Las manzanas de la percepción no caen lejos del árbol de la realidad
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Las manzanas de la percepción no caen lejos del árbol de la realidad

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Las manzanas de la percepción no caen lejos del árbol de la realidad

21/01/2020

U.S. News pone a México en el segundo lugar entre los países más corruptos, sólo detrás de Colombia. El pasado 15 de enero, la empresa de medios U.S. News and World Report publicó su reporte sobre los Mejores Países 2020, una publicación que busca salirse de los criterios tradicionales de evaluación-país, generalmente sustentados en “datos duros” como por ejemplo, el Producto Interno. En contraste, este reporte califica a los países en términos del potencial de sus políticas para generar riqueza y desarrollo, de la riqueza de su historia, de su influencia cultural y en general, sobre cómo la imagen pública de cada país se relaciona con sus resultados económicos o con la perspectiva de éxito en el futuro.

Para la edición 2020 de este reporte, que se publica anualmente desde 2015, México figura en el lugar 33 de un total de 73 países evaluados, con Suiza en el primer lugar y Líbano en el último. Algunos de los países que tienen una calificación parecida a la de México son Polonia, Turquía, Malasia y Arabia Saudita. La metodología que se utiliza toma en cuenta un conjunto de 65 atributos que influyen sobre la capacidad para impulsar el comercio, el turismo, la inversión y de forma indirecta, la economía nacional (herencia cultural, calidad de vida, cultura ciudadana y facilidad para abrir negocios, entre otras). La calificación proviene de entrevistas hechas a más de 20 mil expertos, líderes y emprendedores en todo el mundo que fueron consultados sobre cómo esos 65 atributos se relacionaban con cada país. La metodología del reporte fue desarrollada gracias a una asociación entre U.S. News con la consultoría BAV Group y la escuela Wharton de la Universidad de Pennsylvania, bajo la dirección del profesor David J. Reibstein. La particularidad específica del reporte de Mejores Países 2020 para México, es que U.S. News ha publicado una lista de los países con quienes los expertos y líderes consultados relacionan más la corrupción. Colombia figura en el primer lugar y México en el segundo, con Ghana y Myanmar en tercero y cuarto lugar respectivamente.

Como otros índices que tratan de medir la corrupción, este reporte se sustenta en la opinión de expertos y líderes entrevistados, en percepciones. La gran mayoría de los índices que intentan medir corrupción se basa en opiniones o percepciones obtenidas en entrevistas a fondo o encuestas a población abierta. La razón de esto es que la corrupción, al igual que otros fenómenos políticos y sociales, es imposible de medir directamente. Sería muy raro que un político corrupto confesara a uno de los investigadores que elaboran estos índices los detalles de sus marrullerías, las cuales generalmente mantienen en secreto, por lo que estos índices deben apoyarse en percepciones, en apreciaciones subjetivas. Si bien existen mediciones de corrupción basadas en experiencias concretas, como la Encuesta Nacional de Calidad e Impacto Gubernamental (ENCIG) del INEGI, éstas miden la corrupción en una lista acotada de servicios públicos, y dejan fuera otros temas más generales como la corrupción en compras de gobierno, el tráfico de influencias, el uso indebido de información privilegiada o el lavado de dinero.

Se podría argumentar con razón, que las percepciones son ambiguas, que no miden adecuadamente la realidad, que no hacen justicia a los esfuerzos de los países por combatir la corrupción, ni reconocen la calidad del marco regulatorio diseñado para hacerle frente, ni valoran la sinceridad del compromiso del gobierno con la honestidad. Se puede decir también sin faltar a la verdad, que la corrupción es un estigma que es difícil de sacudir, y que una vez que la mácula de la corrupción se asienta sobre un país, se convierte en un estereotipo en el que los países se ven encajonados dentro de generalizaciones, muchas veces inmerecidas. Sin embargo, también hay que decir que las percepciones tienen una lógica detrás que es innegable. Tal vez podríamos hablar de una suerte de rango de error de las percepciones, que las separa de la realidad de tierra, pero al final tenemos que reconocer que ese rango de error no es muy amplio. Las manzanas de la percepción no caen lejos del árbol de la realidad.

Este índice es importante, no por la solidez de su metodología, o por el prestigio de las instituciones que lo promuevan, lo cual podemos criticar o descalificar si nos sentimos frustrados. Me parece que es relevante porque nos dice que miles de personas en todo el mundo, líderes de empresa y expertos internacionales, relacionan fuertemente la palabra corrupción con la palabra México. Este índice representa una oportunidad perdida para nuestro país, que en varios de los criterios de evaluación, como el valor de su herencia cultural, tiene una calificación muy alta.

No hay duda de que uno de los más grandes fracasos de la democracia mexicana está en su incapacidad para contener la corrupción en el sector público. Parecería que los esfuerzos realizados en este siglo para construir instituciones que regulan mercados, para controlar la evolución patrimonial de los servidores públicos, para darle autonomía a las autoridades fiscalizadoras y para promover el derecho de acceso a la información fueron simples paliativos o distractores que sirvieron para que los corruptos pudieran desarrollar su creatividad y encontrar nuevas oportunidades de hacer negocios a propósito del tesoro público. La democracia trajo libertades y contrapesos, pero no trajo integridad pública.

Transparencia Internacional publicará su influyente Índice de Percepciones de Corrupción 2019 el próximo 23 de enero. A diferencia del reporte de U.S. News que pasó más o menos desapercibido, este índice tiene un impacto importante en la opinión pública y de hecho, se indexa en los cálculos de las calificaciones soberanas, por lo que tiene un efecto real sobre la economía. Se ve difícil que traiga buenas noticias.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.