Dilemas de ética pública vinculados al Covid-19
menu-trigger
ESCRIBE LA BÚSQUEDA Y PRESIONA ENTER

Dilemas de ética pública vinculados al Covid-19

COMPARTIR

···
menu-trigger

Dilemas de ética pública vinculados al Covid-19

24/03/2020
Actualización 24/03/2020 - 14:19

Cada vez más, se ha venido consolidando en muchos países la visión de que la salud de los ciudadanos es un derecho básico. A pesar de eso, la discusión sobre la salud pública, por regla general, se acota a temas relacionados con el diseño de políticas públicas, la asignación presupuestal, la investigación científica y la identificación de riesgos. Cuando hay discusiones éticas sobre la salud, casi siempre se discuten dilemas que tienen que ver con situaciones extremas en el cuidado de enfermos, como la eutanasia y el derecho a morir, así como el alcance de la responsabilidad individual de médicos y enfermeros.

La dimensión ética de las decisiones públicas tiene una fuerte influencia sobre la salud y la longevidad de las personas, pero creo que no se discuten mucho ni a profundidad. Y aquí me refiero a una discusión más amplia sobre la manera como inciden sobre el derecho a la salud factores éticos, que afectan la forma como se atiende ese derecho, como la transparencia de las políticas públicas de salud y la responsabilidad de los políticos.

La experiencia social sobre la epidemia de HIV-SIDA con toda su complejidad y consecuencias en salud, pero también en profundos cambios políticos y culturales, los movimientos feministas que han reclamado un visión de la salud pública distinta, así como las pandemias recientes (SARS, MERS, AH1N1, Covid-19) y la polémica sobre las acciones de gobierno para contenerlas exigen una reflexión más vigorosa sobre cómo se toman las decisiones públicas para enfrentar estos problemas de salud.

La crisis provocada por el Covid-19 ha provocado una 'caída libre' en la ética global, dice Sridhar Venkatapuram, del Hastings Center (https://www.thehastingscenter.org/covid-19-and-the-global-ethics-freefall/). El Dr. Li Weinliang, la primera persona en advertir sobre una nueva enfermedad que provocaba pulmonía en pacientes que frecuentaban el mercado de Wuhan en diciembre pasado, fue detenido y silenciado por el gobierno chino, el mismo que más tarde decretó una estricta cuarentena que afectó a 50 millones de personas, y estableció un sistema de monitoreo y control de los movimientos para otros cientos de millones. Me parece que también habría que discutir la responsabilidad ética de China, país en donde ya se había visto un brote de enfermedades virales respiratorias originadas por la tolerancia al consumo de animales salvajes, pero que dejó que volviera a ocurrir.

También fue éticamente muy discutible, dice Venkatapuram, que el gobierno japonés decidiera mantener en cuarentena dentro de un crucero a cientos de personas, sin hacer el menor esfuerzo por tratar de detener la infección. Por varias semanas, los pasajeros de ese crucero se quedaron ahí encerrados y abandonados, en una especie de isla flotante, como los perros de la película de Wes Anderson, víctimas de un tirano japonés. Y así, de la misma forma hermética, sin mediar explicación, un día el gobierno de Japón decidió liberar a los pasajeros, para que se dispersaran por el mundo. Tampoco hubo una discusión importante a nivel de foros internacionales sobre la posibilidad de aflojar las sanciones económicas impuestas por Estados Unidos a Irán, de tal forma que ese país pudiera acceder a recursos y suministros necesarios para atender la emergencia.

Creo que una vez que pase esta crisis y tengamos la serenidad y distancia suficientes como para valorar lo que se hizo en la contención de esta enfermedad, a la luz de la información y las capacidades de cada país, tendremos que hacer una evaluación ética sobre las decisiones de los gobiernos. Es posible que un parámetro para hacer esa evaluación sea cómo se apartaron o acercaron los gobiernos a las recomendaciones ofrecidas por la Organización Mundial de la Salud (OMS), acerca de la importancia de practicar pruebas (“test, test, test”) para identificar a los infectados y rastrear a las personas con quienes tuvieron contacto, así como establecer medidas de distanciamiento social para reducir las interacciones entre individuos. Este parámetro tendría la ventaja de ser un conjunto de propuestas de política pública basado en apreciaciones científicas de un organismo internacional, apartidista y desapasionado, que se hizo de forma general y que no toma en cuenta el contexto particular de los países. Es posible que el primer país que sea evaluado bajo este parámetro sea el Reino Unido, con su fallida política inicial de buscar la “inmunidad de manada” o dicho de otra forma, no hacer nada, “carry on” y básicamente dejar que la naturaleza actuara. Como se sabe, a la luz de las aciagas proyecciones sobre el avance de la epidemia, el gobierno de Boris Johnson ha dado una vuelta completa a su política y ha anunciado hoy mismo la aplicación de estrictas políticas de aislamiento social.

Dicho de otra forma, hubo un momento en esta crisis en el que todos los gobiernos del mundo contaban con la misma información internacional, y en el que contaban también con las recomendaciones de la OMS, pero que a pesar de eso actuaron de forma distinta. Italia y el Reino Unido rectificaron. Otros no lo hicieron. A medida que crece el sacrificio individual y colectivo que hemos tenido que pagar los ciudadanos de todo el mundo por esta pandemia, por las medidas de aislamiento social y los costos económicos por la recesión mundial, la responsabilidad de los gobiernos en el manejo transparente de las decisiones tomadas para enfrentar esta crisis será más relevante, y tendrá que ser valorada desde lo ético, además de que tendrá necesariamente consecuencias en lo político.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.