¿Cómo enseñar ética y valores?
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¿Cómo enseñar ética y valores?

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¿Cómo enseñar ética y valores?

05/02/2019

El gobierno actual ha dado señales de que tiene interés por el fortalecimiento de los valores éticos de los ciudadanos. Se trata de un tema que ha sido recurrente en la discusión pública, pero que no hemos logrado aterrizar y nos hemos quedado en la manifestación de intenciones. El interés del gobierno por este tema es por sí mismo algo muy importante, pero requiere ser desarrollado. Cuando un gobierno decide hacer algo para fortalecer la educación de los ciudadanos en ética e integridad pública, está tomando partido por el bien común; está decidiendo que en su desempeño, las instituciones públicas deberán actuar bajo criterios éticos y principios que fortalezcan la transparencia, la imparcialidad y la integridad. Hay que aprovechar esa intención para ampliar el debate y llevarlo a algo más concreto. Si se tiene la intención de avanzar en el desarrollo de una cultura ética, la pregunta relevante aquí es: ¿por dónde empezar para crear un proyecto de educación en integridad, ética y valores?

Un inicio es tratar de fijar los objetivos de un proyecto como este, aunque sea en términos muy generales. Me atrevo a imaginar que muchos podríamos coincidir que entre esos objetivos generales estarían el crear las condiciones para que el sistema educativo logre inspirar a los jóvenes para preservar la integridad como norma de convivencia, provocar comportamientos éticos y equipar a los estudiantes con herramientas de pensamiento crítico para abordar dilemas éticos, resistir la corrupción en situaciones concretas y de promover la integridad y el respeto a la ley entre los demás. Para esto es necesario el desarrollo de capacidades de pensamiento crítico y liderazgo orientadas a la integridad. Los estudiantes deberían trabajar en habilidades para identificar con claridad y con el vocabulario adecuado, cuáles son los valores y principios que apoyan la integridad pública, que benefician el bien común y que se oponen al uso indebido de las instituciones públicas para generar beneficios privados.

La construcción de capacidades para defender la integridad pública pasa también por la construcción de una “narrativa pública” que promueva una idea de ciudadanía ética como causa, como disposición para actuar y para sumar a los demás, hacer un llamado a la acción. Esa narrativa tiene que vincular los intereses y aspiraciones individuales de los estudiantes con el bien común de la sociedad; esto es, tiene que buscar que exista una convergencia e identificación de los intereses individuales de los estudiantes –como la creación de oportunidades, el éxito profesional, el bienestar para sus familias, la seguridad pública y otros– y conectarlos y llevarlos a la arena de los intereses más amplios de la sociedad en general. Esta convergencia debe tener como escenario la integridad pública, la transparencia, el respeto a la ley y la capacidad de hacer reflexiones éticas. Desarrollar mediante la discusión y la reflexión el reconocimiento por parte del estudiante de que la realización de sus aspiraciones individuales no puede darse a menos de que podamos construir entre todos una sociedad más justa y transparente. Necesitamos personas que sepan hacer reflexiones éticas, capaces de discutirlas con los demás, de defender la integridad pública y promoverla como una causa, haciendo un llamado permanente a los demás para que se sumen.

La educación ética tiene que estar orientada a producir líderes que conozcan y que sepan explicar y discutir con otros sobre los significados, los beneficios y los costos de conceptos que están vinculados a la ética y la cultura de integridad, como libertad, democracia, Estado de derecho, corrupción, rendición de cuentas, transparencia, conflicto de intereses, tolerancia, discriminación, imparcialidad, acoso, igualdad, respeto al medio ambiente y otros. Deben ser capaces de saber redactar un código de ética para una organización específica, de descubrir inconsistencias entre costumbres sociales y valores éticos y de llamar, invitar y convencer a los demás de cambiar sus comportamientos sociales sin que eso genere una discusión o una confrontación violenta. Deben ser capaces también de identificar y descubrir injusticias, errores y desviaciones de personas e instituciones respecto de sus responsabilidades públicas y de proponer alternativas de solución. Deben también desarrollar habilidades para incidir en lo público e interactuar de forma positiva con las autoridades.

Una cultura de integridad, ética y transparencia no se construye en el recogimiento solitario de la reflexión individual o en la repetición y memorización en el claustro de preceptos inscritos en manuales. Tomar partido por la integridad pública es un acto social que requiere habilidades para pensar y para discutir y actuar con los demás. No se trata de salvar almas, sino de crear líderes que sepan inspirar a los demás hacia la creación de una cultura de integridad colectiva. Tal vez este renovado interés por los valores y la ética nos lleve a un debate productivo y se traduzca en acciones concretas que tomen en cuenta que la educación ética es una pieza de la solución a nuestros problemas de corrupción, rendición de cuentas y respeto por las leyes.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.