El ITAM que yo conocí
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El ITAM que yo conocí

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El ITAM que yo conocí

17/12/2019
Actualización 17/12/2019 - 14:32

Muchas de las cosas que se han dicho estos días sobre el ITAM son ciertas y las viví como alumno: altos niveles de exigencia, competitividad, angustia, presión y desgaste mental y físico durante la temporada de exámenes finales cada semestre. Es cierto que algunos profesores promovían la idea del ITAM como cuna de líderes políticos y de empresa, y que eran frecuentes los comentarios despectivos sobre otras instituciones de educación superior, en especial sobre las públicas. También es cierto que algunos profesores eran muy duros, exigentes hasta el punto de ser insensibles, y que en ocasiones podían ser insultantes hacia los alumnos. Supe, como muchos compañeros de entonces, de profesores que acosaban a sus alumnas y de compañeros que sufrían en silencio las consecuencias emocionales derivadas de la fuerte presión académica. Supe de casos de depresión, de adicciones y de al menos un suicidio en mi propia generación. Lo que nunca supimos fue cómo pedir ayuda.

El ITAM que yo conocí es mucho más que la sombría versión que se podría tener por los recientes escándalos. Ahí también conocí profesores que abrieron para mí universos completos de curiosidad intelectual y que me alentaron a descubrir en mí talentos que no sospechaba tener. Profesores que desde entonces y hasta la fecha, han sido siempre generosos con su tiempo y han tenido la disposición de hablar, sólo porque fui su alumno hace muchos años. Conocí también una institución receptiva, que alentaba el debate abierto y que nunca limitó las iniciativas que empujamos como estudiantes. Pero sin duda lo más importante fue conocer entre sus alumnos a las personas más talentosas e interesantes con las que me he cruzado, entre ellas las que más influencia han tenido en mi vida. Es una institución que siempre ha buscado la excelencia y representa lo mejor de lo que la sociedad mexicana ha construido.

En parte quizá por el éxito que ha tenido en la formación de élites profesionales, desde hace unos años el ITAM se ha visto en medio de disputas políticas. En particular, el presidente ha convertido al ITAM en objeto de injustos ataques, adjudicándole en colectivo a esa pequeña institución la responsabilidad por las políticas “neoliberales”. Al mismo tiempo, en confusa contradicción, el propio presidente no cesa de homenajear al ITAM y reconocer el talento de sus egresados, los cuales engrosan día con día las filas de su administración en posiciones estratégicas. Lo cierto es que el ITAM no solamente ha logrado convertirse en semillero de cuadros para el servicio público de esta administración, en especial en el ámbito de las finanzas públicas, también es veta de liderazgos empresariales, de organismos internacionales, de la academia, de medios de comunicación y de organizaciones de la sociedad civil. En todos los partidos políticos militan en forma destacada, egresados de esa institución que no es neoliberal ni tecnocrática como sostienen sus detractores, sino liberal y técnica, como decía Alonso Lujambio.

Recientemente, por el movimiento #Metoo y por el debate y manifestación que siguieron al suicidio de una alumna la semana pasada, me enteré de las dificultades y tropiezos que ha tenido el ITAM para resolver problemas que en algunos casos tienen relación directa con una cultura institucional que ha sido insensible para entender las preocupaciones de los alumnos y que no se ha sabido adaptar a una generación que –a diferencia de la mía– no piensa quedarse callada, ha sido implacable en sus demandas y ha tenido herramientas que antes no teníamos, como las redes sociales.

Me inquieta ver cómo el debate que se originó la semana pasada, se contaminó por la intención de algunos de arrastrar la discusión a la lógica del eje pro y anti gobierno federal, a propósito de la notoriedad política de la institución; me preocupa también la inflexibilidad de posturas, entre quienes pedían atender las demandas de los alumnos aun a costa de la calidad académica de la institución, en contraste con quienes niegan llanamente la existencia de un problema real, reduciendo las demandas de los estudiantes a una especie de infantilismo inmaduro propio de los millenials y a la actitud holgazana de no querer ser sometidos a situaciones de estrés.

Es admirable la capacidad de los alumnos para organizarse y presentar sus ideas y propuestas, algo que mi generación no supo hacer o más bien, no teníamos entonces la agencia cultural ni la legitimidad social como jóvenes estudiantes para hacerlo. El ITAM ha respondido bien y espero que siga escuchando a su comunidad. Creo que dada la gravedad de los problemas que se han denunciado, en especial los relacionados con el acoso sexual y la atención a la salud mental de los estudiantes, llevará tiempo, mutuo entendimiento y diálogo para alcanzar respuestas adecuadas. Espero sinceramente que lo consigan.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.