La gran reforma de izquierda que no fue
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La gran reforma de izquierda que no fue

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La gran reforma de izquierda que no fue

16/07/2019
Actualización 16/07/2019 - 14:30

Desde la Revolución francesa, cuando entró en uso la geometría política que divide las parcelas ideológicas entre derecha e izquierda, esta última se ha identificado con aquellas posiciones que defienden la equidad social y buscan abolir las causas ilegítimas de los privilegios y la desigualdad. A lo largo de la historia, muchas causas y movimientos políticos se han ubicado dentro de la franja ideológica de la izquierda. Ese es el caso del republicanismo, el laicismo, la cancelación de los privilegios aristocráticos, la abolición de la esclavitud y la consolidación de los derechos laborales; más recientemente se han identificado con la agenda de izquierda temas como el ambientalismo, el pacifismo, los derechos civiles, el feminismo y la agenda en contra de la discriminación hacia la comunidad LGBTTTIQ, entre otras muchas causas políticas que tienen su origen en la búsqueda de equidad y justicia.

Tal vez el tema más importante para la agenda de la izquierda en este momento sea la reducción de la desigualdad económica. Abatir la desigualdad requiere generar condiciones para frenar la propia dinámica del capitalismo actual. Como lo ha expuesto Piketty en su célebre libro Capital in the Twenty-First Century (Belknamp-Harvard, 2014), vivimos una época del capitalismo en el que la brecha existente entre ricos y pobres tiende a ser cada vez mayor. Cuando la desigualdad entre ricos y pobres se hace cada vez más grande, muchos de los supuestos que dan a las sociedades un sentido de justicia, como el de que todos partimos de un piso parejo, así como el valor del mérito y el esfuerzo como formas de progreso personal y económico, pierden sentido; se vuelven promesas rotas.

Hace apenas unos meses, el joven historiador holandés Rutger Bregman causó un pequeño escándalo en la reunión anual del Foro Económico Mundial. En ese encuentro, al que asisten gran parte de los billonarios del mundo, básicamente a confirmar y a discutir cómo las condiciones que les permitieron amasar sus fortunas deben mantenerse y profundizarse, Bregman mostró la soga en casa del ahorcado. En una breve intervención que literalmente se salió de la pista de la discusión (https://www.youtube.com/watch?v=r5LtFnmPruU), Bregman evadió la pregunta del moderador y lanzó una arenga en la que dijo que los ricos deben dejar de evadir impuestos y empiecen a pagar lo que les corresponde: “Impuestos, impuestos, impuestos, ese es el tema, todo lo demás son tonterías (bullshit)”.

Bregman toca un tema central para el combate a la desigualdad, en el que coincide con Piketty. En diciembre pasado, un número importante de economistas europeos encabezados por Piketty lanzaron un 'manifiesto' con propuestas para tratar de resolver algunos de los problemas de la Unión Europea, entre ellos el de la desigualdad social y la injusticia impositiva. Entre esas propuestas están la de reducir los impuestos regresivos al consumo y a los salarios y que los ricos paguen efectivamente más impuestos que los pobres.

La reforma fiscal está en el centro de las políticas para abatir la desigualdad social. Una reforma fiscal progresiva y diseñada para abatir las dinámicas económicas que impulsan la creciente inequidad, puede generar condiciones para una mejor distribución del ingreso y una mayor recaudación. Esos ingresos fiscales, a su vez, pueden dedicarse a ofrecer mejores servicios públicos para quienes más los necesitan, abatiendo precisamente algunos de los efectos de la desigualdad económica. Una reforma fiscal redistributiva debería estar en el centro de la propuesta de política pública de izquierda; debería ser la principal preocupación y motivación de toda plataforma de un partido de izquierda y la más importante prioridad legislativa de un gobierno que busque la equidad social.

La publicación del texto de renuncia del exsecretario de Hacienda y el contenido de la entrevista que ofreció a la revista Proceso hace unos días, son en gran parte la reconfirmación de cosas que ya sabíamos acerca del rechazo del gobierno al uso de evidencia para sustentar sus decisiones, de la inviabilidad económica de sus principales proyectos de infraestructura y de la arbitrariedad con la que se hicieron los recortes en áreas sensibles de la administración pública. Pero lo que parece más contradictorio entre todas las demás contradicciones que se han evidenciado, es la renuencia del gobierno a impulsar una reforma fiscal. En la entrevista que dio a la revista Proceso, el exsecretario Urzúa dice: “El presidente no quiere hacer una reforma fiscal. Yo sí, porque creo que es la única manera de abatir desigualdades”.

La ausencia de una propuesta de reforma fiscal no solamente es económicamente incompatible con el crecimiento del gasto en programas sociales. Es incompatible también con el 'ADN' de un gobierno que busca combatir de fondo los motivos de la desigualdad social. La agenda de izquierda, la agenda que busca acabar con la desigualdad, pierde posibilidades de avanzar en ausencia de una reforma fiscal. Tal vez la oportunidad para impulsar esta reforma, con todas las dificultades y oposiciones que implica, ya haya pasado. El momento político para hacer una reforma como esa era al inicio de la administración, cuando el gobierno contaba aún con todas sus facultades y el poder político para impulsarla; pero ese impulso se perdió peleando batallas menores y en la minucia de obsesiones estériles.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.