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11/02/2020

Enero y febrero fueron, desde cualquier valoración, dos meses catastróficos para el Partido Demócrata. Es muy posible que de forma inadvertida, los demócratas hayan entregado la elección presidencial de noviembre próximo a Donald Trump en bandeja de plata. Malos cálculos políticos, errores innecesarios y divisiones internas en el Partido Demócrata hacen difícil pensar que puedan ganar la elección de noviembre de este año, y más bien parece que la reelección de Trump y la prolongación de su presidencia por otros cuatro años es altamente probable.

El primer grave error de los demócratas es pensar que existían las condiciones políticas para revocar el mandato a Trump. Hubo una confusión entre hacer lo correcto y hacer lo estratégico. Tal vez hayan hecho lo correcto al tratar de enjuiciar a Trump, pero no había posibilidades reales de lograr ese objetivo. No había condiciones materiales para revocar el mandato porque si bien en la forma el procedimiento de impeachment busca hacer justicia convirtiendo a órganos legislativos en judiciales, en los hechos siempre ha sido un procedimiento político, en el que priva la lógica de los intereses partidistas.

Trump es el tercer presidente en haber pasado por un procedimiento de acusación (impeachment) por parte del Congreso. En 1868, Andrew Johnson fue acusado por la Cámara de Representantes, pero el Senado, erigido en jurado, lo absolvió por un solo voto. En 1974, Richard Nixon enfrentaba un proceso de acusación pero renunció antes de que se formalizara. En 1998 William Clinton fue acusado pero al igual que Johnson, resultó absuelto por los senadores.

En los dos casos de presidentes que han sido acusados (Johnson y Clinton), ha sido el Senado quien ha impedido completar el proceso de revocación de mandato, y ese dato es fundamental: en ambos casos, los senadores votaron dentro de las filas de sus respectivos partidos; cada partido ha votado en bloque, sin importar los elementos de prueba sobre la culpabilidad o inocencia del presidente enjuiciado.

Ese dato histórico de alguna forma, anunciaba claramente el destino de la acusación: Trump muy probablemente sería acusado por la Cámara de Representantes y resultaría finalmente absuelto por la Cámara de Senadores. Y eso podía leerse por la composición de cada asamblea: la Cámara de Representantes está dominada por los demócratas, mientras que en el Senado tiene mayoría el partido de Trump. En la Cámara de Representantes hay 232 demócratas, 197 republicanos y un independiente. En el Senado hay 53 republicanos, 45 demócratas y dos independientes.

Los dos cargos que se le hicieron a Trump, abuso de poder y obstaculizar la investigación del Congreso, fueron aprobados en la Cámara de Representantes por 230 votos a favor contra 197 en cuanto al abuso de poder, y 229 votos a favor contra 198 en obstaculizar al Congreso. Sin embargo, en el Senado se detuvo todo: el primer cargo se rechazó por 52 votos contra 48 y el segundo por 53 contra 47. De cualquier forma, se requería mucho más que eso pues para revocar el mandato de un presidente se requieren dos terceras partes del Senado, esto es, 67 votos. Pensar que eso era posible era utópico e ingenuo.

Sin embargo, el yelmo de Trump sufrió una leve abolladura, pues un senador republicano, el excandidato presidencial Mitt Romney, votó a favor de enjuiciar a Trump por el primer cargo de abuso de poder. Romney es el primer senador en la historia de los Estados Unidos en votar a favor de señalar como culpable de altos crímenes a un presidente que es miembro de su propio partido. Esto sin duda, le traerá costos muy altos a Romney, quien ya ha tenido que soportar ataques públicos del presidente Trump, y de su propia sobrina, Ronna McDaniel, actual presidenta del Partido Republicano.

Tres días antes de que Trump fuera absuelto, el Partido Demócrata celebró sus primeras elecciones primarias en el estado de Iowa, las cuales resultaron en un fiasco, un desastre de organización y comunicación. 24 horas después de las primarias de Iowa aún no se conocían los resultados.

Al día siguiente de la catástrofe organizativa de los demócratas, Trump ofreció un discurso sobre el estado de la administración ante el Congreso, en el que todo le salió bien; fue un discurso emotivo y persuasivo, en el que se le vio seguro, tranquilo y “presidencial”. La presidenta demócrata de la Cámara de Representantes, en cambio, en un arranque infantil y revanchista, rompe ante las cámaras el texto del informe. Una vez absuelto, Trump hizo lo que nadie mejor que él sabe hacer: iniciar una amplia campaña de autopromoción mediática y en redes en la que reafirma sin ambages ni moderación, que el proceso en el que se le acusó no fue más que una patraña partidista.

Los demócratas que siempre han acusado a Trump de ser un hombre caprichoso y destemplado, un hombre sin valores que encabeza un gobierno sin rumbo, han sido exhibidos como un partido que es incapaz de organizar su propias elecciones internas, que tiene líderes propensos a los berrinches, y que no tuvieron el olfato político suficiente como para prever que el proceso de impeachment terminaría para ellos en una profunda humillación y en un enorme triunfo político para Trump, quien va como Johnny Walker, tan campante avanzando rumbo a su reelección.

Todo esto son pésimas noticias para México, pues si acaso en su primer periodo Trump contuvo sus impulsos antimexicanos por prudencia electoral, cuando hizo de México la piñata política de sus arengas de campaña y acciones de gobierno, en un segundo periodo no habrá nada que le imponga límites en su pretención de afectar los intereses de nuestro país.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.