Prosperidad incluyente
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Prosperidad incluyente

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Prosperidad incluyente

12/03/2019

A pesar del notable crecimiento de la riqueza agregada a nivel mundial, tenemos hoy una sociedad cada vez más desigual. Resulta contradictorio o al menos paradójico, que la creación de tanta riqueza no haya tenido efectos redistributivos. Hoy la diferencia entre pobres y ricos es más grande que nunca. El polémico libro de Thomas Piketty, El Capital en el Siglo XXI (2013, Seuil-Harvard University Press), aporta una de las posibles causas de esa marcada inequidad. Piketty, desde una aproximación histórica y estadística, encuentra que el retorno del capital, en promedio, ha sido mayor en comparación con el crecimiento de la economía, y que eso explica la creciente brecha entre los dueños del capital, que se enriquecen cada vez más, frente al resto de la población, que depende para su progreso colectivo de la expansión de la economía. Robert Putnam, profesor de Harvard en su libro Our Kids: The American Dream in Crisis (2015, Simon & Schuster), recoge testimonios e historias de su propio pueblo natal y utiliza datos de investigación académica para ilustrar cómo Estados Unidos ha dejado de ser para los jóvenes de hoy la tierra de las oportunidades de progreso económico que alguna vez fue. Una de las preocupantes conclusiones de Putnam es que cada vez menos jóvenes que se inician en el mercado laboral hoy, podrán aspirar a lograr el bienestar económico que lograron sus padres.

Alcanzar un crecimiento sostenido, por un lado, que también sea incluyente y que aminore la desigualdad, por el otro, parecerían objetivos lógicos y claros para la política económica de cualquier país, pero en los hechos son blancos divergentes; aparentemente, los diseñadores de política económica se ven a sí mismos en el dilema de escoger entre uno o el otro, y asumen que ambos objetivos no pueden converger.

Uno de los efectos políticos de la creciente desigualdad ha sido la elección de gobiernos que se han presentado como antagónicos absolutos a todo lo que provenga del llamado neoliberalismo o tecnocracia liberal. Cada vez hay más ejemplos en diversos países, pero especialmente en Latinoamérica. En momentos de desesperanza y desilusión, con tantas promesas incumplidas, el primer presidente que logre formular políticas públicas que logren disminuir la desigualdad, sería sin duda el primer referente que establezca que eso se puede lograr. Se antoja difícil, pero no imposible.

En este entorno, Dani Rodrik, de la Universidad de Harvard, encabeza a un grupo de académicos e investigadores que se han reunido alrededor de una propuesta llamada Economists for Inclusive Prosperity (https://econfip.org/). Esta propuesta presentada en enero pasado –o más bien, ese conjunto de propuestas– busca precisamente generar nuevas ideas de política pública para promover lo que ellos llaman una “prosperidad incluyente”. El objetivo que persigue este grupo de economistas es discutir la prosperidad en un sentido amplio y no solamente considerando lo económico, sino tomando en cuenta como elementos de la prosperidad temas de salud, cambio climático y derechos políticos. Sus recomendaciones de política promueven la consideración de indicadores que hablan de una verdadera distribución de la riqueza, y no únicamente la contabilidad de los promedios macroeconómicos. Rodrik y los economistas que lo acompañan sostienen que sus iniciativas reflejan razonamientos económicos que abrevan del análisis de las fallas del mercado, y que incluyen propuestas de intervenciones del Estado específicas, que buscan mejorar el funcionamiento de los mercados laboral, de crédito, de seguros y también políticas para incentivar la innovación productiva.

Esta propuesta y otras sobre las que hemos comentado en entregas pasadas, como el importante libro de Santiago Levy, Esfuerzos mal recompensados. La búsqueda de la prosperidad en México (https://webimages.iadb.org/publications/spanish/document/Esfuerzos-mal-recompensados-La-elusiva-b%C3%BAsqueda-de-la-prosperidad-en-M%C3%A9xico.pdf) son de la mayor relevancia en un momento en el que estamos tratando de encontrar la forma de reunir nuestro interés colectivo como país de tener una economía fuerte, estable y en crecimiento, pero que sea al mismo tiempo incluyente, que persiga la equidad y sea redistributiva. La reconciliación de ambos propósitos económicos puede ser también una oportunidad para la reconciliación política de México, desgarrado entre posiciones que parecerían irreconciliables, pero que pueden encontrar en la adopción de políticas de crecimiento incluyente un espacio de coincidencia y una oportunidad para trabajar juntos.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.