Hacen falta líderes democráticos
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Hacen falta líderes democráticos

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Hacen falta líderes democráticos

01/10/2019
Actualización 01/10/2019 - 14:40

Durante los últimos 25 años del siglo pasado, la causa de la democracia liberal parecía marchar con aparente éxito en todo el mundo. El muro de Berlín había sido derribado y los países del bloque oriental se movían hacia sistemas democráticos. Latinoamérica, México incluido, atravesaba por un proceso de democratización y las últimas dictaduras militares –con excepción de Cuba– eran remplazadas por gobiernos electos libremente. En Sudáfrica, se abandonaba el sistema de gobierno basado en la segregación racial y en China, a pesar de que la exigencia de reformas democráticas fue duramente reprimida en las manifestaciones de la plaza de Tiananmen, el hecho de que se diera una protesta de esta magnitud hacía confiar que el germen del cambio estaba presente y que el fantasma de la democracia liberal recorría el mundo.

Hoy, el escenario para la democracia liberal ha cambiado de forma radical. La democracia liberal enfrenta amenazas externas, provenientes de potencias autoritarias que activamente intervienen en las elecciones de otros países para tratar de manipular el resultado, o que buscan expandir su esfera de influencia económica global por medio de inversiones estratégicas. Pero también la democracia liberal enfrenta amenazas internas, que provienen de la intención de políticos populistas de crear una grieta, una separación artificial entre la democracia, por un lado, y las instituciones liberales –la separación de poderes, la independencia del Poder Judicial, la libertad de prensa, la transparencia gubernamental, el Estado de derecho, por ejemplo– por el otro.

Esa intención de separar la democracia de las instituciones y valores liberales se facilita hoy porque existe la percepción de que las democracias liberales no lograron resolver los retos del desarrollo. En ausencia de una mayor prosperidad para la población, con los efectos de la crisis económica de 2008 y la aparición de escándalos de corrupción crecientes, la desilusión hizo crecer el rechazo a la democracia y al mercado, y los procesos democráticos empezaron a ser vistos como una simulación, que al final beneficiaba a una élite a la que únicamente le interesaba mantener sus privilegios y no el bienestar de la población.

En México, esta amenaza a las instituciones liberales se presenta en el peor momento. Tenemos un desgaste muy grande de los partidos políticos tradicionales, que están atascados en una crisis de credibilidad que no les permite ser agentes de cambio. De hecho, parece que ni siquiera les interesa cuestionar las decisiones del gobierno, ni actuar como contrapesos opositores. Tenemos también medios de comunicación que se encuentran bajo una constante amenaza e inmovilizados en la trampa de su dependencia a la publicidad oficial. Adicionalmente, muchas organizaciones de la sociedad civil que impulsaban de forma muy agresiva una agenda congruente con los valores liberales en gobiernos anteriores, se encuentran ahora ausentes del debate nacional.

Pero lo que es verdaderamente desolador es descubrir que no es posible identificar en el horizonte político a un conjunto relevante de liderazgos nuevos que defiendan la agenda liberal y que sirvan de contrapeso real al gobierno. No se ve en la sociedad organizada, ni en los medios, y menos en los partidos políticos. Y eso representa la principal amenaza para la democracia liberal y para el futuro de México.

Necesitamos liderazgos que sepan identificar y contrarrestar las amenazas que constantemente se presentan a las instituciones liberales, y que puedan impulsar cambios institucionales que restauren la confianza en la capacidad de la democracia de resolver los problemas que impiden un mayor desarrollo. Necesitamos liderazgos que ayuden a aclarar y refrescar el debate público, y liberarlo de la confusión que se genera intencionalmente para envenenar a la opinión pública con afirmaciones maniqueas, acusaciones falsas y chistes distractores. Necesitamos liderazgos que nos recuerden que la democracia permite canalizar las demandas de los ciudadanos e impulsar reformas desde abajo, y que las instituciones liberales nos protegen de los abusos del poder político. Necesitamos liderazgos que nos muevan a la acción.

Crear estos nuevos liderazgos va ser difícil pero hay que trabajar desde ahora en ello. Necesitamos recuperar los referentes que en algún momento movieron a una generación entera, la mía propia, a apoyar las reformas que permitieron la organización de elecciones libres y transparentes, la separación de poderes, que crearon las instituciones que defienden el acceso a la información y que ayudan a regular mercados sin interferencia política. Necesitamos personas que impulsen una nueva narrativa pública que nos vuelva a contagiar el sentido de urgencia que implica defender, con la misma pasión que cuando fueron creadas, las instituciones que hicieron posible pudiéramos transitar a la democracia.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.