La congruencia en política: una falsa virtud
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La congruencia en política: una falsa virtud

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La congruencia en política: una falsa virtud

07/01/2020

La congruencia en política es generalmente considerada una gran virtud. A la menor provocación, los políticos presumen de su consistencia en el tiempo con una ideología, en sus opiniones sobre un tema, en la pertenencia a un partido, en la membresía a un grupo político, o en la fidelidad a un líder. En la arena política, permanecer inmutable en el tiempo, impermeable a los cambios, incólume como estatua de bronce es una ventaja, un atributo, una prenda que honra la carrera de un personaje público. Esta visión sobre la importancia de la congruencia, en la que se premia la petrificación de las convicciones, la fosilización de los argumentos, puede ser también obstáculo para que los políticos se vuelvan más capaces de conseguir acuerdos, arribar a compromisos y promover un ambiente de discusión pública más constructivo. Cuando la búsqueda de congruencia se traduce en la imposibilidad de poner a prueba las propias ideas, o de aceptar las de los otros como válidas, la discusión pública pierde sentido, pues ya no se busca la verdad o la mejor solución para un problema, sino simplemente la imposición.

No sólo en política la congruencia es una cualidad que impide cambiar de opiniones o aceptar como válidas las ideas de otros. También en el ámbito académico es poco frecuente encontrar a ilustres profesores abandonar sus ideas y tesis, aceptar que se equivocaron y aceptar las propuestas de otros. Si bien es cierto que la ciencia supone la creación progresiva de un edificio de conocimiento mediante la confrontación de paradigmas y su sustitución por nuevas ideas, eso tal vez sea cierto sólo para las matemáticas puras, en donde los nuevos hallazgos, por la verdad evidente en su demostración, no admiten réplica. Pero en la mayoría de los ámbitos científicos y académicos, la reverencia a las vacas sagradas y el temor a los académicos con poder, hace que las ideas alternativas sean excluidas y arrinconadas, y que la comunidad académica y científica se resista al cambio, con lo que el avance del conocimiento se vuelve un proceso muy lento. El físico alemán Max Planck decía que la ciencia avanzaba de funeral en funeral.

Volviendo a la política, el hecho es que cambiar de opinión muchas veces viene acompañado de una sanción social y en consecuencia, electoral. Durante la campaña presidencial de 2004 en Estados Unidos, George Bush destrozó al demócrata John Kerry acusándolo de falta de congruencia, y de que volteaba (flip-flop) sus opiniones sobre temas relevantes para acomodarlas con el ambiente político reinante. En la política mexicana, muchos de los ataques entre rivales políticos también tienen que ver con la falta de congruencia, por haber pertenecido a más de un partido político, o por ser confusos en cuanto a su posición en algún tema. Así los incentivos para cambiar de opinión son negativos, y la discusión pública toma como punto de partido la necesidad de mantener el disenso, no la búsqueda de acuerdos; lo más importante cuando se debate un asunto relevante para los ciudadanos no es la solución del problema, no es el posible beneficio social, sino mantener una posición y no ceder terreno a las ideas de los otros.

Rory Sutherland, vicepresidente de la empresa de publicidad Ogilvy en el Reino Unido, dice que los negocios son la única actividad humana donde se premia la capacidad de cambiar de opinión (https://www.spectator.co.uk/2019/09/business-is-the-only-area-of-human-activity-where-you-get-paid-to-change-your-mind/). No dice que todos los empresarios están abiertos a cambiar de idea, lo que argumenta es que el que lo hace, recibe una recompensa. En los negocios, dice Sutherland, se premia la heterogeneidad de pensamiento: mientras más popularidad tenga una idea entre los competidores, existe una mayor probabilidad de ganar si se hace lo contrario. Hay una proclividad a explimentar, a ensayar nuevas ideas. A aceptar que las respuestas correctas a los mismos problemas pueden cambiar con el tiempo.

Desde luego, el diseño de políticas públicas para la solución de problemas sociales es muy distinto al trabajo creativo que implica introducir un producto o un servicio al mercado. Pero se antoja interesante pensar cómo podríamos mover los incentivos de los políticos para que en lugar de buscar una congruencia estéril que no ayuda a construir soluciones, a una voluntad de diálogo más abierta y crítica, en la que los políticos no presuman su insistencia en mantener una visión, sino su capacidad de hablar, de negociar y a fin de cuentas, de mejorar la calidad de vida de los ciudadanos, cambiando de opinión si es necesario.

La búsqueda de consistencia en política puede llevar a un gobierno a insistir en sus errores y a profundizarlos, en lugar de buscar soluciones alternas. Cuando en el debate político se critica al gobierno la falta de consistencia, la rectificación de errores se vuelve imposible. Cuando se le sube el costo a la rectificación, los gobiernos optan por consolidar sus yerros. Creo que es importante abrir el espacio político suficiente para la rectificación de errores; que la reparación de las equivocaciones y omisiones sea recompensada, en lugar de sancionada. Que la búsqueda de la consistencia política, inútil e improductiva, sea sustituida por la búsqueda de soluciones.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.