México, India, Orwell y la desaparición del efectivo
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México, India, Orwell y la desaparición del efectivo

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México, India, Orwell y la desaparición del efectivo

07/05/2019
Actualización 07/05/2019 - 14:55

El gobierno de México está considerando seriamente limitar el uso del efectivo en la economía, como una medida para controlar la corrupción. Hace unas semanas se realizó una reunión de alto nivel en la que participaron funcionarios de la presidencia de la República, Hacienda y el Banco de México, en la que se analizó esa posibilidad y en específico se habló de la experiencia de la India, que en 2016 se transformó de una economía basada en transacciones hechas con dinero en efectivo, a una en la que la mayoría de los intercambios de dinero se realizan con medios electrónicos (https://bit.ly/2vIbZIM).

En noviembre de 2016, el gobierno de la India retiró los billetes de 500 y mil rupias, que representaban cerca de 90 por ciento del circulante. Esa medida, presentada por el gobierno de Modi como una estrategia para abatir la corrupción que permite el uso de efectivo, exigía la bancarización de la población que en gran parte estaba fuera del sistema financiero. Para ello se construyó un registro biométrico de datos de más de un millardo (mil millones) de personas. Este registro de retina y huellas digitales llamado Aadhaar, permite a los indios abrir cuentas en los bancos, compartir el historial médico con sus doctores, realizar trámites ante el gobierno y hacer compras en comercios privados sólo con la lectura de la huella digital y sin la necesidad de utilizar una identificación.

La construcción de un sistema de registro poblacional logró eliminar mucha de la burocracia pública y privada para realizar trámites y transacciones de todo tipo y se abrieron en poco tiempo cerca de 300 millones de cuentas bancarias, pero los efectos sobre la corrupción no fueron los esperados. Uno de los objetivos que se esperaba lograr con la desmonetización era que los grupos criminales y políticos corruptos que guardaban grandes cantidades de efectivo terminarían destruyendo los billetes por miedo a tener que depositarlos en el banco, declararlos y sonar las alarmas de las autoridades. Sin embargo, eso no ocurrió. Mucho del dinero proveniente del crimen y la corrupción se vendió con descuento a intermediarios lavadores, quienes pulverizaron el efectivo y lo reincorporaron al sistema financiero con múltiples depósitos en cuentas abiertas ad hoc de personas de bajos ingresos o de la tercera edad. Además, una gran parte del dinero proveniente del crimen y la corrupción en India se encontraba convertido en oro, en propiedades inmobiliarias, o estaba depositado en cuentas off shore.

A pesar de que la eliminación del efectivo en la India tuvo efectos positivos sobre la recaudación fiscal, también afectó a mercados que tradicionalmente realizaban sus transacciones con circulante, como el sector agrícola, la venta al menudeo y las empresas pequeñas y medianas. Se perdieron empleos, principalmente de jóvenes poco calificados, y la economía en general experimentó una fuerte desaceleración debido a la disminución de la demanda. Con el retiro súbito del efectivo, muchas personas de bajos ingresos o de la tercera edad que no consiguieron adaptarse al cambio, no pudieron acceder a servicios básicos de salud y transporte, o no pudieron comprar alimentos. Otro problema que tuvieron que enfrentar fue el bajo desarrollo de la infraestructura digital de la India, que limitó la posibilidad de acelerar el proceso de adopción de sistemas de transacciones electrónicas por parte de los comercios. Al final, el gobierno tuvo que flexibilizar la circulación de billetes de baja circulación, por lo que el efecto global del experimento sobre la corrupción y los beneficios generales son difíciles de evaluar.

Es importante tomar nota de la experiencia de la India si es que existe una intención seria de limitar el uso de efectivo en México. La India adoptó una estrategia agresiva y precipitada, que tuvo efectos negativos no esperados. Uno de los primeros retos que tendríamos que enfrentar, si se escoge ese camino, es la elaboración de un registro poblacional único con datos biométricos para toda la población de México, proyecto que se ha tratado de implantar sin éxito en varias ocasiones por gobiernos del pasado. Sería tremendamente útil contar con un sistema de registro de datos biométricos, como Aadhaar, para evitar la duplicidad en programas sociales, prevenir el robo de identidad electrónica, promover la bancarización de la población y facilitar trámites burocráticos. Habría que tomar en cuenta las posibles limitantes logísticas (una parte importante de la población de México vive en Estados Unidos de forma ilegal), presupuestarias y políticas, que han impedido que tengamos en México una cédula de identidad única. También tenemos que valorar la fortaleza de nuestra infraestructura digital y prever qué haríamos en caso de una emergencia digital o una falla generalizada de los sistemas, ¿cómo se harían las transacciones comerciales urgentes? Un efecto comercial indirecto de una política como esta sería el auge de las plataformas de pago electrónico y posiblemente el surgimiento de una industria digital local de servicios como PayPal, Venmo, Apple Pay y Samsung Pay.

Otro tema importante es el que señala el decano de Negocios Globales de la Escuela Fletcher de la Universidad de Tufts, Bhaskar Chakravorti, quien dice que el problema con el experimento indio es que la intención real del primer ministro Modi no era la de abatir la corrupción, sino de contar con una plataforma de control electrónico de las identidades, perfiles bancarios y transacciones de negocios de los ciudadanos de la India, una especie de Big Brother orwelliano digital. Un posible uso perverso del poder del gobierno con un sistema como este, sería la capacidad para cancelar de golpe la posibilidad de una empresa o de toda una industria para realizar transacciones electrónicas. Un enorme poder que en las manos equivocadas puede ser muy peligroso.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.