La lección de Chile
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La lección de Chile

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La lección de Chile

29/10/2019

Vivimos tiempos de grandes movilizaciones, de inconformidad ciudadana y de gran inestabilidad política y social. En Chile de forma notable, pero también en Venezuela, Ecuador, Hong Kong, Brasil, Argentina, Cataluña, Francia y muchos otros países, vemos distintos grados de abandono de la confianza en la democracia y los partidos políticos como mecanismos de representación política, de degradación de las instituciones democráticas y de frustración de los ciudadanos con los resultados de la globalización y el capitalismo. Incluso, el economista serbio Branko Milanovic ha planteado que 2019-20 serán años comparables a un 1968 global, y que las movilizaciones originadas por la inconformidad social marcarán estos años.

Lo que es especialmente notable del caso de Chile es que, en la interpretación de muchos analistas, para bien y para mal, representaba la realización en la tierra del proyecto neoliberal quizá en su forma más pura. Chile era, como dice Milanovic en su blog (https://glineq.blogspot.com/2019/10/chile-poster-boy-of-neoliberalism-who.html), el modelo, el poster boy del neoliberalismo y del libre mercado. Gracias a las políticas económicas impuestas a sangre y a fuego por Pinochet, que convirtieron a Chile en el país más rico de América Latina, el juicio de la historia ha sido hasta cierto punto suave con la dictadura en cuanto al desempeño económico de Chile, pues hay quien argumenta que –al menos–, Pinochet colocó al país en la plataforma del crecimiento y el desarrollo. Pero lo cierto es que el crecimiento económico de Chile, si bien ejemplar entre sus pares de la región, siempre vino acompañado del pecado original de la inequidad. Chile es el país más desigual de América Latina, sólo después de Colombia y Honduras; según Milanovic, el cinco por ciento más pobre de Chile tiene ingresos equivalentes a los del cinco por ciento más pobre de Mongolia, mientras que el dos por ciento más rico tiene ingresos equivalentes al dos por ciento más rico de Alemania. Imaginemos, dice Milanovic, que “pusiéramos juntos a Dortmund, y los suburbios pobres de Ulan Bataar.” La riqueza combinada de los once billonarios chilenos identificados por la revista Forbes (entre los que se encuentra el propio presidente Sebastián Piñera) representa la cuarta parte del PIB del país, una desproporción grotesca, incluso para los estándares latinoamericanos, y mayor que la concentración de riqueza de otros países célebres por su inequidad como Rusia y Ucrania.

Las manifestaciones en Chile son en gran parte producto de la incapacidad de Chile de convertir el crecimiento económico en desarrollo con equidad social, de la frustración económica, de la desesperación de ver cómo el gobierno fue incapaz de ofrecer servicios básicos de calidad, del rechazo a los mecanismos tradicionales de la democracia y en última instancia, al modelo neoliberal chileno, supuestamente meritocrático. Como lo expresa la canción “El baile de los que sobran” del grupo chileno Los Prisioneros, cantada repetidas veces en las manifestaciones: “A otros dieron […] educación / Ellos pedían esfuerzo, ellos pedían dedicación / ¿Y para qué? / Para terminar bailando y pateando piedras.”

Siendo Chile para muchos el país estandarte de las políticas neoliberales y del capitalismo, se vuelve frecuente ver la aparición de pronosticadores del fin de la era del capitalismo, que plantean que es un sistema ya agotado que, en lugar de dar respuesta a la demanda de un desarrollo más equitativo, agrava la desigualdad. No sería la primera vez que el fin del capitalismo se anuncia; la recurrencia histórica de crisis económicas regionales o globales siempre viene acompañada de predicciones parecidas.

Sin embargo, lo que vemos en la realidad, lejos del repliegue del capitalismo, es la profundización de sus alcances. La llamada nueva economía o gig economy o también sharing economy, es un ejemplo de cómo se han creado nuevos mercados de trabajo y capital donde antes no los había, creando nuevas industrias de transporte, hospedaje, de espacios de trabajo, de datos personales, de entrega y distribución de bienes y servicios, de cuidado de mascotas, y un largo etcétera. La expansión del capitalismo en China, India y otros países muy poblados del sur de Asia ha traído a esos lugares una enorme prosperidad y crecimiento en muy pocos años.

Tal vez el problema que llevó a Chile a esta situación de inestabilidad social sea una combinación de dos factores. En primer lugar, el evidente fracaso de los gobiernos posteriores a la dictadura, incluidos en forma destacada los de izquierda, de cumplir con las expectativas que justamente tenían las clases medias de participar del crecimiento económico del país, contar con mejores servicios y elevar sus condiciones de vida; por otro lado, el avance del capitalismo y el mercado en terrenos en los que antes no estaba presente, específicamente con el fenómeno que el filósofo Michael Sandel ha llamado la “monetización de la vida” y la transformación de la democracia y la política en actividades de negocios, que corrompe a los gobiernos y convierte a los partidos políticos en organizaciones rentistas, dependientes de las prerrogativas públicas y en agencias de colocación para sus élites, incapaces de representar los intereses de los ciudadanos.

El caso de Chile es una lección para otros países que en grados distintos también hemos fracasado en convertir la prosperidad económica en sociedades más justas, y que hemos visto cómo la política y la democracia se deslizan hacia un mercado corrompido que no tiene relación con los intereses y preocupaciones de las personas.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.