“Algo huele a podrido en el estado de Dinamarca”
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“Algo huele a podrido en el estado de Dinamarca”

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“Algo huele a podrido en el estado de Dinamarca”

06/11/2019

El presidente López Obrador hace y dice cosas (casi todos los días) que rompen los esquemas conocidos. A mí, durante largos meses, ello me pareció refrescante y posibilitante. Básicamente porque no íbamos por buen camino; porque el relato que se había convertido en único y la horrible realidad concreta del México roto enmarcada y generada, en mucho, por ese mismo relato exigían una sacudida y una bocanada de oxígeno.

Hoy, sin embargo, siento una inquietud creciente. Me inquieta un presidente que parece querer montarse en una estructura de sentido muy profunda, poderosa y no inmediatamente visible para configurar una historia que no me queda claro qué tanto beneficia al país. Me refiero a una narrativa, magistralmente identificada por Escalante y Canseco en su artículo De Iguala a Ayotzinapa de este mes en Nexos, que recorre al México de la posrevolución y que tiene que ver, en esencia, con la contraposición binaria entre el pueblo bueno y el gobierno malo. Contraposición, por cierto, en la que el pueblo sufrido y bueno tiene, frente al gobierno opresivo y cualquiera que se le oponga, un cheque en blanco.

Observo en las respuestas de AMLO frente a los sucesos recientes en Culiacán y en especial frente a las críticas al mal manejo del conflicto por parte de su gobierno, una reacción que constituye una suerte de cuádruple salto mortal. Muy efectiva, sin duda, la primera respuesta: “privilegiamos la vida sobre la muerte”. El problema, evidentemente, tiene que ver con cómo se llegó a la situación que exigía optar entre proteger la vida de militares y civiles, por un lado, y completar la captura de un blanco cuya extradición pedía el gobierno de los Estados Unidos, por otro. Frente a los cuestionamientos legítimos despertados por esa situación límite generada por fallas en el accionar del gobierno, el presidente redobla la apuesta y, primero, se lanza brutalmente contra los medios y, acto seguido, pone sobre la mesa (sin aportar dato alguno para sustentar su dicho) la amenaza de un golpe de Estado.

Para intentar entender ese comportamiento tan atípico y desmedido sólo se me ocurre, por el momento, una posible interpretación. Lo que López Obrador está intentado es algo similar, en términos simbólicos, a ese malabarismo que consiguió poner en práctica con muchísimo éxito la revolución institucionalizada (es decir, el priismo clásico) después de una revolución social violentísima. En concreto: presentarse DESDE EL GOBIERNO como si por la boca del jefe del gobierno hablara ese mismísimo pueblo que se opone y se resiste al gobierno opresor. Pirueta con altísimo grado de dificultad; o sea, cuádruple salto mortal.

En el relato que está buscando armar el presidente equiparando a la prensa mexicana actual con la que criticó a Madero a principios del siglo XX y asociando el discurso crítico del general Gaytán con el golpe de Victoriano Huerta, lo que intuyo es un intento por abrevar del poder simbólico de la oposición “pueblo bueno contra al gobierno malo” convirtiendo a su gobierno en el pueblo oprimido y a sus críticos en el “gobierno” opresor.

AMLO tiene tela de dónde cortar. Tiene, en efecto y como él dice, mucho apoyo popular. Opera a su favor, también, una profunda y muy amplia cultura cortesana que divide a los opositores y los lleva a hacer toda suerte de contorsiones para congraciarse con el poder y evitar sus dardos flamígeros. Dispone, además, de una sociedad política destrozada, es decir, de partidos políticos hechos añicos y de una sociedad civil organizada en la que a más recursos menor conexión con la realidad social y viceversa. El presidente cuenta, final y más generalmente, con la devastación social y cultural, con los efectos de la ausencia de autoridad estatal digna de tal nombre en porciones crecientes del territorio nacional producida por décadas de gobernantes y adinerados cada vez más ensimismados y rapaces, así como con el vacío de datos y narrativas convocantes provocados por élites pensantes que, con pocas excepciones, fueron abdicando de pensar e intentar entender en serio la sociedad, la economía y la política mexicana realmente existentes.

“Algo huele a podrido en el estado de Dinamarca”, como diría Marcello en Hamlet no anda bien en este país nuestro. Ese algo, tiene que ver con un gobernante que frente a su primera crisis importante pudiera estar, en lugar de intentando recuperar y rearmar la dignidad y el poder del Estado y del gobierno, más bien intentando erigirse, insisto, desde el gobierno, en pueblo acosado y, por tanto, libre para actuar sin freno. Pero, eso que no va bien no es sólo eso. El problema es más extendido, complejo y profundo. Espero equivocarme, pero hoy por hoy veo un panorama con menos claros y algunos signos francamente ominosos.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.