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Democracia quebrada

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Democracia quebrada

19/01/2021
Actualización 19/01/2021 - 14:01

El 6 de enero de 2021 marca un momento para Estados Unidos en el que la democracia como método para discutir, conciliar y canalizar institucionalmente las diferencias políticas se quebró. La ruptura de la gobernanza democrática en ese país es un acontecimiento muy grave, por su influencia en el mundo como potencia económica y militar, pero también por lo que representa para otras naciones como fuente de inspiración política, aun aceptando que su sistema tiene importantes defectos, como ejemplo en la construcción de instituciones republicanas y democráticas.

En democracia puede haber diferencias de opiniones, pero cuando se construyen dos culturas políticas tan distintas entre sí que las diferencias no son de opiniones sino de principios, el consenso democrático se rompe y todas las opciones de acción política se hacen válidas, entre ellas el uso de la violencia. Lo que vimos el 6 de enero en Washington fue el choque de dos culturas políticas que no pueden reconciliarse dentro de canales de discusión democráticos.

El achicamiento del espacio para el consenso democrático en Estados Unidos fue un proceso en el que coincidieron muchos factores, pero posiblemente el más importante sea el abuso en el uso del lenguaje. Hubo abuso del lenguaje en primer lugar, para retirarle a los adversarios políticos legitimidad como interlocutores. Utilizando el poderoso bully pulpit que ofrece la presidencia, Trump fue demoliendo la legitimidad pública y moral de sus enemigos y críticos, hasta lograr que para un número importante de ciudadanos, cualquier comentario crítico, sustentado en evidencia o no, perdiera la posibilidad de entrar en la arena del debate; en automático se le colocaba a las críticas y a los argumentos de la oposición la etiqueta de fake news. Eso nos lleva a otra forma de abuso del lenguaje político en el que el discurso público se usó llanamente para mentir, y para disputar con falsedades el espacio que correspondía en la discusión pública a la verdad. La verdad, representada muchas veces por el conocimiento experto, la técnica y la ciencia, fue atacada y cuestionada, como si esas fuentes del saber estuvieran contaminadas de origen por alguna intención política inconfesable. Al final, los espacios que le correspondían a la verdad se llenaron hasta el borde con lo que se ha llamado ahora “verdades alternativas”. En tercer lugar, el lenguaje político fue arrastrado hasta sacarlo del espacio en el que es posible el consenso, la negociación y el compromiso. Las referencias a propuestas y políticas de los demócratas fueron equiparadas a revelaciones del apocalipsis, insistiendo y machacando la idea de que, de ganar los 'otros', el país estará perdido para siempre. El lenguaje político apocalíptico hizo que la competencia electoral se equipara cada vez más a una especie de torneo deportivo, o peor aún, a una guerra, en la que no puede haber sino un ganador absoluto, y aniquilación total para los oponentes.

Todo este proceso de demolición del espacio democrático que culminó en la toma del Capitolio nos presenta una oportunidad valiosa para revisar y aprender de la aventura populista de Estados Unidos en los últimos cuatro años. De revisar cómo la conformación de dos culturas políticas irreconciliables, de dos visiones que no pueden coexistir, aun en una democracia fuerte y madura, puede llevar a la violencia política. La reducción del espacio democrático, la descalificación de quienes piensan diferente, la devaluación de la verdad y la imposibilidad para dialogar con otros puede precipitar a una democracia, incluso a una con la fortaleza institucional de Estados Unidos, a quebrarse.

Sin duda, la convalecencia política de Estados Unidos después de la toma del Capitolio llevará tiempo. Pero es esperanzador que en una época en la que el lenguaje se ha pervertido tanto, el lenguaje puede ser también lo que ofrezca salvación a una democracia maltrecha. Esta es una oportunidad para que inicie una amplia discusión que promueva la recuperación de los valores políticos compartidos por todos, de lo que significa ser ciudadano en democracia y de la importancia de mantener un espacio de diálogo abierto y fundamentado en argumentos verdaderos. Tal vez esa sea la lección más importante de este episodio por el que han pasado los estadounidenses, la importancia de conservar el espacio democrático en el que se discutan las diferencias y las coincidencias; un espacio de discusión política que tenga como testigos a ciudadanos que se informan, que están abiertos a discutir los hechos y a contrastar la realidad con datos verdaderos y accesibles; un espacio que permanece abierto sobre todo porque existe un gobierno interesado y atento de lo que preocupa a la sociedad, incluyendo a los sectores con los que no se coincide .

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.