2019: ¿el año de la incertidumbre?
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2019: ¿el año de la incertidumbre?

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2019: ¿el año de la incertidumbre?

09/01/2019
Actualización 09/01/2019 - 15:31

Uno de los grandes atractivos de que haya años nuevos es que nos permiten imaginarnos comienzos frescos y hacerlo, además, en plan colectivo. Ayuda mucho. Sirve, por ejemplo, para hacer cortes de caja, para hacernos la ilusión de arrancar desde una página en blanco, y para proponernos renovaciones de nuestras vidas más o menos grandiosas, acompañados de muchísimos otros y otras.

En el caso de este 2019 que comienza, sin embargo, la fuerte incertidumbre en el entorno mexicano abona poco a la reimaginación, en especial, en el plano personal. Contra lo que suele pensarse y como aprendí hace poco, la creatividad y la posibilidad de reimaginar descansan sobre la existencia de límites y certezas. Cuando las certezas se desdibujan y, en particular, cuando los referentes básicos que anclan nuestra identidad se difuminan, solemos entrar en modo supervivencia. El modo de estar y ser en el mundo que prioriza la supervivencia se caracteriza por ser defensivo y cerrado. No es ese uno que abone a ninguna creatividad maravillosa que entrañe asumir riesgos. La sensación de amenaza y la percepción de peligro lo que producen es cerrazón, aferre a lo conocido y baja o nula disposición a emprender acciones que supongan la posibilidad de incurrir en pérdidas.

Entiendo y comparto la convicción del nuevo gobierno de México de que el país necesita un cambio de fondo. Me hago cargo, también, de que ese cambio de fondo no puede ser suavecito e indoloro. La casa está en llamas y atender la emergencia exige decisiones que salen del marco de lo ordinario. Acciones y decisiones costosas en lo colectivo (ojalá, sólo en el corto plazo) y, ciertamente, muy costosas para los beneficiarios del estado de cosas que urge cambiar y que nos han llevado a la situación horrorosa en la que nos encontramos (millones de mexicanos excluidos de la posibilidad de armarse vidas dignas, muertos sin fin, desaparecidos, desconfianza completa de todos contra todos, miedo cada noche, cada tarde y cada mañana).

Entrarle a desazolvar las tuberías atascadas y dejar de hacerle como sí arregláramos las cosas colocando tapetes sobre la inmundicia subterránea hecha nudos, causa múltiples molestias. En especial, para los que hemos navegado sobre la “solución” en clave “pongamos más tapetes” sobre la mierda y la sangre brotando de las heridas no resueltas. Lo entiendo, me hago cargo.

Dicho lo anterior, también habría que hacerse cargo de la pregunta de cuántos se sienten amenazados por este golpe de timón de todas las mañanas y, sobre todo, de cómo habrá de afectarnos a todos y a la posibilidad de concretar el cambio deseado por el nuevo gobierno el pasmo, el susto y la huida de la minoría de mexicanos que, muy minoritarios y todo, pueden darle al traste a la posibilidad de un México más ancho y más incluyente, sin ninguna coordinación deliberada, costosa o explícita. Darle al traste completo, esto es, desde sus billeteras, al golpe de un click o una llamada de celular para moverse a dólares y/o de un viajecito a Estados Unidos a comprar una casa o un departamento en Nueva York, en Miami o en Texas.

El número de mexicanos que tienen nada o poco que perder con un cambio de “régimen” (es decir, con el cambio de las reglas del juego que determinan quién se beneficia y quién pierde con las reglas del juego de cómo y en beneficio de quiénes se ejerce el poder de todos) es grande y mayor que el número de mexicanos con cuentas en dólares. Lo que es menos claro es cuál grupo puede más. Esa es la primera y más obvia pregunta que deben hacerse todos los días los nuevos funcionarios a cargo de la Secretaría de Hacienda.

Pero hay otras menos obvias, aunque también cruciales en términos de las perspectivas de éxito de la megaapuesta de nuestro nuevo presidente. Dos de ellas especialmente importantes.

Primera: ¿cuántos mexicanos y mexicanas (sin cuentas en dólares) dejarán de usar sus activos (su estufa, su máquina de coser, su localito) y sus talentos para innovar en pos de la generación riqueza nueva para sí mismos y para todos ante la tremebunda incertidumbre producida por un presidente empeñado, por muy buenas razones, en poner a los pobres primero?

Segunda: ¿cuánto servirán las transferencias monetarias a adultos mayores, jóvenes que no estudian ni trabajan, estudiantes de prepa y personas con alguna discapacidad para tranquilizar a esa mayoría de mexicanos excluidos de cualquier oportunidad de certeza o progreso? ¿Cuánto servirán, dado que en las mayorías el neoliberalismo triunfó ya en hacer de la posesión del último modelo de IPhone (que cuesta más de 20 mil pesos) o el último modelo de Nike la credencial de entrada para existir socialmente?

Mis mejores deseos para el año que comienza, más allá de la incertidumbre.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.