Cuidemos a los servidores públicos
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Cuidemos a los servidores públicos

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Cuidemos a los servidores públicos

12/05/2020

Desde el inicio de este siglo, los servidores públicos federales han sido los chivos expiatorios de las pifias y obsesiones de los presidentes en turno. De forma recurrente en los últimos 20 años, cuando los presidentes han querido mostrar un ejemplo personal de moderación y austeridad, cuando han querido presumir que pueden “hacer más con menos” o cuando tienen necesidad de recomponer su imagen ante la opinión pública, han optado por cancelar las prestaciones y reducir los salarios de la burocracia federal. La recurrencia de estas acciones a lo largo de varios gobiernos ha generado una degradación continua y progresiva de las condiciones de trabajo en la administración pública, lo que en consecuencia, ha disminuido la calidad de las políticas y servicios del gobierno.

Algunos han argumentado que la reducción de salarios de servidores públicos no tiene sentido práctico, pues no es un mecanismo eficaz de ahorro. Pero equivocan el punto: en realidad la degradación del servicio público tiene efectos tremendamente perversos y es una mala idea en sí misma, más allá de que también es una pésima estrategia de ahorro.

No hay nada más importante para un país que el trabajo que desarrollan los servidores públicos. Ellos se ocupan de los asuntos que hacen posible la vida en sociedad. Ellos tienen en sus manos decisiones que potencialmente pueden afectar la vida de millones y generar consecuencias importantes para futuras generaciones. Esa responsabilidad requiere de servidores públicos con vocación, capacitados, motivados y bien remunerados, que tengan certidumbre sobre el futuro y la oportunidad de construir una carrera, un acervo de experiencia útil para el país. Idealmente, el servicio público también debe ser imparcial y políticamente neutral, lo que implica que su trabajo debe estar protegido de influencias y no verse afectado por coyunturas político-electorales. Cuando sobre las cabezas de los servidores públicos cuelga la amenaza constante de un despido arbitrario o reducciones de salario a discreción del presidente en turno, se crea una burocracia débil, aduladora y servil, que termina siendo adicta y dependiente de los factores de poder político imperantes.

Hay en la degradación laboral del servicio público una paradoja y una realidad que debemos tener presentes: la paradoja es que estas reducciones salariales y en prestaciones usadas para enviar mensajes de templanza o resolver crisis políticas coyunturales, son pagadas en su totalidad por los servidores públicos y sus familias; en cambio, la totalidad del beneficio político de los recortes es para el presidente en turno. Por otro lado, la realidad es que la reducción de salarios y la cancelación de prestaciones tiene un límite material, pues naturalmente no pueden reducirse ad infinitum.

Es cierto que la degradación de la burocracia federal no es mérito exclusivo de esta administración, pero también es verdad que hoy el daño a los servidores públicos se ha llevado a un exceso desproporcionado

Hay que recordar que en 2003 se intentó hacer un servicio profesional de carrera en el gobierno federal, pero que éste nació con grandes debilidades, las cuales fueron haciéndose evidentes con el tiempo, hasta que lo volvieron irrelevante. Se convirtió en un conjunto de reglas de entrada y salida, más que en un servicio de formación y profesionalización. A lo largo de varios gobiernos, en lugar de desarrollar y fortalecer el sistema, se le ignoró y se le llenó de excepciones, hasta quedar hecho pedazos.

Tal vez sea tiempo de pensar en opciones ya no para destruir, sino para darle al servicio público la fortaleza y capacidad profesional que requiere un país con los retos de política y complejidad social de México. El profesor de la escuela de gobierno de Harvard, Ricardo Hausmann (https://www.project-syndicate.org/commentary/blame-public-policy-not-economics-by-ricardo-hausmann-2019-08?barrier=accesspaylog) propone que la formación en administración pública retome algunas prácticas de la educación médica, de tal forma que los estudiantes pasen por un periodo de servicio social e internado de práctica en dependencias públicas que complementen su formación teórica. Esto les daría a los futuros servidores una mayor experiencia en la solución de problemas de política pública, liderazgo, planeación y otros atributos profesionales deseables en el gobierno.

En cuanto a sus remuneraciones, si no nos gusta el esquema actual, en lugar de reducir salarios arbitrariamente, podría pensarse en un sistema de pagos flexible, que premie a los servidores públicos de acuerdo con fórmulas que tomen en cuenta su experiencia, formación profesional y desempeño, con lo cual no solamente se ahorraría algo –no mucho–, pues hoy se paga por nivel y no por experiencia; también se crearía de forma natural un sistema de incentivos adecuados para mejorar la calidad del gobierno.

Los servidores públicos nos cuidan. Ellos cuidan nuestra seguridad, nuestra salud, nos facilitan muchos servicios y tienen influencia sobre amplios aspectos de nuestra vida. No solucionamos nada con la degradación de sus condiciones de vida. Como decía Bowles, el gobierno es un asunto demasiado importante como para dejarlo en manos de los políticos. Es mejor contar con servidores públicos profesionales que atemperen los impulsos irracionales de los políticos. Cuidemos a los servidores públicos; si lo hacemos, al final estaremos cuidándonos a nosotros mismos.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.