Polarización y política de identidades
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Polarización y política de identidades

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Polarización y política de identidades

04/02/2020

Hay una profunda división en la sociedad mexicana. Es una división que se origina en las preferencias políticas, pero que no se detiene ahí. Es una polarización particularmente distinta y más grave de las que hemos vivido antes en democracia. No se trata de la diferencia tradicional entre ideologías o posturas acerca de políticas públicas, partidos o líderazgos. Hoy vivimos una contienda que se libra entre en el contraste de distintas identidades.

El pasado 28 de enero salió a la venta el libro del periodista Ezra Klein (Why we are polarized, Avid Reader Press/Simon & Schuster, 2020), fundador y editor del sitio de noticias y opinión Vox.com. Este libro ha generado un enorme interés, pues se trata de una profunda exploración sobre la polarización política en Estados Unidos, en la que Klein trata de desmenuzar los mecanismos que definen la identidad partidista y sus consecuencias para la democracia.

Klein cita el trabajo del psicólogo social Henry Tajfeld, sobre la conformación de grupos sociales con base en identidades. Tajfeld, polaco, sobrevivió la Segunda Guerra Mundial sólo gracias a que fue confundido por francés. Esta distinción, que podría considerarse sutil o sin importancia, fue suficiente como para permitirle conservar la vida, debido que esa diferencia sí era importante para sus captores alemanes. El episodio lo motivó a tratar de entender las razones que llevan a las personas a reunirse bajo una identidad particular como raza, clase social, ideología, religión, etcétera, y a fijar las fronteras entre grupos humanos que definen la aceptación y el rechazo; la tolerancia y la discriminación; la empatía y el odio. Tajfeld encontró que la distinción entre grupos humanos por identidades es parte de la naturaleza social humana, una manera de facilitar la comprensión del orden social y de organizarlo a través de la diferencia entre “ellos” y “nosotros”.

El motivo de la diferenciación puede ser menor o artificial, pero el sentimiento identitario que se crea con los miembros de un grupo puede ser muy fuerte. Tajfeld encuentra en sus experimentos que el impulso natural a identificarnos con un grupo está por encima del posible beneficio individual de pertenecer al grupo, y que cualquier motivo que nos haga sentir parte de un grupo distinto a los demás, por exiguo e insignificante que pueda ser, es capaz de cultivar un sentimiento de identidad fervoroso y el sentimiento espejo, el rechazo a lo distinto. Pensemos aquí en la identidad entre fanáticos de un equipo deportivo, distinción que puede considerarse frívola y superficial, una identidad que nada aporta al fanático, pero que muchas veces motiva graves actos de violencia verbal y física contra los seguidores de un equipo distinto, los “otros”.

La comparación de grupos con identidades políticas con seguidores de equipos deportivos no es casual. Mientras más fuerte es la identificación personal con un partido político, más irrelevante se vuelve la afinidad de la persona con las propuestas de política y la ideología del partido, y más fuerte se vuelve el sentido de competencia, la idea de ganar y vencer al otro. La identidad partidaria se alimenta del miedo a perder y se expresa en rivalidad y enojo. La política de identidades hace que la competencia electoral pierda su misión de ser un proceso en el que se contrastan ideas y propuestas, y se convierta en una disputa entre partisanos delirantes, similar al fanatismo deportivo.

En el caso de México, la política de identidades ayuda a explicar una parte importante del tono y del debate político, que sin duda se encuentra fuertemente polarizado. Partidarios y opositores del gobierno están ambos encerrados en identidades de grupo que no permiten abrir un espacio para el diálogo. El diálogo se vuelve imposible cuando los argumentos de los demás se valoran con base en quién los dijo y no qué fue lo que dijo; cuando se critica y condena de antemano todo lo que hace el gobierno sin hacer una valoración crítica mesurada; cuando se crean categorías para encasillar a opositores o cuando se le retira por decreto a los demás la autoridad moral. Por primera vez, la identidad partidaria se ha reforzado y retroalimentado con otras identidades vinculadas a categorías sociológicas y de otro tipo, como el nivel de ingreso, color de piel, nivel educativo, identidad sexual, lugar de nacimiento y otras, que hacen que la polarización sea más profunda. Tal vez lo más grave de la política de identidades no sea que divida a la sociedad entre partidarios de distintos grupos o movimientos políticos; tal vez lo más grave es que esas identidades rebasan aquellas que nos podrían unir, las que podrían contener los impulsos polarizantes, las que nos unen, aquellas que nos identifican como mexicanos y habitantes de un mismo país.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.