Auge y caída de la meritocracia
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Auge y caída de la meritocracia

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Auge y caída de la meritocracia

14/05/2019

El mérito y la preparación académica han dejado de ser variables que determinen el avance profesional en el sector público, que hoy depende de la pertenencia o no a un movimiento; las decisiones de política pública han sido liberadas de la “tiranía” de la técnica y están al servicio de la justicia social, el reencuentro nostálgico con el pasado, el fortalecimiento de la soberanía o la mera concentración del poder. Estamos viendo el abandono del mérito, el conocimiento y la técnica, como argumentos para el progreso profesional y como orientadores de las decisiones públicas.

En 1958, el inglés Michael Young inventó la palabra “meritocracia”, con la publicación el libro The Rise of Meritocracy, una sátira acerca de una distopía del futuro, en la que la inteligencia natural de cada persona, medida desde temprana edad con exámenes psicométricos, definía su rol en la sociedad, dejando atrás otras formas de discriminación social que anteriormente habían definido las relaciones de desigualdad, como la clase social, las relaciones políticas, el origen étnico o el lugar donde se nace. En la meritocracia de Young, la posición social de cada persona era la expresión directa de la capacidad intelectual, las habilidades y el esfuerzo. El narrador de la historia de Young veía en la meritocracia una forma justa de inequidad social que combinaba “eficiencia con justicia, orden con humanidad”. Era una inequidad “justa”. Young, para propósitos satíricos, exagera un sistema de méritos que en el trasfondo permite que la desigualdad persista y se perpetúe. A pesar de que el narrador en la historia celebra a plenitud las virtudes de este sistema, se deja ver que sigue existiendo una gran inconformidad social, pues se trata de un orden que únicamente administra la desigualdad, la justifica, la profundiza y la petrifica, en lugar de aliviarla. Al final el narrador es asesinado en una revuelta social.

En muchos sentidos, la profecía satírica de Young no se cumplió: los orígenes de la desigualdad social siguen ubicándose en causas “tradicionales”, y están definidos principalmente por la posición social de la familia en la que se nace. Pero a pesar de que sus profecías no se cumplieron, Young introdujo una idea que sigue gravitando la discusión sobre la relación entre mérito y desigualdad, y que se relaciona con la reciente aparición de gobiernos y de políticas públicas de corte populista.

En la retórica populista, el mérito y la preparación técnica muchas veces se equipara con privilegio. El conocimiento se vuelve sospechoso, injusto y elitista, porque no está al alcance del “pueblo”. Las políticas públicas del populismo suelen tener una motivación programática, antes que buscar razones en la evidencia, en las experiencias comparadas, en evaluaciones o en la opinión de expertos.

Es cierto que el mérito y la creencia a ciegas en un sistema meritocrático han sido usados para justificar una desigualdad que responde a motivos más profundos. También es verdad que en muchos casos los poderosos han encontrado la forma de adueñarse del discurso de los “méritos” para proteger sus privilegios. Las referencias al profesionalismo, el esfuerzo y el mérito para explicar una posición de privilegio muchas veces esconden una situación ventajosa, ganada en realidad gracias a una herencia, posición económica, color de piel o acceso a una buena educación. Sumado a esto, el ensanchamiento de la brecha de ingresos que existe entre las élites profesionales con conocimientos cada vez más especializados y quienes no cuentan con una formación técnica, ha fortalecido la idea de que existe una clase aventajada y materialista, interesada sólo en mantener sus privilegios y que es indiferente a la desigualdad y a los problemas sociales de la mayoría.

Sin embargo, el rechazo al mérito y el conocimiento puede ser muy peligroso, especialmente cuando se trata de servidores públicos y de las decisiones relevantes del gobierno en las que se pone en riesgo el futuro y el bienestar material de millones de personas. En un reciente artículo para Project Syndicate, (https://www.project-syndicate.org/commentary/prestige-markets-failure-rising-populism-by-ricardo-hausmann-2019-05), Ricardo Hausmann advierte que equiparar el conocimiento con privilegio y despreciar la técnica por ser elitista es riesgoso. Los conocimientos técnicos que necesita un gobierno capaz de tomar buenas decisiones y de operar adecuadamente la compleja maquinaria del sector público, hacen necesario formar servidores públicos altamente especializados.

No es echar al mérito y al conocimiento por la ventana lo que se requiere para aliviar los problemas de desigualdad. Es importante abatir la desigualdad atacando sus causas, no eliminando sus efectos. Reconocer el mérito no es el origen de la desigualdad y esta no se contiene rechazándolo. Hay que limitar al máximo las barreras sociales al conocimiento, para lo cual lo mejor es elevar la calidad de la educación pública y permitir que sea posible el desarrollo profesional con base en méritos de desempeño y no en privilegios heredados, sobre todo en el sector público. Si queremos tener un gobierno que tome buenas decisiones es fundamental que el abatimiento de la desigualdad social se reconcilie con el conocimiento técnico y el mérito.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.