Las tragedias humanas y los límites de la compasión
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Las tragedias humanas y los límites de la compasión

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Las tragedias humanas y los límites de la compasión

22/01/2019
Actualización 22/01/2019 - 12:33

Al tiempo en que escribo este artículo se había confirmado el fallecimiento de 90 personas en la explosión de gasolina en Tlahuelilpan, Hidalgo, ocurrida el pasado viernes, además de que hay docenas de heridos por quemadura, muchos de ellos graves. Es triste pero necesario recordar que México no es ajeno a las tragedias en las que mueren o resultan heridas un número importante de personas. La sola mención de ciertas fechas como 2 de octubre y 19 de septiembre, y los nombres de algunos lugares como Ayotzinapa, San Fernando, Tultepec, La Barca, Aguas Blancas, Atoyac, Guardería ABC, y otros, nos remiten a episodios que nos hacen vivir de nuevo la tristeza, la indignación, la impotencia. En cada una de estas tragedias nos queda la desoladora sensación de que pudimos haber hecho algo para atajar la catástrofe o al menos atenuar las consecuencias. Lo ocurrido en San Martín Texmelucan, en 2010, nos pudo dar claves para evitar las muertes en Tlahuelilpan, en 2019. Estas tragedias nos han ofrecido una oportunidad de aprender a prevenir su recurrencia, pero no la aprovechamos.

Parecería que esas tragedias no han sido suficientes como para convencernos de la necesidad de hacer algo definitivo para prevenirlas. No hemos hecho lo suficiente para detener las masacres del crimen organizado ni para evitar que los edificios colapsen en los temblores ni para evitar las explosiones en comunidades que fabrican cohetes ni en ductos de gasolina ni para evitar esas matanzas sordas pero no por ello menos graves, como los feminicidios y los asesinatos de periodistas, que no ocurren en un solo evento, pero que con el tiempo se acumulan y se convierten por derecho propio en auténticas masacres. ¿Hemos dejado de ser sensibles a la gravedad de estas tragedias como para abandonarnos a la inacción y permitir que se repitan?

Paul Slovic, psicólogo de la Universidad de Oregon especializado en ciencias del comportamiento, sostiene que, paradójicamente, entre más grande es una tragedia, mientras más muertos hay, menos nos importa. Las estadísticas que hablan del costo humano de las masacres, dice Slovic, se convierten sólo en números abstractos, difíciles de valorar. Se atribuye a Stalin haber dicho que “la muerte de una persona es una tragedia; la muerte de un millón no es más que una estadística”. Slovic dice que la mente humana funciona precisamente de esa forma, y que muchas veces somos incapaces de hacer una valoración correcta de la gravedad de una tragedia mientras más víctimas hay. Todo indica que la compasión humana está limitada a cierto umbral de pérdidas humanas, a partir del cual una muerte adicional deja de conmovernos y de generar en nosotros un sentimiento de empatía.

Es mucho más fácil comprender la muerte de una sola persona –efecto de “singularidad”, le llama Slovic–, pero con números grandes, cada vez que se agrega una muerte adicional, la valoración que hacemos es marginal, se vuelve prácticamente igual hablar de 750 que de 751 muertos; el efecto en nuestra mente de una muerte adicional es decreciente. Slovic dice que tenemos una inclinación a pensar que ante la complejidad de un problema no podemos hacer nada, lo cual induce a ignorar la posibilidad de trabajar en una solución. Nuestras mentes están organizadas para dar preeminencia a las soluciones más fáciles que nos eviten un sentimiento de culpa, por lo que optamos, por ejemplo, por culpar a las víctimas –i.e. “ellos se lo buscaron por robar gasolina”–; el rechazo y la condena son más fáciles que la responsabilidad que implica sentir empatía hacia las víctimas. Todo esto es grave, no solamente a nivel individual, sino porque también podría explicar la inacción de los gobiernos y tomadores de decisiones ante tragedias y amenazas que requieren de soluciones complejas, como la pobreza, la desigualdad, el cambio climático y otros que involucran a millones de personas, que parecen imposibles de resolver y ante los cuales lo más fácil es ignorarlos, proponer 'soluciones' falsas, o bien ignorarlos para enfocarse en problemas menos complejos. La trascendencia de una tragedia como la de Tlahuelilpan nos impide valorarla adecuadamente; su complejidad nos dificulta atender el llamado a la acción y nos lleva a tratar de encontrar soluciones y explicaciones fáciles, como lo hemos visto en la discusión en redes sociales.

Si queremos evitar que estas tragedias se presenten de nuevo, es indispensable darles una justa valoración y no caer en el error de ver en los grandes números una simple abstracción, sino un drama humano. Podemos valorar mejor las tragedias cuando en lugar de pensar en los números totales de víctimas, las razonamos desde lo que implica para una persona, para un individuo; eso permite darle a los números la dimensión humana que se pierde en la frialdad de las grandes cifras. Un ejercicio con el que podemos humanizar el tamaño de esta tragedia, fuera de la abstracción de los números fríos, es tratar de pensar en Tlahuelilpan no como un evento en el que murieron 90 personas, sino imaginando a alguien, hombre o mujer que pudo haber estado ahí ese día; una persona con vida, intereses, sueños y ambiciones, con familia y amigos, y que murió abrasado por las llamas, una y otra y otra vez, y así hasta 90 veces. Esa es la verdadera gravedad de lo que pasó en Tlahuelilpan.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.