Cambiar de opinión
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Cambiar de opinión

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Cambiar de opinión

04/06/2019

Algo pasa con el debate público en México. La deliberación y el debate públicos no están siendo productivos. No estamos logrando llegar a acuerdos que se traduzcan en el progreso de México. En lugar de avanzar hacia el fortalecimiento de la democracia y de nuestras libertades, estamos trabados en las descalificaciones ad hominem y otras falacias retóricas que impiden que exista un debate real. En lugar de promover un consenso construido en la pluralidad, la discusión actual radicaliza aún más las discrepancias.

Una de las razones por las que no podemos construir un debate productivo, tal vez la más importante, es que en general muchos de nosotros no estamos dispuestos, no podemos o no sabemos cómo cambiar de opinión. Cambiar de opinión es necesario para suavizar posiciones, comprender los motivos de los demás, aceptar la posibilidad de hacer compromisos y abrir un espacio para alcanzar acuerdos, al menos en lo que es esencial para todos.

¿Por qué es tan difícil cambiar de opinión? Julia Shvets, una economista de la Universidad de Cambridge, dice que una de las razones por las cuales es difícil reconocer que estamos equivocados es la excesiva confianza (overconfidence) en nuestras capacidades (http://www.keynesfund.econ.cam.ac.uk/research-output/shvets-huffman-understanding-differences). Esa confianza excesiva en nuestras capacidades hace que reconocer errores, cuestionarse a uno mismo o cambiar de opinión, sea más difícil.

Otro motivo que dificulta cambiar de opinión es que en muchos casos nuestras posturas no son creaciones meramente individuales y originales, sino producto de la socialización y del intercambio. Todos formamos parte de grupos sociales que suelen compartir ideas y posturas parecidas. Cambiar de opinión puede generar costos muy grandes, como ser rechazado por un grupo al que se pertenece. En una entrevista para el podcast de Freakonomics, el politólogo Francis Fukuyama cuenta sobre el alto precio que tuvo que pagar por cambiar de opinión sobre la invasión de Estados Unidos a Irak, en 2003 –que en un principio apoyó–, al recibir el rechazo de sus colegas “neoconservadores”.

Robert Sapolsky, neurobiólogo de la Universidad de Stanford (https://medium.com/s/freakonomicsradio/how-to-change-your-mind-5b1b4ba7b177), dice que nuestra capacidad para cambiar de opinión y experimentar con algo nuevo se pierde con los años. Tal vez estamos más dispuestos a experimentar nuevas cosas y a cambiar de opinión cuando somos jóvenes, porque en la juventud el cerebro tiene una mayor plasticidad o bien a que nuestras opiniones aún no se han cementado. También puede ser que nos volvemos más cautelosos en la vejez, pues a cierta edad la fortaleza y vigor de la juventud nos han abandonado, y se vuelve más prudente evitar riesgos y quedarnos con lo ya conocido, con la “sandía calada”.

Las dificultades naturales y sociales para cuestionar nuestras propias ideas, concederle validez a los argumentos de los demás y cambiar de opinión, conspiran en contra de la posibilidad de crear un debate público constructivo. Las redes sociales se suman a esa conspiración, pues en el mejor de los casos entregan a sus usuarios información a la medida de sus prejuicios, que intensifica las posiciones en lugar de aportar datos nuevos que sirvan para hacer contrastes; en el peor de los casos, son una plataforma para la burla y el insulto.

La responsabilidad de crear un debate más constructivo es de todos, pero especialmente recae en el gobierno. Todos debemos hacer un esfuerzo para abrirnos a la posibilidad de cambiar de opinión, pero ese compromiso es especialmente importante cuando se trata de decisiones que afectan la vida de los mexicanos, y esas decisiones las toma el gobierno. Cuando los gobernantes se niegan a aceptar las opiniones contrastantes, incluso cuando están apoyadas en datos y en evidencia, le hacen un homenaje al autoritarismo. Cuando el gobierno responde a los llamados de sectores relevantes de la sociedad con descalificaciones personales y prejuicios construidos con generalizaciones infundadas, está rechazando la posibilidad de un debate democrático.

Recortar el presupuesto de forma arbitraria y sin focalización estratégica ha afectado a sectores sensibles de la administración pública, y dañado gravemente a población vulnerable. Ese es un hecho que se sostiene en datos y testimonios. Cambiar de opinión y reconsiderar los recortes en esas áreas no es ceder ni desviar el camino ni traicionar las convicciones, es hacerse cargo de la responsabilidad que se tiene, es dialogar, es debatir en libertad, es ser demócrata.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.