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El racismo a la mexicana

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El racismo a la mexicana

23/10/2018

El popular escritor Malcolm Gladwell, al hacer una reflexión sobre cómo fue que en Estados Unidos muchos de los mismos votantes que llevaron a Barack Obama a la presidencia eligieron después a Donald Trump, a pesar de sus reiteradas incitaciones al racismo, dice que no necesariamente son fenómenos contradictorios; paradójicamente, es posible que ambas elecciones tengan un vínculo explicativo. Gladwell argumenta que en muchos casos las personas nos sentimos liberadas, exentas de ser consideradas racistas o prejuiciosas, por tener amigos que pertenecen a minorías discriminadas, por haberlos invitado una vez a una fiesta o por haber votado por candidatos de una de esas minorías. Esos actos, dice Gladwell, le dan a las personas la “licencia moral” de no considerarse racistas o prejuiciosas, y así muchos de los electores de Obama, satisfechos de no ser racistas por haber votado por un afroamericano, eligieron después a Trump, dándose la licencia de votar por un racista, sin que eso les provocara remordimiento alguno.

Es posible que esa autocomplacencia, esa licencia moral, haya sido auxiliar en la descarga de comentarios racistas que figuraron en redes sociales este fin de semana, a propósito de la marcha de migrantes centroamericanos que querían abrirse paso por la frontera entre Guatemala y México. Desde luego que sorprende e indigna que comentarios racistas vengan de nacionales de un país como México, cuya naturaleza originaria, histórica y nuestra propia existencia como país, se debe precisamente al poder del mestizaje y nuestra capacidad para abrirnos a una suave incorporación de distintas oleadas de migrantes de todos colores, latitudes, credos y culturas. Dicho de otra forma, los mexicanos somos el país que se define específicamente por la mezcla de razas y culturas y por la incorporación llana y productiva de migraciones de todos lados; esa es nuestra auténtica raíz y e identidad vernácula. Así, el nacionalismo mexicano es venturosamente sui generis, por ser “antinacionalista”, en cuanto a las dimensiones racista y nativista del concepto.

Es posible, siguiendo a Gladwell, que el hecho de que en el núcleo de la identidad mexicana está el mestizaje y la integración de gentes de fuera como idea originaria, y de que nos veamos a nosotros mismos como ciegos e imparciales ante las razas, religiones y otras identidades, muchos sintieron que podían darse la licencia de publicar comentarios que a todas luces atienden las características arquetípicas del racismo y la discriminación social y xenofóbica. Este episodio desvela de nuevo un asunto recurrentemente reprimido en la discusión social, que no hemos abordado de frente ni a profundidad, y que es el profundo racismo y clasismo de la sociedad mexicana. Y no ha sido la falta de datos lo que no nos ha permitido iniciar un debate amplio sobre el racismo y la discriminación en México: en la difusión de los resultados de la Encuesta Nacional sobre Discriminación de 2017, el INEGI intentó abrir una discusión informada sobre el tema, debate que tuvo que posponerse por la intolerancia de una parte de la opinión pública, que interpretó que debatir sobre el racismo era, a su vez, racista.

Es posible que estemos tan envueltos en nuestra identidad de país mestizo, de migrantes y ciego al racismo, que tal vez eso sea lo que impida que adquiramos plena conciencia sobre el problema y que descartemos entrarle de lleno al debate, como efecto y corolario de una especie de licencia moral que no nos deja enfrentar una realidad que no queremos ver. El ser descendientes de migrantes también puede cegarnos ante el racismo encubierto y hacernos insensibles. La situación de los migrantes centroamericanos, la mayoría de ellos en total desesperación económica, obligados a migrar por la desintegración institucional de sus países, y en su mayoría en tránsito hacia Estados Unidos, no es comparable en absoluto al de casos de migrantes europeos que llegaron a México en otros tiempos, recibidos con el consentimiento de las autoridades, sin sufrir discriminación y, en muchos casos, con mayor preparación y recursos para prosperar.

La particularidad mexicana de ser miembros de una identidad colectiva nacional que se reconoce en el mestizaje y la migración como partes fundamentales de nuestro origen común, parecería ser una virtud en el camino de la construcción de una sociedad más igualitaria y libre de discriminación; pero lo cierto es que sentirnos demasiado satisfechos con esa identidad, también puede impedir que iniciemos un debate, que sin duda es incómodo, pero ineludible y necesario, para descubrir las claves de nuestro propio racismo: el explícito que se explica por la ignorancia, y el racismo que se oculta debajo de nuestra identidad como el país del mestizaje y de la migración.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.