Urgen lentes y narrativas nuevas para el 20 o 30%
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Urgen lentes y narrativas nuevas para el 20 o 30%

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Urgen lentes y narrativas nuevas para el 20 o 30%

11/09/2019
Actualización 11/09/2019 - 13:52

En México vivimos tiempos temblorosos y accidentados. Cada mañana y a cada rato surgen anuncios desde el gobierno sobre acciones tomadas o por tomar que cimbran no sólo la gramática de lo esperable, sino el entramado mismo de las certezas en las que se asentaba el 'sentido común' de los beneficiarios o aspirantes a beneficiarios del viejo régimen. Cito algunos ejemplos. Aprobación de la prisión preventiva oficiosa y encarcelamiento de un abogado tan poderoso y presumiblemente intocable como Juan Collado; anuncio en una mañanera de un “ahorro de 4 mil 500 millones de dólares” en el acuerdo entre gobierno y empresas privadas que hizo posible respetar los contratos para importantes gaseoductos sin que se citara fuente confiable alguna para validar el dato; disminución del presupuesto de poco más del 35 por ciento a un programa insignia del nuevo gobierno –Jóvenes Construyendo el Futuro– y, en el mismo paquete, aumento del Presupuesto a la Función Pública de alrededor de 60 por ciento.

Entendiblemente, tanta novedad afuera de la partitura conocida asusta y alimenta una espiral de desconcierto creciente dentro del sector del país largamente acostumbrado a ser el eje de la atención de los poderosos en el gobierno y en los centros productores de información y análisis. Tanto cambio fuera del lenguaje costo-beneficio, de la retórica tecnocrática centrada en la eficiencia, del tributo discursivo y machacón a la ley y a conceptos como “transparencia, rendición de cuentas y mejores prácticas internacionales” e, incluso, de la consistencia mínima entre medios y fines o entre distintas decisiones, resulta desconcertante e inquietante. No sólo hubo un cambio de gobierno, están cambiando los beneficiarios y la forma de operar de lo más permanente en el sistema político: las reglas no escritas. Es comprensible que ello produzca preocupación y desconcierto entre las élites (reales y aspiracionales).

¿Quién le interpreta la realidad política mexicana actual a un empresario grande de la industria de la construcción en la CDMX? ¿Quién le ayuda a entender a la señora de clase media alta que vive de la renta de sus locales comerciales en Guadalajara qué significa tanta nueva medida y tanta palabrería altisonante en clave de chairos vs. fifís? ¿Quién le explica al gerente de distribución de una empresa japonesa mediana, que tuvo que trasladarse a México porque así se lo pidió digamos Honda o Toyota, qué está pasando en el país al que tuvo que mudarse y cuáles son las nuevas reglas del juego para lidiar con las autoridades gubernamentales? ¿Quién le ayuda a entender a un estudiante de clase media baja de Aguascalientes que sueña con hacer un posgrado en Harvard por qué su proyecto de crecimiento académico, profesional y social dejó de ser aplaudible y, muy posiblemente, financiable desde el gobierno?

Con pocas excepciones, los informadores y analistas más reconocidos del viejo régimen han dedicado el grueso de su tiempo no a explicar lo nuevo, sino a reafirmar las premisas y prejuicios de ese 20 o 30 por ciento de la población que detesta a López Obrador. Ello les ha permitido articular y legitimar las percepciones y sentimientos de los grupos que se autoperciben como víctimas del nuevo gobierno y las mayorías que representan. Ocasionalmente esas voces, hoy tan furibundamente críticas, también han ayudado a mantener o a colocar temas en la agenda pública que importa mucho no desaparezcan. Por ejemplo: el valor de los datos duros y de los límites –temporales, entre otros– a los que resulta imperativo someter a los que detentan el poder político.

El que los críticos del nuevo gobierno se hayan concentrado no en intentar entender lo nuevo, sino en subrayar todo lo que el gobierno del presidente López Obrador tiene de defectuoso, justamente por no ajustarse a lo de antes, ha servido para legitimar el susto y el enojo de los grupos hasta hace poco dominantes, pero ayuda poco a orientarnos frente al nuevo entorno. En sentido metafórico, esa forma de crítica sirve para refrendar que el juego ya no es, digamos, futbol americano, pero contribuye muy poco a ofrecernos claves para navegar ese otro juego –¿soccer, beisbol, matatena?– que está surgiendo y dentro del cual tenemos todos que funcionar cotidianamente.

Urgen nuevos lentes y nuevos intérpretes capaces de interpelar a los sectores de la sociedad mexicana que se sienten lastimados y excluidos por AMLO y su 4T. Urgen, porque muchos de los grupos e individuos que los conforman tienen el poder para afectar a grandes números de mexicanos con sus decisiones privadas de inversión y, por ende, de generación o conservación de empleo. Urgen, también, pues la mayoría de los que integran esos grupos, si bien no pueden afectar con sus decisiones individuales a muchos otros, si pueden proveer la base social de opciones de ultraderecha populista que hoy está creciendo en muchos países del mundo (incluyendo a uno parecido a México como Brasil). Evitar algo así debiera preocuparnos y ocuparnos a todos y, muy especialmente, al nuevo gobierno.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.