De la esperanza a la desilusión
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De la esperanza a la desilusión

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De la esperanza a la desilusión

05/03/2019
Actualización 05/03/2019 - 15:07

El Financiero publicó ayer un estudio de opinión elaborado por Alejandro Moreno (https://bit.ly/2EzEv3d) en el que se muestra que al finalizar el primer trimestre de esta administración, el presidente López Obrador cuenta con una elevada aprobación, rayando el 80 por ciento. Una aprobación tan alta es inédita en los últimos 30 años, y sólo es comparable con la que tuvo en momentos de su gobierno el expresidente Carlos Salinas, a quien –oh, ironía– López Obrador ha conferido desde hace años la investidura de Némesis.

Es debatible si la aprobación de López Obrador se explica por las acciones ya realizadas por su gobierno, o si lo que vemos es fruto de la dinámica inercial de la campaña y el entusiasmo por el triunfo electoral, el efecto llamado “luna de miel”. Los datos de la encuesta no permiten esclarecer ese dilema, más bien profundizan la duda, pues más o menos la mitad (52 por ciento) de los encuestados que aprueban a López Obrador “dicen aprobarlo por lo que ha hecho hasta ahora; en contraste, el 47 por ciento dice aprobarlo por lo que esperan que haga (…)”.

A falta de datos que permitan construir un juicio más informado sobre la aprobación del presidente a estas alturas, permítanme adelantar la hipótesis de que quienes aprueban a López Obrador por lo que ha hecho hasta ahora son su 'voto duro', los apoyadores acríticos que le aplaudirían irreflexivamente lo que hiciera pase lo que pase, incluso los errores, como de hecho ha ocurrido. Me temo que todos conocemos gente así. La otra mitad de quienes aprueban la gestión de López Obrador parece ser un grupo más juicioso, entre los cuales podemos suponer que hay personas que han creído en la viabilidad de las promesas del presidente, pero que no están listos para extenderle un cheque en blanco; le dan el beneficio de la duda, pero al final podrían negarle su apoyo en el futuro si las expectativas que tienen sobre el gobierno no se cristalizan.

La distinción entre los dos grupos que aprueban hoy a López Obrador –los incondicionales, por un lado, y los que vinculan su apoyo a resultados de gobierno, por otro– es significativa, porque nos dice que la aprobación presidencial podría moverse al ritmo en el que los resultados de gobierno se sientan y sean apreciados. Para el grupo más reflexivo, lo que ha logrado hasta ahora el gobierno de López Obrador, sus principales acciones –cancelar el nuevo aeropuerto, bajar sueldos y eliminar prestaciones a burócratas, presentar y lograr la aprobación de la iniciativa que crea la Guardia Nacional, desaparecer o transformar a la baja programas sociales y apoyos a grupos vulnerables, iniciar una 'estrategia' contra el robo de combustible, etcétera–, no ha sido suficiente. Es un grupo que, o bien espera más de lo que se ha hecho hasta ahora, o tal vez quiere otra cosa del gobierno, otro tipo de políticas.

Sobra recalcar que las expectativas sobre el gobierno actual son muy altas. Quienes apoyan hoy al presidente a cambio de la promesa de un futuro mejor, sustentan su esperanza en la creencia de que el gobierno federal tiene la capacidad y la voluntad de remontar la complejidad que implica el diseño de políticas públicas y de tener éxito; que son capaces de empatar esas expectativas con políticas públicas sofisticadas, de vanguardia, que persigan objetivos claros, elaboradas cuidadosamente, con base en los mejores diagnósticos y operadas conforme a un plan, una línea de tiempo, una estrategia de comunicación, que vayan acompañadas de un análisis de riesgos, y con objetivos de mediano y largo plazos evaluables. La creencia de que el gobierno es capaz de hacer todo, es lo que alimenta la esperanza de que las cosas mejoren. Sin embargo, a 100 días de gobierno no hay motivos para pensar que existe esa capacidad. No hay motivos para alimentar la esperanza.

En democracia la legitimidad no solamente viene de las elecciones, también tiene que ganarse en el ejercicio de gobierno. Los procesos electorales son un escaparate para las propuestas de gobierno, para contrastar ideas sobre cómo se va a gobernar, para demostrar que las propuestas presentadas son mejores que las de los otros candidatos. Un gobierno electo democráticamente, sobre todo cuando llega con una votación tan grande como la del gobierno actual, tiene un margen enorme para impulsar iniciativas legales, reformar la administración pública, colocar sus mensajes y convencer a grupos escépticos para sumarse a la transformación; es el momento de los grandes cambios, los grandes proyectos, de ser ambicioso y de presentar idea de rumbo, de darle forma a una idea, a un estilo de gobernar. Pero es desolador ver que el gobierno no ha mostrado señales que indiquen que el tiempo de la luna de miel ha sido aprovechado.

El gobierno goza de una amplia aprobación hoy y eso es una buena noticia para ellos. La luna de miel sigue hasta ahora. Pero no hay garantías de que la esperanza se mantendrá ad infinitum. Si las expectativas que mantienen esa aprobación no encuentran motivos para alimentarse, eventualmente esa esperanza morirá. Muchos, incluso quienes no aprobamos la gestión del presidente, esperamos que proponga un buen plan de gobierno y lo ejecute con éxito para bien de México. Sin embargo, cada día que pasa, con cada yerro, con cada política pública mal diseñada, improvisada, con cada política que contradice propuestas de campaña, con cada rectificación de una pifia, se va desgranando una razón adicional para no ser optimista y sentirse desilusionado sobre el sombrío futuro del país. Para muchos será la confirmación de nuestros peores temores. Para otros será pasar de la esperanza a la desilusión.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.