AMLO: otra partitura (en clave distinta)
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AMLO: otra partitura (en clave distinta)

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AMLO: otra partitura (en clave distinta)

20/11/2019

López Obrador opera desde una partitura distinta a la que dominó durante largas décadas el discurso político, buena parte del análisis de lo público, y mucho del sentido común imperante. La retórica con la que AMLO nombra y organiza los significados de la realidad social y política de México no es una simple variación dentro de una misma clave. Se trata de un texto musical organizado en otro tipo de pentagrama.

AMLO no distorsiona más o menos la realidad que sus antecesores. La deforma de manera distinta. Lo hace con propósitos similares, pero también con finalidades diferentes. Ningún discurso o proyecto político es reflejo nítido o preciso de la realidad. Todos, como bien dice Álvarez Junco en su texto “Magia y ética en la retórica política”, más que reflejarla, la distorsionan para avanzar un determinado conjunto de ideas, de valores y de intereses concretos. Todos lo hacen movilizando emociones, pero lo hacen con lenguajes y con relatos distintos.

Si AMLO nos suena desafinado no es porque que no se sepa bien la canción, desconozca las notas o le falte destreza para entonarlas. Hay otra posible explicación. Pudiera ser que AMLO esté tocando OTRA canción. Una que es tan distinta a la de antes que nos cuesta reconocerla como canción.

Leer a López Obrador desde los mitos y las claves de antes no ayuda a caracterizar la singularidad del fenómeno político que representa. Interpretarlo, encima, como si aquellos mitos y aquellas claves fuesen la verdad revelada sirve todavía menos. Hacerlo así contribuye, sin duda, a darle cohesión y cobijo intelectual a sus críticos más acérrimos. Para explicar, entender y navegar el tsunami que moviliza y encarna AMLO, sin embargo, más que aclarar, confunde.

Distintos discursos políticos construyen, nombran y significan la realidad social de manera diversa. A veces utilizan las mismas palabras, pero, muchas veces, los sentidos que les otorgan no son en absoluto los mismos. Tomemos para el México de hoy el caso de la palabra “democracia”.

Para los gobiernos mexicanos, buena parte de los académicos especializados y los analistas más influyentes a lo largo de las últimas tres o cuatro décadas, la democracia es, fundamentalmente, un régimen político cuyo rasgo distintivo y su función más importante consiste en garantizar la pluralidad política, las libertades individuales y los derechos de las minorías a través de elecciones competitivas y de un sistema de pesos y contrapesos orientado a evitar la concentración excesiva del poder político que es, justo, lo que puede vulnerar tanto al pluralismo como a los derechos individuales y los de minorías diversas. Para López Obrador y su movimiento la democracia es otra cosa, muy diferente. Antes que nada, la democracia para ellos es: gobierno de la mayoría para la mayoría. O dicho en lenguaje de la 4T: gobierno emanado del pueblo en beneficio del pueblo.

No es de extrañar que a las élites mexicanas, el énfasis de AMLO en la democracia como forma de gobierno que expresa la voluntad de la mayoría les produzca susto. Para empezar, porque a élites acostumbradas a un gobierno que habla y viste como ellas y tiene como cometido central proteger sus intereses, un gobierno que exprese la voluntad de unas mayorías sociales como las mexicanas resulta en extremo amenazante. En un país tan largamente oligárquico y tan profundamente excluyente e injusto como México, resulta comprensible que las mayorías sociales convertidas en gobierno les resulten a las élites harto amenazantes y peligrosas. Tampoco extraña el que la democracia en clave mayoritaria produzca resistencias e inquietudes entre las élites, los intelectuales liberales y neoliberales, y todos aquellos que creemos en la pluralidad, la libertad individual y los derechos de las minorías. Básicamente, porque para la democracia mayoritarista esos asuntos no son temas prioritarios.

Por su parte, a López Obrador y su movimiento, la democracia entendida como régimen de acceso y ejercicio del poder público cuyo rasgo distintivo consiste en garantizar el pluralismo, los derechos y las libertades de los individuos por separado (más allá de su pertenencia a grupos o clases), así como los derechos de las minorías resulta poco atractiva. De hecho, desde su visión mayoritarista, esa concepción de raigambre liberal clásica pervierte la esencia de la democracia, pues se enfoca y empeña, sobre todo, en limitar el poder de la mayoría.

Siguiendo a Álvarez Junco, más que en la consistencia interna de sus planteamientos intelectuales o en las viejas categorías asociadas al discurso hasta hace poco dominante, habría que buscar las claves para identificar la naturaleza de la autodenominada 4T en las emociones que moviliza, en los mitos que emplea para movilizarlas, y en indagar de qué forma ambos se relacionan con las realidades sociales concretas del México contemporáneo.

¿Es mucho pedir? Sí. Pero, convendría hacerlo, por dos razones centrales. Primero, porque y como es obvio, hay mucho en juego. Segundo, porque la singularidad del fenómeno lo amerita en términos intelectuales y parafraseando a Álvarez Junco: “La respuesta intelectual ante el mito tiene que ser el análisis. O sea: no puede, simplemente, consistir en contraponerle otro mito”.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.