Si no podemos cambiar el futuro, cambiemos la historia
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Si no podemos cambiar el futuro, cambiemos la historia

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Si no podemos cambiar el futuro, cambiemos la historia

20/03/2018
Actualización 20/03/2018 - 0:53

El futuro es indeciso y sin rumbo. No tiene existencia plena: en cuanto el futuro nos alcanza, fugazmente se convierte en presente y, de manera instantánea, se transforma en pasado, y así, como el agua que pasa bajo el puente y nunca es la misma, transcurre el tiempo y la eternidad. Stephen Hawking, el célebre físico teórico y autor recién fallecido decía, no sé si con un sentido poético o de “físico teórico”, que la línea que divide al pasado con el presente y el futuro es imaginaria. Cantinflas explicó esa dimensión fugaz del tiempo de mejor forma cuando dijo que “hay instantes en la vida que son verdaderamente momentáneos”.

El futuro, inexistente aún, no puede cambiarse a voluntad ni permite que nos asomemos detrás de la cortina, dar un vistazo y hacer predicciones. El futuro sucede a pesar de nuestros afanes y es difícil hacer una apuesta sobre qué forma tendrá.

Pero pesar de que el futuro es caprichoso y autónomo, es posible jugar con las probabilidades para aumentar la posibilidad de construir un futuro deseable.

Se construye hoy para mejorar las posibilidades de llegar a un futuro que sea mejor. No es seguro, pero es lo único que podemos hacer.

También es posible potenciar las posibilidades de tener un futuro peor. Es perfectamente posible y relativamente fácil hacer cosas hoy que arruinen nuestro futuro. Esto se logra apoyando propuestas contradictorias y que no tienen sentido lógico y económico. Lo hizo la Gran Bretaña al salir de la Unión Europea. Lo han hecho varios países de América Latina al elegir o ratificar gobiernos populistas.

Lo ha hecho Estados Unidos al elegir a Trump. Los rusos acaban de renunciar a la libertad y la democracia eligiendo a Putin por cuarta ocasión.

Desde luego, hay razones para el surgimiento del populismo.

Amplios sectores de esas sociedades se han sentido relegados por los resultados de las políticas económicas liberales, por prejuicios raciales contra los inmigrantes o, en términos generales, por las dificultades de las democracias en todo el mundo para ser capaces de cumplir con las expectativas de los ciudadanos. La frustración con los problemas de gobernanza de las democracias ha motivado a una parte importante de los electores a patear el tablero y elegir partidos y candidatos que encabezan propuestas destructivas, apocalípticas e irracionales. Un mal pasado está llevando a las democracias a un futuro aún peor.

Las propuestas políticas que apuestan por la destrucción del futuro tienen una parte que resulta irresistible y seductora: son fáciles de entender, buscan satisfacer un deseo de revancha social y se construyen a partir de los fracasos y errores de los gobiernos anteriores, prometiendo un futuro que se asemeja a un pasado inexistente, pero glorioso. Los populistas tienen siempre como referencia un pasado imaginario. Trump prometió en campaña hacer a “America Great Again”, una vaga referencia a una “América” imaginaria y que ha llevado de forma acelerada a Estados Unidos a la irrelevancia política y económica, en favor de otras potencias. Hugo Chávez hizo de Venezuela una “República Bolivariana” y, al mismo tiempo, la encaminó a un futuro aún más infame que la peor pesadilla que los venezolanos podían imaginar.

Los populismos cambian la historia, pues son incapaces de construir un mejor futuro. No pueden explicar el camino a un futuro más prometedor, por eso hacen constantes referencias a un pasado ficticio, heroico y grandioso –cursi–, que empequeñece el mediocre presente y seduce con la promesa vacía de un futuro que por regla general es pésimo.

¿Algo así puede pasar aquí? En su más reciente libro (Can It Happen Here? Authoritarianism in America), Cass Sunstein analiza la posibilidad de que un autoritarismo populista cancele de forma efectiva la democracia en Estados Unidos. Sunstein concluye que las instituciones democráticas, los pesos y contrapesos políticos y la cultura democrática previenen que ocurra en ese país lo que ha pasado en otras sociedades con democracias más jóvenes y débiles, como la nuestra.

Tenemos razones para estar frustrados e inconformes con los resultados de nuestra democracia y nuestros gobiernos. El pasado es malo, tenemos problemas. Son problemas que tienen otras democracias en el mundo y que son en su mayor parte problemas complejos de gobernanza, que llevará tiempo resolver, con soluciones que tendrán que ser también complejas para mejorar la capacidad de nuestras instituciones para entregar mejores resultados.

El pasado malo nos puede llevar a un futuro peor. La frustración y el enojo no son los mejores consejeros cuando se trata de elegir un gobierno. Prometer el regreso a un pasado que nunca existió no es la mejor manera de enfrentar un futuro incierto. Las evocaciones románticas a figuras del pasado no van a resolver los problemas que hoy ponen en riesgo ese futuro. No se puede mejorar el futuro reinventando la historia.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.