbrate al debate

16/01/2019

Uno de los grandes beneficios que ha dejado la segunda transición mexicana a la democracia –la de 2018- es que como país estamos acostumbrándonos al debate entre ideologías o simpatías.

Cabe reconocer que fueron pioneros en esto de levantar la voz los integrantes de la izquierda, que de manera mayoritaria se aglutinan ahora en MORENA.

Durante los primeros dieciocho años de este siglo, las voces discordantes –en el sentido de señalar errores, a veces con fundamento, a veces sin él- provinieron casi exclusivamente de la izquierda, dejando al centro y a la derecha, con un sentimiento de control de la descalificación “abierta” según fuera necesario.

En ese periodo se vio en diversas ocasiones la coincidencia entre la derecha y el centro en diversos tópicos del debate político, al tiempo que las diferencias entre ellas no eran estridentes ni mucho menos escandalosas. Las razones pueden ser múltiples: complicidad, coincidencias de formas de pensar, responsabilidad en el control gubernamental, intercambio de favores, beneficios oligárquicos, serenidad al gobernar, etc. Un etcétera tan largo y tan amplio como lo quiera ver quien sea el observador del caso, algunos argumentando que todo tiempo pasado fue mejor y algunos argumentando la depredación del país.

Y sin embargo, todos estos debates que durante dieciocho años más bien parecían un monólogo de una izquierda reclamante ante una centroderecha ciega, sorda, displicente y sobre todo muda –algunos dirán que fue prudencia- han comenzado a transformarse en beneficio de una gran riqueza ideológica en un franco diálogo primitivo que ha empujado a los simpatizantes de la centroderecha a manifestar y expresar sus opiniones de manera fuerte y clara, pero sobre todo, de manera libre.

Durante muchos años los simpatizantes de las políticas neoliberales guardaron silencio por no tener nada contra que oponerse, pero las cosas han cambiado a partir del primero de diciembre pasado, con la llegada formal de la izquierda al poder máximo de la República, así, con mayúscula.

Cada día es más frecuente escuchar opiniones de centroderecha expresarse de manera libre y sin cortapisas sobre lo que consideran errores del actual gobierno, desde la cancelación del aeropuerto de Texcoco hasta el desabasto de combustibles por la lucha contra el huachicol pasando por los despidos de empleados de gobierno y la muerte de la gobernadora de Puebla.

Se puede estar de acuerdo o no con el contenido de dichos pronunciamientos, pero lo que no puede hacerse por ningún motivo es estar en contra del derecho que tiene -sea quien sea y diga lo que diga- de manifestar lo que le de su regalada gana, porque ese es uno de los grandes derechos que nos reconoce y tutela la Constitución General de la República.

Los mexicanos parecemos vivir tiempos de grandes divisiones ideológicas, por lo que es imperativo buscar valores comunes que nos permitan a todos defender algo que sea de igual valor para todos. A mí me parece que defender la libertad de expresión de unos y otros, puede ser un buen proyecto para buscar tener un horizonte en común aunque sea sólo sobre un tema. Sería un buen comienzo. Porque los gobiernos van y vienen, igual que las corrientes ideológicas, pero lo que persiste es aquello que todos compartimos como valores comunes, y la libertad sin duda alguna, es uno de ellos.

Debemos comprender que la lógica del debate, ha llegado para quedarse en México y eso, es un gran avance para la conformación de nuestra identidad nacional y por lo anterior, se debe respetar al que opina diferente por creer que lo mejor para México es algo distinto a lo que uno mismo piensa. Cómo lo decía Voltaire: “No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defendería hasta la muerte tu derecho por decirlo”, o de otra manera, acostumbrémonos al debate.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.