La paradoja de la tecnología
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La paradoja de la tecnología

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La paradoja de la tecnología

08/05/2018
Actualización 08/05/2018 - 13:27

El 5 de mayo se cumplió el bicentenario del nacimiento del Karl Marx. No hay duda de que sus ideas tuvieron una influencia definitiva en la historia, pero también es un hecho que sus predicciones sobre el futuro de la sociedad no se cumplieron. Marx tuvo razón en muchas cosas, pero no tomó en cuenta que sus predicciones, fruto de geniales razonamientos y una cuidadosa lectura de la sociedad de su época, se iban a incorporar al conocimiento social y una vez asimiladas, perdieron vigencia. Al tiempo que las reflexiones de Marx fueron reconocidas como un diagnóstico del malestar social de mediados del siglo XIX, individuos y organizaciones cambiaron sus comportamientos, previniendo el escalamiento y culminación del conflicto que Marx predijo. Algunos países adoptaron políticas para mejorar la calidad de vida de los trabajadores, encauzaron institucionalmente a sindicatos y organizaciones políticas laboristas, ampliaron los derechos políticos de los obreros y, en consecuencia, la dictadura del proletariado nunca tuvo lugar.

Esa es una de las paradojas de la acumulación histórica de conocimiento y de datos. El conocimiento es capaz de cambiar la historia, y a medida que la velocidad con la que creamos conocimiento aumenta, se vuelve cada vez más difícil predecir el futuro. Esto nunca había sido más cierto que hoy. En la antigüedad, era fácil predecir en el siglo XI cómo sería el siglo XII, dado la lentitud con la que se acumulaba el conocimiento. Hoy es imposible predecir cómo será el mundo dentro de 50 años, sobre todo en lo que tiene que ver con el desarrollo tecnológico y la acumulación y manejo de datos. Lo vimos en el reciente escándalo de la filtración de datos personales de millones de usuarios de Facebook a Cambridge Analytica, cuando Mark Zuckerberg dijo ante una comisión del Congreso de Estados Unidos que no previeron lo que podía pasar con los datos de sus usuarios al permitir que terceros accedieran a ellos mediante aplicaciones que operaban dentro de Facebook. En realidad, nadie puede prever qué uso se le dará a nuestros datos.

El historiador Edward Tenner, autor del libro The Efficiency Paradox: What Big Data Can’t Do (Knopf, Nueva York, 2018), advierte sobre la velocidad del progreso tecnológico y cómo las capacidades técnicas de la sociedad crecen más rápidamente que nuestra capacidad de entender qué está pasando y cuáles son las consecuencias futuras de la tecnología. No poder predecir las consecuencias de los avances técnicos nos condena a no poder controlar el futuro y los males posibles de la pérdida de control.

Una promesa de la tecnología era la de liberarnos de labores rutinarias y poco creativas; de darnos más tiempo para poder atender nuestros intereses. Esa promesa de mayor libertad se ha convertido en lo contrario; vivimos ahora en un mundo más controlado y en el que nuestro destino está determinado en parte por la tecnología y el manejo de datos. La empresa Cisco Systems prevé que para 2020, 39 mil millones de computadoras, teléfonos inteligentes y otros artefactos estarán conectados a internet y que esa conectividad nos dará una oportunidad para conocer y procesar una gran cantidad de datos, creando un mundo de información más transparente. Lo cierto es que mucha de esa información es invisible y se encuentra enterrada en capas de requerimientos legales y técnicos que no la hacen accesible para todos. La amenaza más clara de la tecnología es el uso de datos personales para el control de nuestra experiencia como consumidores, la pérdida de la 'anonimidad' o bien, para el control político.

En 2014, China anunció que para 2020 estará en plena operación un sistema de 'crédito social', que calificará a cada persona –los más de 1.2 mil millones de habitantes– de acuerdo a su comportamiento, y que esta calificación será determinante para definir los derechos y libertades de cada persona. El objetivo de este sistema es 'purificar la sociedad' recompensando a quienes lo merecen y castigando a quienes incurran en mal comportamiento. Algunas de las conductas que mejoran el crédito social, por ejemplo, son pagar impuestos a tiempo, comprar productos chinos y participar en servicios a la comunidad. Algunas conductas que son castigadas son cruzar la calle de manera indebida, tirar basura en la calle o fumar en zonas prohibidas. Al día de hoy, y como consecuencia de contar con un bajo 'crédito social', 11 millones de chinos no tienen derecho a volar en avión y cuatro millones tienen prohibido viajar en tren. Si el crédito social de una persona es muy bajo, también se les prohíbe comprar propiedades, automóviles y acceder a internet de alta velocidad.

Un ejemplo de avance tecnológico cuyo resultado es incierto es la tecnología CRISPR (acrónimo que podría traducirse como 'grupos de repeticiones palindrómicas cortas, regularmente espaciadas entre sí'), permite 'editar' genomas, alterar secuencias de ADN y modificar la función de los genes. Funciona como unas 'tijeras' que pueden cortar una determinada secuencia de ADN y cambiarla, dependiendo del propósito que se busque. Su uso potencial es el de corregir defectos genéticos en adultos, como por ejemplo eliminar los genes que producen ciertas enfermedades, mejorar los cultivos para hacerlos más productivos y mejorar la calidad de las vacunas. Sin embargo, modificar el ADN de personas envuelve preocupaciones éticas importantes. ¿Podemos hacer hoy cambios a nuestros genes que afecten a futuras generaciones sin su consentimiento? ¿Es correcto utilizar la tecnología CRISPR para propósitos que no sean de salud, como modificaciones estéticas o para enfatizar ciertas características físicas? Estas preocupaciones son relevantes sobre todo por el hecho de que la tecnología CRISPR es muy barata y fácil de utilizar, por lo que es posible que se extienda rápidamente incluso para uso doméstico.

Mary Shelley subtituló su novela Frankenstein “El Moderno Prometeo”, haciendo referencia al episodio de la mitología griega en que el titán Prometeo, al dar el conocimiento del fuego a la humanidad y permitir la civilización y la tecnología, también siembra la posibilidad de consecuencias no previstas del uso del fuego. No podemos detener el avance de la tecnología básicamente porque nadie sabe dónde está el pedal de freno. No podemos tampoco prever hacia dónde irán esos avances, si serán positivos o negativos, quiénes serán los ganadores y quiénes serán los perdedores. El rápido desarrollo de la tecnología, con todas sus ventajas, ha abierto un capítulo de la historia de la humanidad marcado por la incertidumbre.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.