El futuro del lenguaje liberal
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El futuro del lenguaje liberal

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El futuro del lenguaje liberal

03/03/2020
Actualización 03/03/2020 - 13:52

Hace unos días, el economista Branko Milanovic argumentaba en Twitter que una gran parte de la creciente decadencia en el atractivo de la democracia liberal tenía que ver con el uso del lenguaje. El triunfo de la democracia liberal en los noventas –dice Milanovic–, cuando se hablaba del fin de la historia, produjo un lenguaje rígido, lleno de fórmulas y clichés en los que la democracia liberal se autoreferenciaba constantemente, usando palabras como “libertad”, “democracia”, “igualdad ante las leyes”, “liberal”, “derechos”, “mérito”, etcétera. El discurso liberal no solo se volvió aburrido, sino que ignoró la aparición en el debate público de otros términos, como “inequiedad”, “corrupción”, “plutocracia”, “elite” y otros que reflejaron cambios importantes en las preocupaciones políticas, y la llegada de nuevas formas de ver la realidad que se apartaban del supuesto consenso triunfante de la democracia liberal.

Esta degradación del lenguaje liberal convirtió el discurso político en una monserga que no solamente se volvió aburrida, sino que también empezó a vaciarse de contenido, de ideas. Milanovic compara lo que le ha pasado hoy al lenguaje liberal con lo ocurrido al lenguaje marxista, y cómo los textos marxistas publicados en el siglo XX ahora nos parecen farragosos, y carentes por completo de ideas o pensamientos interesantes.

Es posible que la osificación del lenguaje político del liberalismo –y también del marxismo–, se encuentre relacionada con el proceso de institucionalización y apropiación de ese lenguaje por parte de las élites en el gobierno. Cuando un lenguaje político se convierte en justification d’être para los gobernantes, cuando se vuelve un lenguaje ideologizado que únicamente sirve para establecer los parámetros que definen lo que es políticamente correcto, esas palabras y las ideas que representan empezaron a perder puntos de contacto con la realidad social y con las preocupaciones reales de las personas.

El discurso de la democracia liberal, en efecto, parece ahora un compendio de promesas rotas. El liberalismo insistió que había que creer a ciegas en un sistema meritocrático que en realidad escondía un discurso que protegió, consciente o inconscientemente, los privilegios de los poderosos, ganados no por mérito y esfuerzo como se decía, sino por herencia, color de piel o por tener acceso privilegiado a una buena educación (vale la pena revisar los textos que publica la revista Nexos de marzo, en los que se aborda el tema de la meritocracia, www.nexos.com.mx/?p=47098). La crisis económica de 2008 también canceló la promesa del liberalismo de un progreso material para todos basado en el capitalismo. El discurso demócrata-liberal se desfondó al ignorar la contradicción que encerraba un lenguaje enfrentado a la realidad que mostraba una inequidad económica creciente, la corrupción de las élites políticas, y la inutilidad de los partidos políticos como medios de intermediación entre los ciudadanos y el poder. “Un liberal –escribe Milanovic en otro tuit para ilustrar la contradicción–, es un político cuyos actos son conservadores, pero su lenguaje es socialdemócrata”.

Tal vez una de las razones por las que las democracias liberales fallaron en cumplir con las expectativas de muchas personas fue que el discurso liberal fue apropiado, secuestrado por el conservadurismo.

Todas las ideologías políticas son visiones morales sobre cómo debe ser el mundo, dice George Lakoff, lingüista y filósofo de la Universidad de Berkley. Esas visiones del mundo definen qué es lo correcto y lo incorrecto, y provocan nuestras reacciones ante lo que consideramos que es injusto o indebido, lo cual muchas veces se expresa en preferencias políticas. Para Lakoff, las visiones conservadoras del mundo reproducen un modelo de familia patriarcal y autoritario que se reproduce en relaciones de autoridad que están moralmente justificadas: Dios domina a las personas, los padres a los hijos, los ricos sobre pobres, blancos sobre negros, hombres sobre mujeres, disciplinados sobre no disciplinados, etcétera. Quienes tienen una visión más progresiva del mundo, reproducen un esquema de familia protectora (nurturing), en donde ambos padres son iguales y comparten con los hijos sentimientos de compasión, de empatía, de igualdad, de solidaridad con los demás.

El liberalismo no tiene que ser conservador, por mucho que pueda variar la interpretación de sus principios. Vivir en libertad, bajo un gobierno que cuenta con el consentimiento explícito de los gobernados y con igualdad ante la ley, no son ideas conservadoras. Los postulados del liberalismo, son en realidad, al igual que los de la ciencia, neutrales. Ser liberal es tener un compromiso con la verdad, con la razón y con la tolerancia. El liberalismo puede ser compasivo, empático y solidario porque ser liberal es ante todo, oponerse al autoritarismo.

El liberalismo debe encontrar un nuevo lenguaje, distinto al que se sirvió de él para ignorar o justificar la inequidad económica y la perpetuación de situaciones de discriminación, desigualdad y opresión. Los liberales deben buscar nuevas formas de representación pero principalmente, reconciliarse con la idea de que las políticas de bienestar social pueden perseguirse sin afectar las libertades; deben apoyar la idea de que la búsqueda de la movilidad social debe estar en el centro del diseño de política económica, y que eso significa entre otras cosas, mejorar la calidad de la educación pública, alcanzar la justicia para las mujeres, atemperar la diferencia entre los salarios más altos y los más bajos, renovar el movimiento sindical para que recobre su papel de protector de los intereses reales de los trabajadores, darle impulso a reformas fiscales progresivas y en suma, aceptar que la búsqueda de justicia social no debe ni puede discrepar con la defensa de las libertades.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.