Intentando entender: la 4T y el tiempo
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Intentando entender: la 4T y el tiempo

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Intentando entender: la 4T y el tiempo

03/04/2019
Actualización 03/04/2019 - 14:59

Para navegar y no perder (del todo) la cabeza en la 4T, lo primero es deshacerse de mucho del bagaje de creencias que nos ha guiado. Casi ningún mapa conocido resulta útil para descifrar de qué va esto que estamos viviendo. Para empezar a ubicarnos, hace falta mover el ángulo del lente y preguntarnos sobre la validez y utilidad de lo que (hasta ayer) dábamos por evidente.

No sirve para entender el México presente, por ejemplo, etiquetar a la 4T dentro de categorías tipo 'populismo' o 'socialismo' o 'nacionalismo'. La 4T tiene pedacitos de todas ellas, pero, también, tiene otras cosas. Por ejemplo: la familia, la Iglesia, el Ejército, el poder político en toda su potencia creativa, así como el tono y las preocupaciones concretas de legiones de mexicanas y mexicanos de a pie. Dicho de otra manera, AMLO pone en el centro temas, palabras y realidades para entender dónde estamos parados. Asuntos que, desde los lentes dominantes de más de 30 años, aparecían como anticuados, inútiles y superados.

Un elemento que me llama mucho la atención del nuevo discurso dominante que se ha instalado en México desde el triunfo de AMLO, se refiere al tema del tiempo. Me explico.

Frente a la conjugación en tiempo futuro del neoliberalismo, la 4T es presente inmediato. Es urgencia que no admite dilación alguna y es también pasado en clave de raíces entendidas como cimientos indispensables de lo que somos y pudiéramos ser. Frente al énfasis machacón del neoliberalismo sobre el futuro, AMLO propone y decide desde la urgencia de hacerse cargo de una casa común que reclama cuidados intensivos. Actúa desde el atender el fuego y, frente al “mañana después del incendio”, sus propuestas son más bien pobres o de plano inexistentes. 'Mañana', desde dónde lo ve el líder máximo, es un territorio poco interesante.

La debilidad de la dimensión 'futuro' en la 4T responde, en primer término, a una conciencia muy clara sobre la urgencia (real y efectiva) de atender y reparar un presente desgarrado en muchos sentidos. Un presente consumido por la violencia, por la naturalización del horror cotidiano, por millones de vidas atrapadas en la brega por la supervivencia, y por la pérdida completa de toda brújula moral.

La prioridad otorgada por el gobierno al presente y al pasado también tiene, probablemente, algo que ver con la hiperconciencia de López Obrador sobre su propia mortalidad. Más allá de eso, la falta de acento en el futuro sirve como recordatorio subliminal y permanente –intencionado o no– de un quiebre radical frente a todas esas décadas de incesante glorificación de un futuro que se nos presentaba, un día sí y otro también, como pleno de posibilidades, éxitos y bonanzas.

Ese futuro promisorio fue poco más que humo y espejitos para la inmensa mayoría de los mexicanos. Quizá por ello la desatención al futuro del nuevo gobierno resuena tanto con tantos mexicanos. Resuena especialmente con los que menos tienen (para quienes el 'futuro' no existe y/o nunca llega). Pero también pudiera resonarles a los jóvenes, dados los numerosos indicios sobre la primacía que las nuevas generaciones le otorgan a lo inmediato y la poca esperanza que parece despertarles un futuro en el que no queda claro cuánto tiempo sobrevivirá el planeta. Estas resonancias ayudan, sin duda, a generar cercanía con la gente, a volver a hilvanar un relato compartido y a reconstruir, con ello, los cimientos de alguna gobernabilidad posible.

Si el énfasis en el presente puede entenderse como resultado de un radical sentido de urgencia, el desempolvamiento del pasado y su proyección al centro del escenario revelan la importancia nodal que López Obrador le confiere a nuestro relato nacional-identitario y al pasado como basamento de este. El relato nacional mexicano está bastante traqueteado y, coincido, requiere atención inmediata. Andar por ahí con una imagen tan horrorosa de nosotros mismos –corruptos, sucios, flojos, tramposos– no ayuda para reconstruir un país en el que quepamos todos o para sacarle el mayor provecho posible a lo que nos hace fuertes.

No creo que la mejor manera de darle renovada tracción a nuestro relato identitario sea desempolvando la historia oficial de la postrevolución mexicana (la de las estampitas y los libros de texto de los años 60). Esa 'canción' nos llevó tan lejos como pudo llevarnos. Nos urge un relato nuevo sobre nuestras raíces y sobre nuestro irnos armando como colectividad en el tiempo. Una historia en la que no seamos fundacional e irremediablemente víctimas. Un relato contado desde nuestros dos conglomerados de raíces, desde nuestros muchos tropiezos y deformidades, pero, también, desde la potencia de nuestras múltiples historias, oponiéndose y reencontrándose consigo mismas y con las de otros.

Más allá de la historia nacional en clave 'estampitas', conviene reparar en el tema y en el hecho de que, al parecer, AMLO no anda tan desencaminado en pensar que el pasado está muy lejos de estar muerto.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.