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La derecha es indispensable para la democracia

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La derecha es indispensable para la democracia

15/09/2020
Actualización 15/09/2020 - 13:51

En 2018, Steven Levitsky y Daniel Ziblatt publicaron el influyente libro How Democracies Die (Broadway Books), un texto que llegó a enriquecer el debate sobre el futuro de la democracia en un momento muy oportuno, pues algunas democracias en distintas partes del mundo mostraban señales de gran debilidad ante el avance de partidos, movimientos y líderes iliberales y populistas. En ese libro, Levitsky y Ziblatt presentan ejemplos de la historia que exponen la forma en que líderes políticos externos al sistema –outsiders– llegan al poder bajo la promesa de sacar del poder a la clase política tradicional, percibida como autocomplaciente, insensible y corrupta, para después cimentar un régimen autoritario. Un año antes, Ziblatt publicó otro libro en solitario, en el que adelanta algunas de las ideas que aparecerían después, pero en el que se concentra en un tema particular que tal vez a algunos les podría parecer contradictorio, y que es la importancia central que han tenido los partidos conservadores y de derecha para el sostenimiento de la democracia. Es verdad que durante los siglos XIX y principios del XX, los movimientos y partidos conservadores representaban los intereses de aquellos sectores de la sociedad que más se sentían amenazados por el avance de la democracia electoral, del voto universal y el avance de los partidos laboristas y de izquierda. Tradicionalmente los conservadores habían combatido la democracia. Las reformas democráticas del siglo XIX colocaban a las élites aristocráticas de Europa en el dilema de sumarse o no a los cambios que potencialmente afectarían sus privilegios y riqueza.

De acuerdo con Ziblatt (https://www.theatlantic.com/international/archive/2017/06/ziblatt-democracy-conservative-parties/530118/), el elemento que terminó definiendo el papel de los conservadores y su posición frente a la democracia fue la aparición y organización de partidos políticos y la confianza de las élites de derecha en que podían ganar elecciones competitivas. En aquellos países en los que los conservadores se convencieron de la utilidad de fundar partidos políticos, organizarlos, buscar activamente simpatizantes y formar élites partidistas, la democracia pudo desarrollarse. En los países en los que los conservadores no pudieron o no supieron organizarse y defender sus intereses alrededor de partidos políticos, quedaron sin mecanismos de representación democrática y optaron por apoyar a movimientos autoritarios. En donde primero se conformaron sistemas de partidos políticos, como en el Reino Unido, los conservadores tuvieron la oportunidad y buen tino de hacer trabajo de base y canalizar los votos, los triunfos electorales y su fuerza representativa hacia políticas y reformas que no amenazaban sus intereses, ni amenazaban a la democracia misma. En otros países como Alemania, en donde las élites del viejo régimen no se organizaron en partidos políticos, fueron los partidos de izquierda los que primero construyeron bases de apoyo electoral y pudieron funcionar mejor en democracia. La derecha en cambio, se quedó sin mecanismos de representación democrática eficaces y es posible que eso contribuyera con el tiempo al trágico deslizamiento de ese país hacia el nazismo.

Existe un conjunto de elementos que coinciden en la historia de los países de Europa y que explican en parte la fortaleza o debilidad de las democracias europeas desde finales del siglo XIX. Hay un grupo de países entre los que están Suecia, Reino Unido, Bélgica, los Países Bajos, Noruega y Dinamarca en los que la democracia ha sido más estable, en donde se han dado menos instancias de retroceso en las libertades y en los que la democracia ha florecido sin necesidad de crisis constitucionales. En todos esos países, argumenta Ziblatt, la derecha se organizó en partidos políticos, participó en la democracia desde temprano, tuvo un papel importante en la consolidación de la democracia y también en defenderla de la amenaza que representaban los movimientos de extrema derecha. Hay un segundo grupo de países, en el que están Alemania, Italia, Portugal, España y Francia, donde hubo más inestabilidad y en donde la democracia avanzaba a veces y luego retrocedía. Una característica común en este grupo es la debilidad y desorganización de los grupos políticos de derecha y la ausencia de partidos conservadores fuertes. Es cierto que Ziblatt revisa la historia europea y que la fortaleza y organización temprana de los partidos conservadores no es el factor determinante y único para definir el destino de la fortaleza democrática de un país. Pero sí ofrece un marco de referencia histórico y un aprendizaje para el presente y el futuro, no solamente para Europa, sino también para América Latina, donde Ziblatt encuentra muchos paralelismos. Creo que una de las lecciones que ofrece Ziblatt es que la clave para la supervivencia de la democracia no se define en las ideologías, sino en cuál es la actitud de un grupo político frente a las propuestas autoritarias: si las toleran y se suman a ellas, como sucedió en la Alemania de entreguerras, o si las combaten, como ha sucedido en Bélgica o Suecia. Siempre que en una democracia existe un grupo social relevante, con voz, ideas e intereses afines y que tiene la voluntad de participar legítimamente en la disputa por el poder, con independencia de su inclinación ideológica, lo ideal es que tengan la oportunidad de movilizarse por medio de las elecciones. La incapacidad de estos grupos para organizarse como partidos, por miopía política o peor aún, por la cancelación de su derecho político de participación, puede llevarlos a que incuben y apoyen eventualmente movimientos y opciones autoritarias que pongan en peligro a la democracia.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.