“Hace falta que tiemble para que miremos al otro” (Diego Luna)
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“Hace falta que tiemble para que miremos al otro” (Diego Luna)

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“Hace falta que tiemble para que miremos al otro” (Diego Luna)

06/02/2019

En una conferencia organizada por los estudiantes mexicanos de la Universidad de Harvard, la semana pasada, Diego Luna me conmovió fuerte. Me conmovió su capacidad para transmitirnos lo incomprensible que le resultaba lo poco que nos conmueven los otros. Esos “otros” que no reconocemos en realidad como semejantes. Esos “otros” millones de mexicanos con quienes compartimos país y a quienes no vemos. Esas legiones de “otros” en cuyas vidas se han instalado como acompañantes permanentes la pérdida, el dolor, el miedo y la indefensión completa, y frente a quienes lo nuestro es la indiferencia.

Contó, entre muchas otras historias, que alguna vez Javier Sicilia le había dicho algo así como: “No esperes a que te pase a ti; usa mi dolor para hacer algo, úsalo para cambiar las cosas”. Tengo que reconocer que una parte de mí no quería oír hablar de una pérdida tan monstruosa como la de Sicilia. A otra parte de mí, simplemente, se le llenaron los ojos de lágrimas.

Más adelante en su plática, Luna dijo: “La ventaja de mi trabajo es que no delimita entre lo personal de lo profesional”. Le dio al clavo, evidentemente. Le dio al clavo, pues una de las formas en la que tantos logramos vivir en un México plagado de tanto dolor y tanta muerte mirando a otra parte es, justamente, parcelando nuestra experiencia de vida. Aferrándonos, esto es, a unas murallas gordas e impenetrables diseñadas para mantener separados lo personal de lo profesional, lo inmediato y lo importante de lo que no nos concierne, lo que dejamos que nos toque de lo que, ni por asomo, permitimos nos interpele, nos alcance o nos afecte.

“Hace falta que tiemble para que miremos al otro”. También dijo eso Diego Luna y eso, también, me produjo una sacudida fuerte. Tiene razón. Demasiados mexicanos vivimos apertrechados dentro de nuestro propio campo visual y sólo reaccionamos frente a las tragedias, de plano, insoslayables. En el día a día, sin embargo, de tanto protegernos frente al dolor y el pánico de vivirlo (incluso vicariamente), hemos terminado anestesiados e impedidos para ponernos en los zapatos, en la mirada y en la piel de todos esos mexicanos y mexicanas que habitan en un universo de espanto.

Comparto con Luna la idea de que, para que el país se vuelva más vivible para todos, tenemos que ocuparnos de cambiarlo y de que, para ello, hace falta atrevernos a mirar y conectar con los otros. El problema es que no verlos pareciera, para muchos, indispensable. Indispensable para poder seguir viviendo cómodos en un país tan desgarrado, tan injusto y descarnado como el nuestro.

La propuesta de Diego Luna, sin embargo, no es sólo la de abrirnos y abrazar la empatía. Su llamado no es a la empatía como conexión vivida desde la introspección íntima y profunda. Su llamado es a la empatía como conmoción interna que nos impela a movernos y a involucrarnos en los asuntos de todos. Disposición para mirar y conectar con los otros como detonador capaz de sacarnos de la inercia de la vida parcelada, y como norte para darle propósito a dar el salto y ejercer de ciudadanos.

Ejercer de ciudadanos no sólo cuando toca votar. Hacerlo de forma regular y cotidiana, a través de la participación en iniciativas ambiciosas o de acciones pequeñas que puedan sumarse a otras igualmente pequeñas e irse hilvanando hasta volverse grandes. Participar en el cuidado de lo común, a partir de los intereses y motivaciones de cada quien, con los instrumentos y las voces que cada uno tenga a su alcance.

Con respecto a la ciudadanía, advirtió enfáticamente sobre los peligros de no ejercerla, especialmente en el momento presente. No podemos, dijo, retirarnos de la escena pública tras haber votado y quedarnos simplemente sentados mirando al nuevo gobierno, ya sea deseando que tenga éxito en enderezar el barco o convencidos de que no habrá de lograrlo.

El gobierno encabezado por López Obrador llegó al poder gracias a millones de votos. Para superar tanta desgracia en la que estamos metidos y para lograr que México pueda convertirse en un país de todos, hacen falta, sin embargo, mucho más que millones de votos. Se requieren ciudadanos que ejerzan como tales de manera cotidiana. Personas que se reconozcan como parte de una misma colectividad, que se ocupen de ella y que trabajen, junto a otros, por ella.

Eso piensa Diego Luna y no solamente lo piensa, lo practica.

Da mucho para pensar lo que dice. Mucho para mirar adentro y para preguntarnos cómo le hemos hecho y cómo le hacemos para que nada nos conmueva. Para vivir en un México de espanto y hacerle como que ese país que decimos nuestro, fuera de otros que nada tienen que ver con nosotros.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.