Enojo, resentimiento y nuestras elecciones
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Enojo, resentimiento y nuestras elecciones

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Enojo, resentimiento y nuestras elecciones

01/05/2018

Si hay algo que caracteriza a esta elección es la discusión sobre el papel que juegan los sentimientos en las campañas y en las preferencias (Enrique Quintana, EL FINANCIERO, 30-04-2018). Discutimos si los electores están motivados por el enojo, la esperanza en un mejor futuro o el miedo a perder lo que se tiene (Ricardo Raphael, El Universal, 26-04-2018); o si los seguidores de López Obrador actúan como feligreses o miembros de un culto (Isabel Turrent, Reforma, 29-04-2018), que ofuscados en su posición, son impermeables a cualquier invitación a discutir y razonar sus opiniones (Francisco Martín Moreno, El Universal, 29-04-2018).

Me preocupa en especial el rol del enojo en la elección. En Anger and Forgiveness, Martha Nussbaum (Oxford University Press, 2016) dice que el enojo es una reacción natural a la injusticia. Que muchos pensamos que evitar el enojo ante lo que está mal es señal de indiferencia a la justicia y que el enojo también puede ser una reivindicación del amor propio, que nos ubica del lado adecuado de un debate, del lado correcto. Muchos también piensan que el enojo es varonil, que empodera. Pero advierte también que el enojo en la vida pública y la política lleva a decisiones conceptualmente confusas y perniciosas. El enojo no remedia los males de la sociedad, promueve la venganza; el enojo no concilia sino que separa y enajena a la sociedad; el enojo es señal de que hay un problema, pero no permite el entendimiento. Construir un mundo en el que podamos vivir en paz y con justicia requiere de un largo y tedioso trabajo, de un esfuerzo que no puede emprenderse en medio de la ceguera justiciera del 'ojo por ojo'. La sangre derramada, decían los romanos, no regresa al cuerpo.

El enojo en democracia se alimenta porque hay una promesa no cumplida de prosperidad, de justicia y de equidad; la confianza que depositamos en la democracia para resolver estos problemas ha sido defraudada. Confiamos a la democracia la construcción de condiciones para nuestro bienestar. Generamos una relación de confianza emocional en la democracia que nos dejó vulnerables a la desilusión. Hay una promesa traicionada; nuestra confianza en la democracia ha sido defraudada.

En The Fog of War (Janet M. Lang, James G. Blight, Rowman & Littlefield, 2005), una especie de testamento público, Robert McNamara enumera una serie de lecciones políticas con base en sus experiencias en la segunda guerra mundial y como secretario de la Defensa de Estados Unidos durante la guerra de Vietnam. Tal vez la más importante sea la de conservar la capacidad de sentir empatía por el enemigo y de ser capaces de ponernos en sus zapatos. La obcecación que genera la guerra –o la competencia electoral-, las ideas preconcebidas sobre el enemigo y los impulsos de la ira pueden llevar a la catástrofe. McNamara advierte que en medio de la guerra muchas veces se extiende una niebla sobre nuestra capacidad de comprender la realidad, y que sólo somos capaces de ver lo que queremos ver.

El enojo de una parte de la sociedad mexicana se desdobla en dos cauces: una parte en la que se personaliza el enojo, estamos enojados con una clase política que parece no tener empatía, que se ha corrompido y beneficiado sin mostrar interés en la mejora de las condiciones de vida de los ciudadanos. Otra vertiente de ese enojo es la frustración por los resultados de la democracia, por la desconexión entre el trabajo político expresado en reformas estructurales y construcción de instituciones y los resultados concretos, perceptibles para las personas a nivel de calle.

Este enojo, que parte de la indignación y la frustración, se ha expresado en concreto, aunque no de manera exclusiva, en la desaprobación hacia el presidente y el PRI. Es un enojo que es más grande que nuestra capacidad de valorar y analizar las consecuencias de una mala propuesta de gobierno, o de siquiera discutirlas, como advierte Francisco Martín Moreno. Es un enojo que engendra un debate envenenado, irracional y sectario, como lo describe Isabel Turrent. Es un enojo que ha cubierto como una niebla nuestra capacidad de empatía, de reflexión y de reconciliación. Sólo vemos lo que queremos ver.

En este ambiente, es posible que aparezcan expresiones como la de Paco Ignacio Taibo II, un notable impulsor de la cultura en México, pero que se equivoca al hacer llamados públicos a la intervención autoritaria del Estado en la economía para saldar cuentas con empresarios opositores, y al fusilamiento de sus enemigos políticos. Es factible imaginar que Taibo aprecia que estos pronunciamientos son viables hoy porque el hecho es que hay un público que espera esas respuestas, que buscan una salida vengativa y justiciera a su enojo y frustración. Claro que también son viables porque hay una gran irresponsabilidad y falta de compromiso con las instituciones por parte de algunos políticos. Al menos El Bronco mostró mayor compromiso con las formas republicanas cuando dijo que su 'ley mocha-manos' la sometería al Congreso.

El enojo y el deseo de venganza han sido hasta ahora más poderosos que nuestra capacidad de reflexionar sobre las consecuencias de abrazar propuestas irracionales, antieconómicas y nocivas para el futuro desarrollo del país. Tal vez más grave que eso, el enojo ha provocado la anulación de un sector de los ciudadanos para participar en el debate libre, pues se han vuelto incapaces de discutir sin insultos, ni descalificaciones ad hominem; que se han replegado en su feligresía y que encuentran impenetrables como paredes ante los argumentos de los demás. No puede haber democracia sin demócratas. La democracia requiere que nos apartemos de la ofuscación y el enojo vengativo que ciega y que divide; exige construir y discutir, no expropiar ni fusilar.

Hasta ahora, el tono de la elección ha estado dominado por el enojo. Un enojo que nos puede llevar a la tragedia. Todavía queda un poco más de dos meses para que terminen las campañas y tal vez algo cambie para que podamos ejercitar lo más importante de la vida democrática: el desarrollo de un espíritu crítico y un debate libre sobre qué es lo que más conviene a México.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.