La desculturización cívica de México
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La desculturización cívica de México

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La desculturización cívica de México

09/04/2019

El pasado 4 de marzo falleció Sidney Verba, un politólogo y bibliotecario norteamericano que fue integrante de las facultades de las universidades de Harvard, Princeton, Stanford y Chicago, póker de instituciones que figuran entre las de mayor prestigio académico en Estados Unidos. Verba será recordado en gran parte por su trabajo al frente de las bibliotecas de la Universidad de Harvard, el sistema de bibliotecas privado más grande en el mundo, que comprende 76 bibliotecas y un acervo de más de 18 millones de volúmenes que se incrementa constantemente. Durante el tiempo que estuvo a cargo de las bibliotecas de Harvard, de 1984 a 2007, y en respuesta a la revolución de las tecnologías de información, Verba se hizo cargo de la digitalización del material y del diseño de innovadores sistemas de acceso bibliográfico remoto, que sirvieron de modelo para otras universidades, y que han ayudado a preservar el contenido de documentos históricos y facilitado enormemente el acceso a información académica para beneficio de estudiantes y profesores.

Pero Sidney Verba también será recordado por su importante contribución a la ciencia política, fundamentalmente en lo que respecta al estudio de la participación de los ciudadanos en política y cómo esa participación incide en las decisiones de los gobernantes. Conocer qué voces escuchan los gobernantes y bajo qué mecanismos estas voces tienen una mayor posibilidad de ser escuchadas, es un tema central en el funcionamiento de las democracias; nos dice cómo y porqué los intereses de los votantes se convierten en parte de la agenda de los gobernantes; cómo es que las preocupaciones de los ciudadanos dejan de ser simples temas de conversación y llegan a la arena política.

El interés de Verba en el tema de participación ciudadana se atribuye a la insistencia de su mentor, el profesor de la Universidad de Stanford, Gabriel Almond, con quien escribió un libro clásico de la ciencia política, La cultura cívica: estudio sobre la participación política democrática en cinco naciones (Princeton, 1963). En ese libro se revisan los casos de Estados Unidos, Reino Unido, Alemania, Italia y México para estudiar y clasificar el desarrollo de la cultura política. Para Almond y Verba, la cultura política tiene que ver con lo que los ciudadanos debemos conocer y hacer para vivir en democracia; se espera que en democracia los ciudadanos conozcan, se involucren y participen para que los políticos sean sensibles a sus intereses. Pero para que una democracia pueda funcionar de forma estable, los ciudadanos también deben tener respeto y sumisión ante la autoridad. A esa difícil combinación de actitudes que parecen contradictorias (participación política y sumisión a la autoridad) pero hacen posible la convivencia democrática, los autores llaman “cultura cívica”.

El recuerdo de estas viejas lecturas resonó con el fallecimiento reciente del profesor Verba, pero también porque es un hecho que vivimos hoy en México cambios importantes en la cultura política, cambios que en mi opinión se desvían de lo que debió ser un desarrollo progresivo hacia un cultura que apuntalara un sistema democrático cada vez mejor. Y es que no hay forma de explicarse lo que vivimos hoy si no es haciendo referencia al período que muchos conocimos como la “transición a la democracia”. Muchos de los valores y referentes que trajo esa transición están hoy en riesgo. Me refiero a compromisos que costaron muchos años de articular, impulsar y de construir sobre diálogos y consensos elaborados arduamente, acerca de cómo debería ser el rostro de nuestra democracia y que están siendo abandonados uno por uno. Son temas y conceptos que muchos pensábamos que tendrían permanencia, que estaban labrados en la piedra de nuestra democracia y sobre los cuales no habría marcha atrás, pero que están hoy hechos polvo y han sido explícitamente cancelados en apenas unos meses. Temas que son centrales para la sobrevivencia de la democracia, como el respeto entre Poderes de la Unión, la tolerancia al disenso, la autonomía de los órganos reguladores, evitar el uso de las instituciones de investigación del gobierno con fines políticos, mantener una prudente distancia entre el gobierno e intereses privados, el evitar la utilización de programas sociales para crear clientelas electorales, la transparencia en compras de gobierno, el uso de la evidencia para la toma de decisiones, sobre todo en política social, y el diálogo entre el gobierno y organizaciones de la sociedad civil. Todos ellos y otros muchos son conceptos democráticos que tal vez no se cumplían a cabalidad, pero sobre los cuales había un consenso acerca de que eran referentes de la construcción democrática y que valía la pena trabajar para fortalecerlos.

No sé si el abandono de esos referentes habla de la pérdida de cultura cívica democrática en México, y el profesor Verba no se encuentra ya con nosotros para contestar esa pregunta, pero algo que sí podemos afirmar es que estamos perdiendo poco a poco parámetros de lo que fue –o pudo ser, si se quiere– la democracia mexicana, y sin los cuales no tiene sentido hablar de ella.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.