Elogio a la mediocridad
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Elogio a la mediocridad

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Elogio a la mediocridad

20/11/2018

En tiempos en los que hemos edificado catedrales para adorar la excelencia y hemos organizado nuestras vidas alrededor de la competencia permanente en la escuela y en el trabajo, hablar de la necesidad de hacer un llamado a la mediocridad puede sonar conformista o ingenuo. La democracia electoral, organizada como un sistema competitivo, también empuja a candidatos y partidos a perseguir triunfos sonoros y, al mismo tiempo, a que la derrota de los oponentes sea humillante. En democracia no parece haber lugar para la mediocridad: se busca que los triunfos sean épicos y las derrotas apocalípticas. En efecto, la democracia electoral dentro de un entorno influenciado por el lente deformante de los medios de comunicación y el ruido ensordecedor de las redes sociales, se ha convertido en un campo de batalla sin cuartel, en el que el debate de ideas ha sido sustituido por la bronca y el espíritu crítico por el intercambio de frases hirientes.

Se atribuye a Solón, poeta y legislador ateniense y uno de los Siete Sabios de la antigua Grecia, la autoría de la frase inscrita en el frontispicio del templo de Apolo en Delfos, Meden agan, que podría traducirse como “Nada en demasía”. Esta frase era una advertencia para prevenir la desmesura en lo público (hybris) y se relacionaba con el ideal aristotélico del justo medio. La demokratía, bajo ese principio, busca la igualdad ante la ley (isonomía), la igualdad en las oportunidades de participar (isegoría) y la igualdad en el acceso a posiciones de gobierno (isocracia). Con la igualdad en esos ámbitos como principio base, la democracia griega invocaba la medianía, la mediocrità.

Evelio Moreno Chumillas, filósofo de la Universidad de Barcelona, en un artículo titulado “La democracia reside en la mediocridad” (https://minerva.usc.es/xmlui/handle/103475492), argumenta que la democracia griega no fue en su origen un gran hallazgo o un invento sublime, producto de la potencia del espíritu griego, sino el resultado de la necesidad pragmática de un pueblo que estaba harto de entronizar tiranos sujetos a la ambición, la ignorancia y el error. Los griegos optaron por lo contingente y necesario para evitar un mal gobierno; rechazaron la búsqueda de lo sublime y lo trascendental y prefirieron la mediocridad. “Amamos la belleza –decía Pericles– con moderación y el conocimiento sin relajación. Nos servimos de la riqueza más como oportunidad para la acción que como pretexto para la vanagloria”. Los demócratas griegos buscaron, ante todo, la igualdad y la medianía. Resulta importante hoy recordar que en su origen la democracia buscó siempre la mesura, la mediocridad que pudiera prevenir excesos y el abandono de los principios de igualdad. Hoy la mediocridad democrática está en crisis; la democracia electoral se ha convertido en instrumento al servicio de la trascendencia personal, una forma en que los políticos logran arrancarle párrafos a los libros de texto de historia; hoy se ve a la política como matrona del parto de los montes y la catalizadora de cambios que buscan conmover a los países hasta la médula para lucimiento personal de los gobernantes.

Sin embargo, no puede haber nada más afortunado para un gobernante que el hecho de que existan bajas expectativas sobre su capacidad de impulsar cambios. Lawrence Summers, exsecretario del Tesoro de William Clinton, publicó hace unos días un mensaje en Twitter en el que decía que le aconsejó a un empresario que es mejor prometer ocho y lograr nueve que prometer 15 y entregar 11, aunque 11 sea mejor que nueve. Dicho de otra forma, la creación de expectativas termina siendo la medida del éxito o el fracaso de una empresa y de un gobierno.

En democracia, buscar grandes cambios genera grandes expectativas y expone a los gobiernos a grandes fracasos. Los grandes proyectos que buscan triunfos contundentes e históricos suelen fracasar también de forma sonora. La tentación de los gobernantes por buscar la grandeza histórica como nuevos Prometeos que impulsan la fundación de una nueva era para la nación, ha llevado a muchos gobiernos a alejarse de la prudencia, la medianía y los ha encaminado a la derrota. Y es que los cambios importantes necesariamente afectan intereses poderosos; la afectación de grandes intereses promueve la activación de enemigos peligrosos, con capacidad de hacer daño e incansables. Si revisamos la historia reciente de México, podemos comprobar que los gobiernos que iniciaron proponiendo o impulsando profundas reformas concluyeron, casi siempre, en el fracaso electoral, y quienes impulsaron esos cambios han terminado en el ostracismo político. En cambio, los gobiernos con menores ambiciones, los que básicamente se dedicaron a administrar con prudencia, que apostaron al gradualismo como ritmo para las reformas y que se mantuvieron lejos de la tentación de buscar su lugar en la historia, concluyeron más o menos en orden y sin precipitar al país a crisis económicas.

Pero más allá de las razones pragmáticas que sugieren mantener la mediocridad y la medianía democrática, está la importancia de conservar y cuidar los principios de igualdad; al igual que los griegos, debemos estar advertidos sobre el peligro que representa para la democracia que los gobernantes busquen la grandeza histórica sustentada en los cambios de dimensión histórica. La grandeza como objetivo político es enemiga de la democracia en cuanto que elimina el principio de igualdad política. La democracia no es una institución que una vez instaurada se mantiene a sí misma; se trata de una construcción ética que debe mantenerse y edificarse cada día.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.