2020: un segundo año con AMLO
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2020: un segundo año con AMLO

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2020: un segundo año con AMLO

15/01/2020
Actualización 15/01/2020 - 13:25

Te guste o te disguste, AMLO te toca. Sus modos son muy distintos a los de los políticos y tecnócratas a los que llevamos tanto tiempo tan acostumbrados. Sus gestos, su forma de hablar, sus decisiones y su forma de tomarlas no son los regulares; no son los que de tan conocidos podemos simplemente descontar y pasar a otra cosa. López Obrador nos toca porque es omnipresente, pero, sobre todo, porque nos obliga a movernos de los lugares cómodos y conocidos.

El año que comienza nos encuentra viviendo junto a López Obrador un año más de nuestras vidas. No es el primero y tampoco será el último. Ya medio sabemos de qué va la cosa, pero, tras la sacudida del año pasado, es normal que muchos de nosotros nos preguntemos qué tanto podemos confiar en nuestros propios vaticinios, miedos o deseos sobre lo que viene hacia adelante.

Con López Obrador lo único seguro es que no hay nada seguro. Y no es que el presidente de México no sea consistente o que no haya repetido hasta el cansancio lo que valora y lo que se propone. AMLO va derecho y no se quita. Lo que lo hace desconcertante no es que se comporte de forma errática o que tome decisiones que no haya preanunciado. Sus decisiones parecen ceñirse siempre a unas mismas pautas y a una misma lógica. Su terquedad es legendaria. El problema es otro.

Parte de lo que hace tan incómodo y tan difícil de predecir es que sus acciones y el guión que las anima chocan, una y otra vez, con los intereses y las expectativas de grupos muy poderosos. Para esos actores (grandes empresarios, políticos profesionales, líderes sindicales, intelectuales públicos de renombre) contar con la protección asegurada del poder político era parte del orden natural de las cosas. Dejar de tener esa protección y esa cercanía garantizadas rompe su estructura de creencias y les resulta, por tanto, inaceptable, incomprensible e indigerible. Sentirse desdeñadas por el poder no forma parte de la experiencia del mundo de nuestras élites.

El problema de fondo detrás de la incomprensión profunda que caracteriza la interacción entre López Obrador y las élites mexicanas tiene que ver con la distancia abismal entre sus respectivas visiones del mundo. Lo que AMLO es, representa y quiere lograr tiene muy pocos puntos de contacto con lo que para las élites del país, ES, evidentemente y sin duda ninguna, lo correcto, lo viable y lo deseable.

El mejor ejemplo del choque de visiones de fondo al que me refiero es el aeropuerto de Texcoco. Hay muchos otros, pero ese es uno particularmente potente e importante en términos simbólicos.

Para las élites mexicanas existentes y aspiracionales, la cancelación del aeropuerto diseñado por Foster resulta imperdonable. Imperdonable, pues atenta no sólo contra lo que valoran porque les conviene (ganancias, comodidad y/o liana para sentirse parte del primer mundo), sino contra lo que creen firmemente que constituye la realidad con mayúsculas.

Sobre esa estructura de sentido se basan los argumentos más recurrentes en defensa del aeropuerto de Texcoco. Argumentos tipo: “llevaba 30 por ciento o así de avance” o “estamos pagando una obra que no habrá de concluirse y por eso no le alcanza al gobierno para pagar las medicinas que requieren lo pobres”.

Me detengo sobre el caso Texcoco, pues ilustra de forma especialmente elocuente el choque radical entre AMLO y las élites mexicanas –reitero, existentes y aspiracionales– al que me refería arriba. Lo hace, pues pone en evidencia diferencias profundas no sólo en valores e intereses, sino también y muy particularmente, en la forma en la que unos y otros definen, nombran y significan la realidad misma.

López Obrador inquieta, atemoriza y le pone los pelos de punta a nuestras élites y a buena parte de nuestras clases medias porque no comparte sus intereses y sus valores. La incertidumbre más de fondo que les produce tiene que ver con ello, pero tiene, en especial, que ver con que no comparte sus creencias de fondo sobre la arquitectura misma de lo real. Eso, entendiblemente, resulta mucho muy inquietante.

De esa distancia abismal sobre la definición de la realidad es de la que surge el temor de las élites mexicanas frente a AMLO. De ahí la intensidad de sus inquietudes, de ahí su incapacidad rotunda para entenderlo o siquiera intentar entenderlo. Si él niega la realidad que yo veo con mis propios ojos y reconozco como única cierta y posible, López Obrador se me aparece, simplemente, como un loco furioso, enfermo de poder.

Sí, sin duda, la 'realidad' que asumen como evidente nuestras élites tiene parte de realidad pura y dura. Tiene, sin embargo, otra parte que depende crucialmente de los relatos compartidos que nos armamos para describirla, interpretarla y significarla.

López Obrador lleva la delantera en la construcción de nuevas narrativas para darle sentido a una realidad social quebrada. Sus opositores van muy atrás en esa tarea clave. Me pregunto si lo saben.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.